Noticias: 22/02/04 [ © Comunicación Institucional, 2004 ]
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La sangre de Jesús
Autor:Francisco Varo
Decano de la Facultad de Teología
Universidad de Navarra
Fecha: 22 de febrero de 2004
Publicado en:  ABC (Madrid)

El contencioso legal contra Jesús tuvo lugar ante la autoridad romana. Un maestro galileo que anunciaba el "reino de Dios" era un peligro para Roma.

Pilatos optó de entrada por una coercitio, y decidió que lo flagelasen. Era un suplicio terrible infligido con unos látigos de correas finas y otros de tiras de cuero terminadas en bolitas de plomo y huesecillos que destrozaban el cuerpo del condenado. Con frecuencia, el ajusticiado quedaba totalmente desollado y con tales heridas que se le veían hasta los huesos.

La imagen penosa de Jesús sangrante, destrozado por los azotes, y convertido en un rey de burlas coronado de espinas no le pareció suficiente. De modo que, en una cognitio extra ordinem, condenó al "rey de los judíos", según se hizo constar en el titulus, a morir crucificado. La crucifixión era una pena que los romanos aplicaban a esclavos y sediciosos. El suplicio era tal que Cicerón la calificaba como "la pena de muerte más cruel y terrible". En la Cruz entregó Jesús hasta la última gota de su sangre.

¿Quién tuvo la culpa de que aquella sangre se derramase en abundancia? La respuesta desde la fe es inequívoca: nuestros pecados. Así lo formula la Iglesia al pronunciar con eficacia sacramental las palabras de Cristo sobre el cáliz: "Este es el cáliz de mi sangre, sangre de la Alianza nueva y eterna, que será derramada por vosotros y por todos los hombres, para el perdón de los pecados".

Esa sangre salvadora ha sido a lo largo de la historia signo de contradicción. Las palabras del pueblo ante Pilatos -"¡su sangre sobre nosotros y sobre nuestros hijos!" (Mt 27,25)- han sido retorcidas por algunos, interpretándolas como auto-acusación de culpabilidad, para justificar comportamientos antisemitas. Pero la sangre de Jesús derramada en la cruz sólo trae perdón, reconciliación y bendición. Como ha hecho notar el Cardenal Lustiger: "Hay que tener realmente una imaginación sin fe para ver en esa frase una reprobación. Eso sería no entender nada de lo que es la sangre de la Alianza. ¿Cómo podría condenar la sangre de la Alianza, si en realidad salva?".

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