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Cristo se paró en Éboli

Autor: Ignacio Arellano
Catedrático de Literatura
Universidad de Navarra
Fecha:  23 de febrero de 2002
Publicado en:  Diario de Navarra

Un mundo campesino, fuera de eso que se suele llamar Historia, poblado de presencias mágicas y sometido a las fuerzas inmutables de una naturaleza inmisericorde con los hombres, calcinado por el sol, arrastrado por los aluviones, doblegado por la malaria y la pobreza, al margen del Estado, de la civilización, de la política, desconocido por la ciudad: este es el escenario en que debe pasar tres años de confinamiento un médico, pintor y escritor (el propio Carlo Levi), condenado por sus actividades antifascistas en 1935.

Levi (1902-1974) que ha escrito espléndidos libros sobre Sicilia (Las palabras son piedras) o Cerdeña (Se terminó toda la miel), y otras novelas como Miedo de la libertad o La doble noche de los tigres, consiguió en Cristo se paró en Éboli el mejor de sus libros, una emocionante historia construida como memorial de una etapa de aprendizaje y convivencia en los pueblos de la Lucania, en el sur olvidado de Italia.

A su llegada a Gagliano, donde transcurrirá la mayor parte de su confinación, Carlo, el narrador, observa el pueblo disperso entre barrancos de arcilla deleznable, un paisaje lunar en el que destacan las casas enmarcadas en crespones negros, unos nuevos, otros desteñidos por el sol y la lluvia, de manera que todo el pueblo «parecía estar de luto o engalanado para una fiesta de la Muerte». Por las calles la conserva de tomate, plagada de moscas, pone un color rojo sangre en este ámbito gris y fúnebre. Y sin embargo, debajo de esa presencia ubicua de la muerte vidas múltiples laten y acechan en los barrancos, en las colinas, los árboles y las rocas. El deportado narra en sus memorias la experiencia de este mundo arcaico que soporta con terrible resignación su destino de miseria, enfermedad e injusticia, resignación en la que algunos súbitos estallidos de rebeldía están condenados a la derrota sempiterna. El relato de Levi es a la vez una interpretación de la historia, una denuncia social y política, una reflexión antropológica y un poema lírico en el que rinde tributo a una profunda solidaridad con los pobladores de Gagliano, Grasano o Matera, tanto más melancólica cuanto el propio cronista se siente al margen de esa sociedad que ha aprendido a compadecer y amar. Porque a la tierra de Lucania no ha llegado nunca Cristo y es una tierra extraña: «Nosotros no somos cristianos, dicen ellos. Cristo se paró en Éboli. (Cristiano quiere decir, en su lenguaje, hombre). Nosotros no somos considerados hombres, sino bestias, bestias de carga, animales montaraces». Cristo se ha detenido en Éboli, donde la carretera y el tren abandonan la costa y se adentran en las desoladas tierras de la Lucania. «Cristo no ha llegado aquí, ni aquí ha llegado el tiempo, ni el alma individual, ni la esperanza, ni la conexión entre la causa y los efectos, la razón y la historia».

Gagliano es un pueblo arquetípico de este universo: una reducida casta de dominantes (el alcalde fascista, dos viejos médicos incompetentes, un abogado, el jefe de policía...) arden en odios seculares, mientras los campesinos agonizan de miseria, de esfuerzo agotador y malaria. De Roma nada conocen; guerras que no son suyas los llevan y los traen; muchos emigan a América: unos se pierden en el nuevo mundo, otros regresan y se incorporan a la inmutable vida del pueblo, sin más huella que el retrato de Roosevelt que colocan en sus cuartos, al lado de la Virgen negra de Viggiano. La campana de la abandonada iglesia siempre toca a muerto; no hay otra música ni canciones en este lugar. Solamente una vez, el deportado escucha el lamento de una flauta de caña a la que otra flauta responde desde la colina frontera. Son dos pastores forasteros que andan con sus rebaños de pueblo en pueblo y se llaman desde lejos. Los campesinos no cantan. Pertenecen a un mundo ambiguo, no del todo humano, difícilmente distinguible de los animales o de las misteriosas fuerzas telúricas. Gagliano parece un lugar mitológico en el que pululan antiguas presencias: la vida cotidiana es un proceso en el que las actividades esenciales de la comida, el trabajo, el sexo, la enfermedad o la muerte, pertenecen a la magia de los tiempos paganos: «Todo es posible aquí, donde los antiguos dioses de los pastores, el macho cabrío y el cordero ritual, vuelven a recorrer cada día los conocidos caminos y no hay límite entre lo humano y el mundo misterioso de los animales y los monstruos». La cabra, numen rústico de la Lucania, es un verdadero demonio, un sátiro fraterno vivo y verdadero, consumido y hambriento. Una mujer puede ser hija de una vaca, los filtros amorosos y homicidas son cosa corriente, muchas mujeres son brujas, los dragones viven en las grutas del río, y los trasgos o duendecillos denuncian los tesoros escondidos por los bandoleros... Muchos personajes se nimban con un halo de poder subterráneo: el pregonero y sepulturero de Gagliano es un viejo desdentado con una vida llena de una fuerza oscura e impenetrable: «Su antiguo oficio era el de encantador de lobos. Podía hacer descender los lobos a los pueblos o alejarlos. Se contaba que cuando era joven vagaba por los pueblos de estas montañas seguido por manadas de lobos feroces». La misma criada del narrador, Giulia, es una bruja experta en filtros y sabia en conjuros. Un día, tras curar a un enfermo, observa el médico que Giulia no arroja a la calle como de costumbre los desechos de la cura; la mujer, asombrada de que no tuviera conocimiento de ello, le explica: «Cada noche descienden del cielo sobre cada casa tres ángeles. Uno se pone a la puerta, otro a la mesa y el tercero en la cabecera del lecho. Ni los lobos ni los malos espíritus pueden entrar. Si yo arrojase estas barreduras podría echarlas en el rostro del ángel y el ángel se ofendería. Lo sacaré fuera mañana por la mañana, a la salida del sol, cuando el ángel ya se haya ido». El castrador de cerdos que llega dos veces al año es un gigante bárbaro de cabellos rojos y ojos azules, capador famoso, hijo y nieto de capadores, que recorre los pueblos acompañado de su jauría de feroces perros de la Maremma, blancos, con grandes rabos de penacho...

En semejante ámbito el propio narrador, que se ve obligado por los campesinos a ejercer su olvidada profesión de médico, alcanza también una dimensión milagrosa: es un verdadero taumaturgo, admirado por todos, seguido por los niños y respetado por los ancianos, codiciado por las mujeres que lo elogian a su paso: «¡Qué hermoso eres! ¡Qué gordo eres!». Cuando le llega la libertad, antes de lo previsto, la inesperada alegría se convierte en tristeza ante el desgarro de la partida, y promete volver: «Tú eres un buen cristiano. Quédate con nosotros, los campesinos. Tuve que prometerles solemnemente que volvería, y lo prometí con toda solemnidad. Pero no he podido mantener mi promesa». Este libro, Cristo se paró en Éboli, es el cumplimiento de esa promesa. En él Carlo Levi vuelve a Gagliano, a la Lucania marginada de la civilización y de la Historia, y en la poesía y la piedad de sus maravillosas páginas allí se ha quedado para siempre.

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