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Belén y chapapote
Autor:Ramiro Pellitero
Profesor de Teología
Universidad de Navarra
Fecha: 22 de diciembre de 2002
Publicado en:  La Rioja

En el lugar donde trabajo han puesto un belén. Es especial. En primer plano, a la derecha del niño, la Virgen María atiende a un lugareño que viene a ofrecer un pequeño cordero. Enfrente está el burro. La vaca está a la izquierda en el establo. San José, de pie, maneja un martillo, y aquí comienza lo especial. La escena de Belén -el niño, con María y José- tiene detrás una carpintería. No falta, con el banco de madera, la garlopa y el serrucho, la lima, la gubia y el formón, el compás y la escuadra, y mil cosas más, representadas toscamente en miniatura. En el portal de Belén no suele representarse una carpintería; eso es propio de la casa de Nazareth, donde Jesús vivió después. Belén y Nazareth son, pues, dos ciudades diferentes, que marcan dos etapas en la vida de Jesús. Lo especial de este belén es que junta esas dos etapas.

El mismo niño que nace en Belén es el que poco después, y durante largos años, trabaja en ese sencillo taller de carpintero que la tradición cristiana popular imagina. Pero quedémonos primero en Belén: el misterio de un Dios que se ha hecho niño, y su llanto, como dicen los villancicos, rompe el silencio de la noche fría. Esa criatura hace saltar las sospechas de quienes han podido ver en Dios un amo arbitrario que esclaviza a los hombres, o su competidor en el manejo del mundo.

¿Podría imaginarse un belén sin Niño? Esto sucede con frecuencia entre nosotros: se pasa la Navidad sin la debida atención que ese niño merece. La Navidad patentiza para los cristianos que el Hijo de Dios se ha hecho carne; que la luz de su gloria ha brillado con nuevo resplandor; "para que, conociendo a Dios visiblemente -el niño de Belén-, lleguemos al amor de lo invisible". Belén tendría que significar para cada uno lo mejor de la infancia (la inocencia), que no debe morir; la familia, donde se valora a las personas por lo que son, no por lo que tienen; el trabajo, que proporciona el sustento en el hogar y se traduce en servicio para el bien de todos; la amistad, que sabe dar, y también recibir, para volver a dar.

En estos días, muchos niños se visten de pastores o de ángeles, para representar, siquiera unos minutos, alguna escena de la Navidad. En Hispanoamérica se conoce a estas representaciones con el nombre de "pastorelas". Interviene en ellas mucha gente, no sólo niños. Y por el escenario del belén vivo desfilan personajes y personajillos de la vida actual. Con sentido del humor, se aluden a las circunstancias más o menos dramáticas del "hoy" que viven los espectadores. Ellos también participan animadamente con sus ocurrencias, aplausos y vivas: se abuchea el mal y se aplaude el bien. (Como si aquí aparecieran en el belén los voluntarios que limpian el chapapote de nuestras costas gallegas, u otros voluntarios que estuvieran intentando frenar la guerra contra Irak). ¿No es esa la Navidad real?

El belén especial me ha recordado a las "pastorelas"; y ellas a la vida misma. Belén es la semilla de Nazareth: la vida concreta, el cariño de la familia, los trabajos y los días; el trajín de los autobuses y la lluvia frecuente que abrillanta las calles; la atención especial, en estas fechas, a los niños, a los enfermos y a los mayores; el agradecimiento a las madres; las ilusiones que centellean en los jóvenes; el trabajo que nos piden los inmigrantes; el chapapote que tenemos que quitar entre todos. Es, particularmente, el Niño que abre los brazos en señal de amistad y de sacrificio. Belén es el trabajo en Nazareth y las bodas de Caná; la pesca en Galilea y la levadura y la viña del cenáculo; la cruz de Jerusalén y la gloria del cielo; lo grande y lo pequeño; familia y trabajo; invitación a la solidaridad y a la paz. Es resplandor de una estrella que anuncia la vida nueva y posible, ¿por qué no comenzar hoy mismo? Una vida que es realmente una vida nueva a nuestro alcance.

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