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Cuidado con el padre Brown
Autor:Ignacio Arellano
Catedrático de Literatura
Universidad de Navarra
Fecha: 22 de marzo de 2003
Publicado en:  Diario de Navarra

La figura del detective sagaz se ha encarnado en algunos de los personajes más famosos de la literatura, y de mayor éxito popular. Uno de los pioneros fue el joven Rouletabille, averiguador del misterio del cuarto amarillo en la novela de Emile Gaboriau. Edgar Allan Poe inventó Auguste Dupin, a quien se deben las soluciones de los crímenes de la calle Morgue o del famoso misterio de la carta robada. Nadie ignora la prodigiosa capacidad de observación de Sherlock Holmes, protagonista de un puñado de extraordinarias aventuras y algunos relatos más triviales, pero siempre asombroso en su dominio del detalle y en la reconstrucción de los hechos. Hércules Poirot se instala en la memoria del lector por su cabeza ovoide, su orgulloso bigote y su maravillosa inteligencia algo maniática. En Maigret nos presenta Simenon un policía de apariencia rutinaria pero capaz de transformarse en el criminal, intuyendo en esa peculiar metamorfosis moral los pensamientos y las conductas de su presa...

Todos son admirables, pero ninguno de ellos alcanza la estatura del Padre Brown, sin par criatura de G. K. Chesterton, humorista y pensador polémico, luchador sin cuartel contra la sinrazón y la injusticia, la mentira y la hipocresía, el falso tópico y el abuso de la sandez. La afición a la paradoja que sustenta muchos de sus relatos («usted lo odiaba, y por eso sé que no lo asesinó», «el plan no se cumplió porque obedecieron rigurosamente las órdenes recibidas», «estaba demasiado cerca para verlo», «los dos estaban tan completamente de acuerdo que, lógicamente, uno mató al otro», «nuestro amigo es un hombre veracísimo porque dice mentiras desmesuradas»...) y la pasión por sus ideas y creencias (Chesterton se convirtió al catolicismo en 1922) se alían con una brillantez expositiva y una amenidad que hacen de los relatos del Padre Brown una experiencia inolvidable y seguramente insoportable para los fanáticos, los sectarios anticlericales y los tontos.

No hay en Chesterton, dijo Borges, ninguna página que no sea una felicidad. Haciendo honor a su gusto por la paradoja Chesterton no tolera la intolerancia, descubre las supersticiones y defiende con entusiasmo la fe y la razón. Porque, como muy bien saben los dos (Chesterton y el Padre Brown) la tolerancia significa el afecto por las personas, pero en ningún modo la aceptación de las ideas absurdas o de los disparates que conducen al crimen.

Se complace en oponer a los malhechores aristocráticos y a los soberbios despreciadores del alma humana, a la pequeña figura, algo vulgar y desaliñada, de este cura que provoca las burlonas observaciones de intelectuales (siempre menos cultos que él) y de confiados tiranos o embaucadores que creen poder engañar al hombrecillo del eterno paraguas. Cometen un grave error. Brown es todo lo contrario de torpe, y además de una privilegiada inteligencia posee una bondad a prueba de desánimos. No le interesa el castigo del delito, sino el arrepentimiento del pecador, objetivo que confiere a sus investigaciones una dimensión moral y una profundidad espiritual de la que carecen sus congéneres: «Nosotros estamos obligados a acercarnos a esos criminales no con un palo, sino con una bendición. Estamos obligados a pronunciar las palabras que les han de salvar del infierno. Nosotros somos los únicos que quedamos para librarles de la desesperación cuando su humana caridad les aparta». El Padre Brown se apoya en su comprensión de los defectos humanos y en la piedad. Desvela aparentes misterios aplicando el sentido común, algo que resulta tremendamente difícil para el común de los mortales. En «El oráculo del perro» descubre al asesino mediante una impecable lógica que se burla de las supersticiones en torno a un perro y su misterioso aullido. El caso ilustra, como dice Brown, una actitud frecuente en los tiempos modernos: «Aparece en cualquier rumor periodístico, en conversaciones al azar, algo arbitrario que no llega a adquirir autoridad alguna. La gente no vacila en tragarse cualquier opinión no comprobada sobre esto, aquello o lo de más allá. Se echa encima como un mar y lleva el nombre de superstición. Es el primer paso con que se tropieza cuando no se cree en Dios; se pierde el sentido común y se dejan de ver las cosas como son en la realidad. Cualquier cosa que opine el menos autorizado afirmando su sentido profundo, se propaga indefinidamente como la perspectiva de una pesadilla: un perro resulta una predicción, un gato un misterio, un cerdo una revelación». (¡Qué hubiera dicho el Padre Brown en esta época de tertulianos omniscientes y de echadoras de cartas!). En «El milagro de la media luna» los que tienen algo que ocultar se empeñan en atribuir a Brown toda clase de creencias ridículas, pero este clérigo es un hueso duro de roer y sabe que el milagro es posible, pero mucho más raro que la impostura humana. El bien es razonable, el desprecio del sentido común la peor de las señales. Lo explica en uno de sus «sermones» de «La luna roja de Merú», otro de sus casos misteriosos: «Desde que oí aquella discusión supe que las cosas no iban por buen camino. Oirá decir a la gente que las teorías no importan y que la lógica y la filosofía no son cosas prácticas. No los crea usted. La razón nos proviene de Dios, y cuando las cosas son poco razonables, créame, es que sucede algo».

La verdadera tarea de Brown no es descubrir a los asesinos, sino defender la verdad y la decencia frente a la corrupción moral y a los intentos de manipular la verdad; su tarea es también defender al cristianismo denunciando sin complejos la inhumanidad de muchos falsos filántropos y de movimientos sociales y políticos que persiguen la felicidad de todos matando a los que no quieren ser felices bajo su tiranía.

A Chesterton le gustan los personajes llamativos: exóticos extranjeros con turbantes rojos y verdes, hermosas damas pelirrojas con cabellera de fuego y chales de amaranto, gigantes de barbas negras con capas de terciopelo azul. Los casos del Padre Brown se sitúan en crepúsculos llameantes y cielos dorados y violetas, en torbellinos de nubes sangrientas como un diluvio de rosas fugaces... Le gustan los puñales de plata y las coronas de oro. Pero elige -bien sabe él por qué- para su héroe al inefable Padre Brown, pequeño y algo rechoncho, con su sotana desaliñada y algo vulgar, un Padre Brown que conoce de cerca la crueldad humana, y que sin embargo, apoyado en su fe y su razón, no está nada abatido, sino que va renqueando con su sólido paraguas a través de la vida, deleitando a la mayor parte de las gentes con ella, aceptando el mundo como un compañero, pero nunca como un juez.

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