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Doña Bárbara, la devoradora de hombres
Autor:Ignacio Arellano
Catedrático de Literatura
Universidad de Navarra
Fecha: 22 de febrero de 2003
Publicado en:  Diario de Navarra

Nos cuenta Rómulo Gallegos que en el llano infinito de Venezuela, cruzado por caños donde acecha el caimán y revuelan las garzas, florece siniestramente la hacienda de El Miedo, gobernada por doña Bárbara, cacica del Arauca, devoradora de hombres. Por los más violentos medios se ha ido apoderando de las haciendas vecinas, extendiendo su dominio con la ayuda de una cohorte de secuaces, depredadores de todo lo que viene a sus manos: los jefes políticos de la región, corrompidos y arbitrarios, los asesinos a sueldo como los hermanos Mondragones o el famoso Brujeador, los piratas extranjeros como Míster Danger o los letrados rábulas al servicio de toda iniquidad. Entre las haciendas despojadas se halla la de Altamira, propiedad de los Luzardo, cuya familia se halla casi extinguida por las luchas intestinas y los odios entre parientes, que solo han dejado vivos a Lorenzo Barquero y a Santos Luzardo, último vástago de su rama. Lorenzo agoniza en su demencia alcohólica, robado, vejado y expulsado por doña Bárbara, que ha sido su amante y del cual ha nacido su hija Marisela, igualmente abandonada por esta madre impiadosa. Santos es un hombre de ciudad, educado en leyes, que llega de visita a Altamira, con la idea de venderla y olvidar el pasado para siempre, pero que responde al desafío de enfrentarse a la barbarie que envenena al llano.

Entre el abogado patiquín y señorito, como le llaman al principio sus peones, desconfiados de la finura de Santos, y la salvaje doña Bárbara, se entabla una lucha sin cuartel. Poco a poco Santos Luzardo se revela como hombre de valor e inteligencia, capaz de defender sus derechos, quizá hasta de implantar la ley en unas tierras desamparadas de toda organización cívica y en las que impera la ley del más fuerte. Hasta doña Bárbara cae en las redes del amor, que desarmará al fin su crueldad y su odio a los hombres. ¿De dónde nace esta violencia? ¿Cuáles son las raíces que sustentan la vida sombría de la cacica? Detrás de la devoradora de hombres hay una terrible historia de abandono y abusos. Solo ha conocido la selva y la brutalidad de un padre que la quiso vender a un sirio leproso y de una cuadrilla de bandidos que asesinaron a su amado Asdrúbal y la violaron siendo casi una niña. Fugada con una tribu de indios se convierte en una fiera supersticiosa, enemiga del varón, que se deleita en destruir, como ha hecho con Lorenzo Barquero: «El amor de Asdrúbal fue un vuelo breve, un aletazo apenas, a los destellos del primer sentimiento puro que albergó en su corazón, brutalmente apagado para siempre por la violencia de los hombres. Ya solo rencores podía abrigar en su pecho y nada la complacía tanto como el espectáculo del varón debatiéndose entre las garras de las fuerzas destructoras». Con aureola de bruja, adivina y dueña de poderes diabólicos, doña Bárbara se impone por el terror. Pero hay algo no apagado para siempre en el fondo lejano de su corazón: «Tal era la famosa doña Bárbara: lujuria y superstición, codicia y crueldad, y allá en el fondo del alma sombría una pequeña cosa pura y dolorosa: el recuerdo de Asdrúbal, el amor frustrado que pudo hacerla buena».

Y frente a ella el doctor Luzardo emprende la recuperación de su hacienda y la educación de Marisela. Como a buen héroe épico, no le será suficiente para cumplir sus objetivos el razonamiento, ni la ley, ni la buena voluntad. Tendrá que vencer en una guerra que está a punto de introducirlo en el mundo de violencias que quiere precisamente erradicar. El asesinato de sus peones, la quema de su hacienda, el robo de sus reses, lanzan a Santos por el camino de las armas, en el que sin embargo será capaz de poner ciertos límites. Secundado por sus fieles peones (Antonio, Pajarote, Carmelito...) que ven en él un caudillo nato (buen jinete, gran domador de caballos, certero tirador y hombre templado: «¡Llanero es llanero hasta la quinta generación!») acaba con las rapiñas y los abusos, venga las injusticias y expulsa a los bandidos. Doña Bárbara no puede menos que enamorarse de un hombre tan diferente a los que ella conoce: «La subyugaba aquella mezcla de dignidad y delicadeza que nunca había encontrado en los hombres que la trataran, aquella impresión de fortaleza y de dominio de sí mismo que trascendía del fuego reposado de las miradas del joven, de sus ademanes justos, de sus palabras netamente pronunciadas». Pero Santos Luzardo no es para la cacica. Está destinado al amor de Marisela, la muchacha refinada por la educación y el cariño, contrapuesta a la barbarie de su madre: «Marisela, canto del arpa llanera, la del alma ingenua y traviesa, silvestre como la flor del paraguatán, que embalsama el aire de la mata y perfuma la miel de las abejas».

Hay en Santos Luzardo un impulso civilizador, pero también la fascinación por la vida libre y magnífica del campo, a caballo por los caminos sin fin del llano, ese llano que lo atrae desde el fondo de su sangre, y que canta con emoción el novelista Rómulo Gallegos al describir las tareas de la doma, el rodeo y la caza del caimán o al evocar la poesía popular de los cantores llaneros (que será el tema de su novela Cantaclaro): «La llanura es bella y terrible a la vez, caben en ella hermosa vida y muerte atroz. El Llano asusta, pero el miedo del Llano no enfría el corazón: es caliente como el gran viento de su soleada inmensidad. El Llano enloquece y la locura del hombre de la tierra ancha y libre es ser llanero siempre». Y hay en doña Bárbara un doble impulso también, porque es como la misma llanura, como la patria venezolana de Gallegos. Vencida por el amor, la cacica del Arauca, la devoradora de hombres, se rinde y abandona El Miedo, internándose en la selva después de nombrar heredera a su hija Marisela. Ya todo será Altamira, y el camino de la civilización queda abierto.

Rómulo Gallegos defendió en sus obras la dignidad, la justicia y el progreso, confiando en la capacidad humana para la superación, pero conociendo las dificultades. Cuando escribía su ensayo «La alianza hispanoamericana» (en 1909) se lamentaba de la tradición de caudillismo de su patria: «Hombres ha habido, y no principios, desde el alba de la república hasta nuestros brumosos tiempos: he aquí la causa de nuestros males. A cada esperanza ha sucedido un fracaso y un caudillo más en cada fracaso». Empezaba por entonces la dictadura de Juan Vicente Gómez, y los caudillos venezolanos seguirán vivos hasta el siglo XXI. Pero lo que quiere enseñar Rómulo Gallegos con su historia de Santos Luzardo y doña Bárbara, es la necesidad de sustituir a los Pernaletes, Brujeadores y caciques con la luz de la civilización, trazando en los mil caminos de la sabana un solo que lleve a la justicia y la convivencia, en donde pueda caminar también una doña Bárbara redimida por el amor y la educación. Entonces Santos Luzardo podrá descansar (sin descuidarse) en ese Llano transfigurado, «con el espíritu sereno, escuchando los rumores de la llanura arrullándole el sueño, como en los claros días de la infancia, oyendo el rasgueo de la guitarra de los peones, los rebuznos de los burros que venían buscando el calor de las humaredas, los mugidos del ganado en los corrales, la sinfonía de los grillos sabaneros y aquel silencio hondo, de soledades infinitas, de llano dormido bajo la luna, que era también cosa que se oía más allá de todos aquellos rumores». Y en ese silencio, la copla de Cantaclaro:

Lucerito' e la mañana

préstame tu claridad

para alumbrarle los pasos

a mi amada que se va...

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