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Rebelión en la granja, crónica de una traición múltiple

...liberales con miedo a la libertad, intelectuales que mancillan la inteligencia...
Autor: Ignacio Arellano
Catedrático de Literatura
Universidad de Navarra
Fecha:  22 de diciembre de 2001
Publicado en:  Diario de Navarra

George Orwell publica Rebelión en la granja en 1945, después de haber sido rechazada por varias editoriales: su ácida crítica del sistema soviético estalinista, sobre el que volvería en su novela 1984, «no era oportuna». En un prólogo inédito hasta 1971, Orwell denuncia la cobardía intelectual como «el peor enemigo al que han de hacer frente periodistas y escritores en general», una denuncia que aumenta su vigencia cada día, y que se hace tanto más notable cuanto mayor es la libertad de expresión: como escribe Orwell «no es que se prohíba decir esto o aquello, es que "no está bien" decir ciertas cosas, y cualquiera que ose desafiar aquella ortodoxia se encontrará silenciado con sorprendente eficacia».

Concebida como feroz alegato contra el régimen de Stalin Rebelión en la granja (Animal Farm), es en realidad una fábula universal que revela los despiadados mecanismos de todo poder totalitario. En la granja de Jones los animales se sublevan, hartos de la explotación que sufren, y expulsan a los humanos, instaurando una utopía igualitaria. O eso es lo que creen los más ingenuos. Pronto se hará evidente la estructuración de un nuevo poder, más cruel, abusivo y perverso que el anterior. El cerdo Napoleón se alza con el dominio, secundado por esbirros como Snowball (el ideólogo), Squealer (el propagandista) y los perros (la policía política), o por bientencionados como el caballo Boxer, que se esclaviza de buena gana para servir a un ideal pronto traicionado. La primera etapa es de esperanza, pero desde el principio surgen las señales del fracaso: la yegua Mollie, coqueta y casquivana, no se adapta al nuevo sistema y acaba fugándose; la pretendida igualdad se desmiente con la práctica: unos animales aprenden a leer y otros son incapaces... El caudillo Napoleón no ha creído nunca en la revolución de los animales: entrena a los perros como su guardia personal, se reserva los mejores alimentos («se decidió sin discusión alguna que la leche y las manzanas caídas de los árboles, y también la cosecha principal de manzanas cuando estas maduraran, debía reservarse para los cerdos en exclusiva»), y responde a los razonamientos con la violencia desnuda. Cuando Snowball intenta argumentar el mejor modo de construir un molino, Napoleón le arroja sus perros, suprime todo conato de votación y asume el poder absoluto con el apoyo de las ovejas (representantes de una «opinión pública» ignorante y suicida) y de los perros (su ejército represor). Y todo empeora. Falta comida, el trabajo es excesivo e inútil, los mandamientos del animalismo se modifican cada día según las consignas del jefe. La mentira es la base del sistema: «Leyéndoles las cifras con voz chillona y rápida, les demostró detalladamente que contaban con más avena, más heno y más nabos de los que tenían en los tiempos de Jones; que trabajaban menos horas, que el agua que bebían era de mejor calidad, que vivían más años...Los animales creyeron todo lo que dijo. Ciertamente fue necesario hacer un reajuste de raciones (Squealer siempre mencionaba esto como reajuste, nunca como reducción) pero comparado con los tiempos de Jones, la mejoría era enorme».

De todo se acusa al disidente Snowball, caído en desgracia, y la represión eleva su crueldad, haciendo habitual la autocrítica inducida que termina, invariablemente, en la pena de muerte: «cuatro cerdos confesaron que estuvieron en contacto clandestino con Snowball; los perros les desgarraron las gargantas. Tres gallinas que fueron las cabecillas del conato de rebelión a causa de los huevos también fueron destrozadas. Un ganso confesó que había ocultado seis espigas de maíz, una oveja admitió que hizo aguas en el bebedero instigada por Snowball, y otras dos ovejas confesaron que asesinaron a un viejo carnero persiguiéndole alrededor de una fogata cuando tosía. Todos ellos fueron ejecutados allí mismo. Y así continuó la serie de confesiones y ejecuciones hasta que una pila de cadáveres yacía a los pies de Napoleón». Con el fracaso y la violencia llega el desengaño: «Aquellas escenas de terror y matanza no eran lo que ellos soñaron aquella noche cuando el viejo Mayor, por primera vez, los incitó a rebelarse».

Rebelión en la granja es la crónica de una revolución traicionada, narrada con la eficaz y sencilla claridad de las fábulas clásicas, esas viejas historias de animales personificados, peores aquí que los humanos (humanos, al fin y al cabo, en lo peor de la humanidad). La directa evidencia de esta lección política y moral resultó indigerible en su tiempo para los intelectuales británicos que se habían pasado la vida oponiéndose a la pena de muerte y que aprobaban (o no denunciaban) las purgas y matanzas de Stalin. Igualmente difícil de asimilar resulta hoy para las mismas categorías de testigos ciegos a las violencias de los cerdos de la fábula. La elección de este animal protagonista fue, por cierto, uno de los motivos de la renuencia editorial, temerosa de ofender susceptibilidades, pero ya escribía Orwell a T. S. Eliot (otro intelectual que se mostró opuesto a la publicación de la novela) que «era estúpida la sugerencia de que cualquier animal que no fuera el cerdo podía haber sido elegido para representar a los bolcheviques». La elección literaria y simbólica de Orwell estaba, sin duda, en lo justo: como es bien conocido, los cerdos se caracterizan por ciertos rasgos propios del poder totalitario: gustan de hozar en la inmundicia; omnívoros, son capaces de devorar cualquier cosa; y tienen dientes huecos cuya mordedura irregular provoca con mucha facilidad el mortal tétanos.

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