Noticias© Comunicación Institucional, 23/03/2007

Universidad de Navarra

La Eucaristía y el carácter liberador del Evangelio

Autor: Ramiro Pellitero
Profesor de Teología Pastoral
Universidad de Navarra

Fecha: 23 de febrero de 2007

Publicado en: La Gaceta de los Negocios (Madrid)

La exhortación sobre la Eucaristía, Sacramentum caritatis, firmada por Benedicto XVI, es un documento de gran importancia, como fruto de la Iglesia entera a través de los trabajos del Sínodo de los obispos, recogido y asumido personalmente por el Papa.

El documento expone la Eucaristía como Misterio en relación con la fe, con la celebración del culto y con la vida cristiana.

En el texto aparece diez veces el término liberación. Ahí se explica cómo la Eucaristía actualiza la obra redentora de Cristo, que nos libera del mal y de la muerte definitiva. Cristo instituyó la Eucaristía en un contexto (la cena pascual de los judíos) en que el pueblo de Israel celebraba su liberación de la esclavitud de Egipto. Por la Eucaristía, la muerte de Cristo se ha trasformado en un supremo acto de amor y de liberación definitiva del mal para la humanidad. De ahí surge la liberación profundamente cristiana que trae el Evangelio.

¿Qué consecuencias se deducen de este carácter liberador del Evangelio, para la vida y la conducta de los cristianos?

En primer lugar, el documento habla de una interpelación y sana provocación: “El sacrificio de Cristo es misterio de liberación que nos interpela y provoca continuamente”.

En segundo término, una llamada apremiante a celebrar el domingo, a participar de la Misa del domingo: “Sin el domingo los cristianos no podemos vivir”, como decían los mártires de Abitinia, porque ahí aprendemos a vivir según esa novedad introducida en el misterio de la Eucaristía: nuestra liberación definitiva.

Tercero, la Eucaristía, dice el Papa retomando su Encíclica, abre a la compasión, la misericordia y el amor “también a la persona que no me agrada o ni siquiera conozco”, y es por eso “pan partido” para todos. Esto debe notarse en la disposición a compartir los bienes y ayudar a los pobres, por medio de la “colecta” de la Misa y de las obras de beneficencia y misericordia en favor de los necesitados, como manifestación del compromiso solidario en el mundo.

Cuarto, la Eucaristía lleva a comprometerse para derribar los muros de las enemistades, para restaurar la reconciliación y el perdón, para transformar las estructuras injustas. Por tanto, exhorta el texto, no permanezcamos pasivos ante las desigualdades injustas. Salgamos del silencio ante tantos prófugos y refugiados que carecen de lo mínimo. Reaccionemos frente al dato de que “menos de la mitad de las ingentes sumas destinadas globalmente a armamento sería más que suficiente para sacar de manera estable de la indigencia al inmenso ejército de los pobres”. Una pobreza que, advierte el Papa, depende mucho más de las relaciones internacionales políticas, comerciales y culturales, que de circunstancias incontroladas.

También personalmente, al rezar “danos hoy nuestro pan de cada día”, hemos de comprometernos para hacer todo lo posible con el fin de que cese, o al menos disminuya en el mundo, el escándalo del hambre y de la desnutrición que sufren tantos millones de personas.

Para concluir, subrayemos lo que subraya el documento: “El cristiano laico en particular, formado en la escuela de la Eucaristía, está llamado a asumir directamente la propia responsabilidad política y social”, según las propias circunstancias, también como reflejo de la preocupación por la creación.

Y es que, como dice el texto tocando fondo, la ofrenda de la propia vida en comunión con los creyentes y la solidaridad con cada hombre son aspectos imprescindibles del culto espiritual, santo y agradable a Dios, en que consiste la vida cristiana. Y que no tiene nada de espiritualista.

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