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Huckleberry Finn busca los territorios
autor:Ignacio Arellano
Catedrático de Literatura
Universidad de Navarra
Fecha: 23 de abril de 2003
Publicado en:  Diario de Navarra

En Las verdes colinas de África, afirma Ernest Hemingway: «Toda la literatura moderna americana procede de un libro de Mark Twain llamado Huckleberry Finn. Es el mejor libro que tenemos. Todo lo que se ha escrito en América procede de él. Nada existía antes. Nada tan bueno ha existido desde entonces».

En ese libro admirable Mark Twain narra, por boca del propio Huck, las aventuras de un muchacho asilvestrado y ladronzuelo, hijo de un padre borracho y violento, sometido en el comienzo de su relato a la tutoría de la viuda Douglas, dama puritana que no deja vivir al pobre Huck, cuya única aspiración es la libertad. Los lectores de Las aventuras de Tom Sawyer, donde se cuentan los sucesos extraordinarios que hacen de Huck un potentado, sabrán que este desharrapado pícaro posee cierta fortuna. Esa es una de sus desgracias: el dinero es el portillo por donde Huck está a punto de entrar en la vida de las personas respetables. Lo malo es que esas respetables personas (la viuda Douglas, la solterona señorita Watson) no conciben la libertad: no en vano han construido una sociedad esclavista fundada en la hipocresía. Huck no se adapta: «La viuda Douglas me cogió como hijo, y creía que iba a civilizarme, pero era duro vivir dentro de la casa todo el tiempo, considerando lo aburrida, normal y decente que era la viuda en todas sus costumbres, y así, cuando yo no podía aguantarlo más, me escapé. Me metí otra vez en mis trapos viejos y volví a dormir en mi barril de caña, y estuve libre y satisfecho». Por influencia de Tom Sawyer, su gran amigo, Huck regresa con la viuda y aguanta un poco más la educación de la señorita Watson: «La señorita Watson decía: No pongas los pies encima de eso, Huckeleberry, y No te encojas de esa manera, Huckeleberry... ponte derecho, y poco después decía, No bosteces y no te estires de esa manera, Huckeleberry...». Nada de raro tiene que el pobre Huck desee buscar otras experiencias en la «tierra de perdición» (el infierno) que describe la solterona con tintas mucho más entretenidas que las que evocan el cielo, donde «lo único que tendría que hacer un individuo era pasearse todo el día con un arpa, cantando por siempre jamás». Huck, en suma, no está hecho para esa vida. Ni tampoco para la que su padre (interesado en el dinero de Huck) le obliga a llevar, secuestrado y vigilado estrechamente en una rústica cabaña del bosque, hasta que consigue escapar. En su fuga Huck se encuentra con un compañero: el negro Jim, esclavo igualmente huido de unos amos que lo quieren vender separándolo de su familia. Los dos emprenderán una misma aventura, bajando por el gran río Mississipi en busca de los territorios libres.

Se dice que Twain es un humorista. Sí lo es, pero no solo. Las aventuras de Huck tienen frecuentes momentos cómicos (las discusiones sobre el lenguaje de los gatos y las vacas del capítulo XIV, o la crítica al juicio de Salomón, o las travesuras finales en la granja de los Phelps son tremendas), pero el tono general es de una sátira melancólica de muchos comportamientos humanos. Huck tendrá que vivir múltiples azares en compañía de Jim para aceptar lo que en el fondo de su corazón siempre ha sabido: que el negro esclavo es una persona con el mismo derecho a ser libre que cualquiera, que la esclavitud es una injusticia esencial, y que las ideas que le han inculcado (nunca asumidas por su espíritu) son indignas y despreciables. Pero resulta doloroso ver cómo Huck cree estar haciendo mal ayudando a Jim, y abriga todavía cierto sentimiento de culpa, que atribuye a su dañada condición de marginal (las personas respetables de su región, por supuesto, son esclavistas y saben bien que vender a un negro no es pecado): «iba a regresar a la maldad, porque es mi estilo, porque fui criado para ella y no para el bien. Como comienzo iba a ponerme a trabajar y a robar a Jim de la esclavitud, y si se me ocurría algo peor también lo haría, porque ya estaba metido en el mal y metido para siempre, me daba igual llegar al final»: y decide, definitivamente, liberar a Jim contra todas las enseñanzas recibidas de la viuda y la solterona y contra los firmes principios del Sur.

El maravilloso viaje de los dos compañeros por el Mississipi se desarrolla a lo largo de algunas de las mejores páginas que cualquier escritor haya podido nunca crear: la ancha corriente de agua, las islas y las neblinas, las grandes tormentas y las sosegadas calmas del río son como un símbolo de la vida libre de Huck y Jim, que viven unos días de felicidad, no exenta de preocupaciones, porque en cualquier momento pueden cazar al fugitivo: «Teníamos para nosotros todo ese ancho río. Allá lejos sobre el agua estaban las orillas y las islas, y quizá una chispa en la ventana de una cabaña; y a veces sobre el agua podías ver también una llamita o dos, encima de una balsa o una chalana, y tal vez podías oír un violín o una canción que llegaba de uno de esos barcos. Es maravilloso vivir en una balsa. Teníamos el cielo allá arriba, todo salpicado de estrellas, y solíamos tumbarnos de espalda y mirar las estrellas y discutir si fueron hechas o solo ocurrieron. Jim dijo que la luna podía haberlas puesto; eso parecía bastante razonable, porque he visto una rana poner casi tantos huevos...». En el universo fluvial hay, sin embargo, muchos peligros para estos aventureros filósofos y poetas: las densas nieblas que les hacen perder su rumbo, con riesgo de chocar con los barcos que navegan invisibles, las tormentas, los bancos de arena y las costas abruptas... pero sobre todo los seres humanos que acechan con sus maldades o sus tonterías. Jim es un esclavo y Huck tiene que apelar a todo su ingenio (que es grande) para salvarlo de ser descubierto. El valor y la bondad son las fuerzas que empujan al héroe hacía su crecimiento. Inolvidables son las escenas de Huck disfrazado de muchacha y desenmascarado por una granjera sagaz; o la satírica historia de las feroces familias enemigas de los Grangeford y los Sheperdson, que después de asistir a los oficios religiosos en que el predicador exalta el amor fraterno, se aniquilan a tiros; o las aventuras de los dos estrafalarios embaucadores que pretenden ser el duque de Bridgewater y el exiliado delfín de Francia, y que andan destrozando a Shakespeare representando ridículas farsas por los pueblos, y robando lo que pueden con engaños extravagantes y asombrosos que no parecen tener fin.

En este mundo de seres hipócritas y crueles, estafadores, violentos y soberbios, o simplemente ridículos, de los que hallamos una espléndida galería en la novela, los dos amigos protagonistas, el rebelde Huck y el esclavo Jim, brillan como las estrellas de los cielos del Sur sobre el Mississipi.

Después de muchas peripecias, Jim logra su carta de libertad, pero Huck, otra vez enfrentado a la vida «civilizada», ha de buscar en su imaginación nuevos horizontes, mirando ahora hacia el lejano Oeste, hacia «los territorios» de los indios, otro espacio mítico en el que el hombre puede moverse sin limitaciones: «Creo que tendré que escapar hacia el territorio antes que los otros, porque la tía Sally va a adoptarme y civilizarme, y yo no puedo aguantarlo. Ya he pasado por eso». No sabemos qué aventuras le esperarán a Huck en el territorio ni si le será posible conseguir la ansiada libertad, pero en todo caso ¡buena suerte, Huckeleberry Finn!

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