Noticias© Comunicación Institucional, 22/10/2006

Universidad de Navarra

Tener la razón

Autor: Jaime Nubiola
Profesor de Filosofía
Universidad de Navarra

Fecha: 22 de octubre de 2006

Publicado en: La Gaceta de los Negocios (Madrid)

Me impresionó escuchar a Maite Pagazaurtundua, presidenta de la Fundación Víctimas del Terrorismo. Ante más de 400 personas, muchas de ellas víctimas, familiares y amigos, que tanto sufrimiento han acumulado en estos años, decía con voz pausada y clara, como la de quien habla con el corazón en la mano: “No basta con tener la razón. No vale todo ni siquiera cuando se lleva la razón”. Con sus palabras alentaba al auditorio a emplear la verdad y la inteligencia para defender el principio de justicia. Es preciso —venía a decir— desenmascarar la sistemática ocultación de la verdad que como parte del llamado “proceso de paz” están urdiendo algunos partidos políticos y medios de comunicación. Las víctimas del terrorismo estorbamos —concluía—, porque con nuestra voz decimos que no todo vale, que si no hay vencedores ni vencidos, los vencidos somos nosotros, y la justicia, elemento clave de la convivencia democrática, salta por los aires.

Me impactaron las palabras de Maite Pagazaurtundua por su profundidad, y me parece que su reflexión merece ser llevada todavía un poco más allá. Me llamó la atención en particular su uso de la expresión “llevar la razón” o “tener la razón” que quizá podría sugerir a alguno que las razones de quienes piensan de manera distinta a la propia no valen nada. No es así. Precisamente, la señal de que se tiene la razón, de que se anda en la verdad, es de ordinario la disposición a escuchar serenamente, sin aspavientos, a todos los que tengan algo razonable que decir sobre la materia que en cada caso nos ocupe. Los Parlamentos y demás estructuras participativas democráticas son precisamente los espacios políticos creados para atender a las razones de unos y de otros, sopesarlas adecuadamente y tratar de llegar a decisiones concordadas, si no unánimes, al menos mayoritarias. Para lograr la convivencia pacífica que todos anhelamos resulta indispensable la conciliación, la transacción, la mediación, y los políticos son los encargados por nuestros votos para lograrla.

Mi impresión es que detrás de la liturgia del horror de los comunicados de ETA está la convicción del fracaso de una lucha armada que quiere adoptar ahora la forma de una “victoria final negociada”. Me parece que pueden negociarse o acordarse un montón de cosas, como la entrega de las armas, la situación de los presos, etc., pero lo único que no puede aceptarse es que el recurso a la violencia terrorista en una sociedad democrática como la nuestra haya sido legítimo. Es del todo comprensible que algunas personas —especialmente las más heridas— sientan amargura al prever que en ese proceso se pueda acabar siendo, en cierta forma, benévolos con los etarras que han sido la causa de su enorme sufrimiento. Pero, aun siendo benévolos en el tratamiento de los presos y sus penas, lo realmente importante —me parece a mí— es la completa y radical deslegitimación de la violencia en nuestra sociedad: ETA fue un camino equivocado de un sector de la sociedad vasca que ha sembrado de dolor y sufrimiento nuestro país. Quienes recurrieron a la violencia y al terror tenían razones, pero no tenían la razón.

Al poco de producirse el anuncio del “alto el fuego permanente”, el filósofo vasco Daniel Innerarity escribía: “Ellos tienen que renunciar a la violencia sin que a cambio hayamos de renunciar nosotros a la razón. Démosles esa oportunidad, pero no les demos la razón. Lo exige, sobre todo, la memoria de las víctimas”. Así es, tenemos la razón quienes hablamos y nos escuchamos unos a otros, quienes sabemos que los demás nos enriquecen con su parecer, pues en esto, como en tantas otras cosas, hay razones mejores y peores. Los violentos perdieron la razón al buscar por el atajo del terror lo que no lograron con sus razonamientos.

En momentos de incertidumbre como el presente la voz pausada de Maite Pagazaurtundua me parece una antorcha sencilla, valiente y persuasiva, que puede iluminar los pasos de quienes intentan gestionar el final de ETA y puede aliviar también el sufrimiento de tantos que han padecido sus violencias. No basta con tener la razón, hemos de hablar unos con otros y escucharnos mutuamente hasta lograr ponernos de acuerdo.

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