Noticias© Comunicación Institucional, 21/12/2006

Universidad de Navarra

Un legado incómodo

Autor: Alfredo Pastor
IESE
Universidad de Navarra

Fecha: 21 de diciembre de 2006

Publicado en: El País (Madrid)

En un artículo reciente (The dutch are leading a popular rebellion, FT, 26 de noviembre de 2006), Wolfgang Munchau señala cómo la sociedad europea se resiste a los cambios que parece necesario abordar si nuestras economías han de sobrevivir en el mundo que viene: un partido que propone un programa de reformas que uno estimaría razonable -dice- tiene casi garantizado perder las elecciones, no porque el votante sea un ingrato, sino porque prefiere malo conocido a bueno por conocer: si bien no está muy satisfecho con lo que tiene, como no escucha de sus políticos "una visión coherente y transparente de prosperidad y seguridad económica para el siglo XXI", se niega a aceptar cualquier cambio: como decimos vulgarmente, no lo ve claro.

La observación de Munchau coincide en el tiempo con la noticia de la muerte de Milton Friedman, seguramente el más conocido de quienes en Estados Unidos se llaman libertarios; de él pudiera quizá decirse lo que escribió Chesterton del pueblo inglés: que, frente a las tres diosas de la Revolución Francesa: Libertad, Igualdad, Fraternidad, quiso sinceramente a la primera y olvido a las otras dos. Siendo así que en Europa, y de modo muy especial en la España de hoy, nos ha dado por idolatrar a la segunda -la Igualdad-, puede que la perspectiva libertaria, por estar tan alejada de la nuestra, nos sea de algún provecho si la adoptamos por un momento.

Milton Friedman no se ocupó mucho de Europa; de sus escritos puede uno deducir que el proceso de construcción europea, y, en particular, la creación de la moneda única, no le inspiraba mucha simpatía -actitud ésta común a muchos buenos economistas norteamericanos, y cuya explicación merecería un comentario aparte-. Lo que es casi seguro es que Friedman no hubiera entendido la actitud que describe Munchau, y que a nosotros nos parece tan lógica: no movernos hasta que nos expliquen adónde vamos a ir a parar. Hubiera entendido la resistencia al cambio; le hubiera parecido inconcebible, sin embargo, que esperáramos de nuestros políticos una visión clara y coherente del futuro: en toda su obra se ve que no creía que una Administración supiera más que sus administrados: ¿en virtud de qué ciencia infusa va a tener el político una visión del futuro de la que carece el ciudadano corriente?

Hay que admitir que esta forma de pensar resulta refrescante en una atmósfera como la nuestra, pues el modelo que está en la base del éxito europeo -favorecer la libre competencia a la vez que proteger al débil- ha degenerado en un pacto tácito por el que el antaño ciudadano y hoy representado cede a sus representantes algunas libertades, y espera a cambio protección incondicional. Esos pactos no pueden sostenerse por mucho tiempo: lo vimos en España, cuando la entrada en la CEE nos obligó a desmantelar sectores enteros de nuestra economía; lo estamos viendo ahora en Europa, donde las consecuencias de la creciente integración de nuestro mundo -competencia comercial por un lado, inmigración por otro- parecen desbordarnos: no sabemos muy bien cómo adaptarnos a ellas. Como los partidarios de las reformas no ofrecen soluciones para quienes van a salir perdiendo con estos cambios, más allá de la consabida referencia al largo plazo, resulta que las medidas más populares siguen siendo las que ofrecen una vaga protección, en forma de barreras comerciales, de patriotismo económico o de promesas de nacionalización; aunque sus defensores no suelen hacer mención ni de la posibilidad práctica, ni del coste de esa protección, que, como los beneficios de las reformas, se manifiesta en un futuro más lejano. En fin, que con el pretexto de proteger al débil no conseguimos sino asfixiar el crecimiento: el débil sigue como siempre, a merced de la generosidad de sus conciudadanos.

Quizá Friedman pudiera sugerirnos una actitud distinta para abordar nuestros asuntos. Para el libertario, el individuo lo puede todo: basta con que le dejen hacer. No hace falta ser un libertario o para darnos cuenta que un Estado que ofrece demasiada protección -aunque luego quizá no pueda darla- crea ciudadanos débiles: nuestros gobernantes debieran infundirnos confianza, no brindándonos una protección que luego no pueden otorgar, sino convenciéndonos de que casi todos somos capaces de afrontar el futuro con nuestras propias fuerzas; y que los pocos que no lo logren pueden recibir la ayuda necesaria. Una actitud de mayor confianza en nosotros mismos nos permitiría ver que, en ausencia de una visión de prosperidad continuada para el siglo XXI -¿en qué siglo la hemos tenido?- sí van apareciendo soluciones parciales a los problemas que se nos presentan: soluciones que no suelen surgir de las Administraciones, demasiado ocupadas en sus cosas, sino de iniciativas dispersas, de ciudadanos e instituciones de todas clases; que pueden ponerse en práctica a veces sin ayuda de la Administración, y a veces sin su conocimiento siquiera. Ahí está precisamente lo incómodo del legado de Friedman: el Estado debiera reconocer que no puede hacer por nosotros tanto como había prometido, y que, por consiguiente, no estaría mal que dejara de decirnos cómo hemos de vivir; el ciudadano debiera admitir que el cambio de libertad por seguridad ha sido un mal negocio, y que un mayor ejercicio de su libertad, con los riesgos correspondientes, podría terminar dándole, si no mayores ingresos, sí mayor seguridad.

Volvamos a Friedman: entre las lecciones que dio, una, quizá no programada, fue de humildad. Él era hijo de inmigrantes, y llegó a la cima de su profesión por méritos propios; defendió sus ideas con inteligencia y tenacidad, y algunas de ellas son hoy aceptadas por todo el mundo; si alguna vez salió derrotado, cosechó muchas victorias; de manera que, en una sociedad que valora el esfuerzo individual sobre toda cosa, hubiera podido jactarse de sus éxitos sin temor a hacer el ridículo; y, sin embargo, al escribir sus memorias con su mujer, el título elegido fue Dos personas con suerte (Two lucky people). ¿Se puede ser más modesto? A lo mejor es esta lección la más incómoda del legado de Friedman.

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