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22/11/2008

Contra la crisis: sentido común

Autor: Markus Kinateder
Profesor de la Facultad de Económicas
Universidad de Navarra

Fecha: 22 de noviembre de 2008

Publicado en: Expansión (Madrid)

Los bancos y otras entidades financieras emergen como los grandes culpables de lo que ha ocurrido en los mercados a lo largo del último año y en la economía real desde hace dos meses. Estas instituciones tienen dos funciones principales. Por una parte, redistribuyen capital entre los ahorradores y los inversores, obteniendo beneficios por pagar a los primeros menos de lo que cobran a los segundos. De ahí que su negocio se centre en juzgar muy bien el riesgo. Además, deben asegurarse suficiente liquidez. La buena administración de ambos factores, riesgo y liquidez, determinan el éxito de Un banco.

El problema reside en que durante la última década las grandes instituciones bancarias han logrado beneficios de otra manera. Como los intereses en todo el mundo desarrollado bajaban y la economía global crecía con fuerza, no tuvieron problemas con la administración del riesgo. A su vez, la liquidez era alta, con lo que tanto bancos como inversores obtuvieron fácilmente cualquier crédito. Para aumentar sus ganancias aún más, unos y otros estuvieron dispuestos a correr más riesgo. Por ello, invirtieron en productos financieros relacionados con el mercado inmobiliario estadounidense, apostaron sobre los precios de las acciones de las materias primas o sobre la posibilidad de quiebra de una empresa. En tiempos de crecimiento esos movimientos incrementan el beneficio, pero si la economía empeora los productos que antes no tenían peligro alguno se convierten en activos de alto riesgo, y los que antes ya eran arriesgados se transforman en tóxicos. Esto es precisamente lo que ha sucedido en el último año. Un ejemplo de ello es el mercado hipotecario estadounidense.

Bonus y contabilidad

Existen dos cuestiones que han colaborado con que lleguemos a esta punto. En primer lugar, el pago extra (o bonus) de los empleados bancarios se vincula al corto plazo, sin grandes consideraciones por lo que pueda ocurrir en el largo. Y también las reglas de contabilidad vigentes (con la excepción de España, donde el Banco Central impuso unas más estrictas) que permiten a las instituciones financieras deshacerse del riesgo traspasándolo a subentidades que no aparecen en los balances pero sobre las cuales poseen toda la responsabilidad financiera. Como consecuencia, cualquier pérdida que sufre una de esas sub-entidades entra en el balance del banco. Algo similar ocurre si éste vende parte del riesgo en un producto. Mientras que en España tiene que notificarlo en el balance, en la mayoría de los países desarrollados no debe hacerlo. De hecho, en el último año los productos financieros han perdido valor lo que ha obligado a muchos bancos a declarar pérdidas enormes.

Administración del riesgo

En resumen, podemos concluir que los bancos tendrían que administrar mejor el riesgo. Los beneficios no aumentan ilimitadamente en el tiempo, por lo que si en algún momento se rompe la tendencia alcista, comienza el decrecimiento. Recurrir a productos financieros más y más arriesgados para que crezcan las ganancias conduce al fracaso. Por ello, no es necesario modificar la regulación y supervisión de los bancos. Siempre habrá escondrijos para que estos escapen al espíritu de la regla sin violar su letra. El dicho 'hecha la ley, hecha la trampa' recoge muy bien las consecuencias de reglas nuevas.

Solo urgen dos cambios. Por Un lado, que todos adopten la metodología española de reflejar el riesgo en sus balances a pesar de haberlo vendido o introducido en una sub-entidad. De esta manera, no olvidarán el riesgo que asumieron antes de correr otros. En segundo lugar, se debe corregir el sistema de incentivos. En lugar de obtener Un bonus en función de los beneficios del banco, los empleados deberán cobrarlo según el riesgo. Si éste aumenta por ejemplo, en una recesión, estos recibirán menos; si por el contrario, baja, cobrarán más. Así existirá una relación negativa entre el riesgo de la entidad y el pago extra que reciban sus empleados. Para conseguir esto no hay que cambiar el sistema financiero del mundo. Sólo hace falta un poco de sentido común.

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