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El villano Scrooge oye al fin las campanas de Navidad
Autor:Ignacio Arellano
Catedrático de Literatura
Universidad de Navarra
Fecha: 21 de diciembre de 2002
Publicado en:  Diario de Navarra

Ebenezer Scrooge, el muy villano, no se deja impresionar como otros ingenuos mortales por el hálito de la Navidad. Mientras las gentes se felicitan las fiestas (por una vez en el año, quizá con poca sinceridad, pero con buenas intenciones), Scrooge, dedicado a sus negocios y atento a las cotizaciones de la bolsa, refunfuña y despotrica; si pudiera hacer su voluntad, proclama indignado, cocería en sus propios pasteles a todos los idiotas que van por ahí con el «Felices navidades» en los labios y los enterraría con una estaca de acebo que les atravesara el corazón. Scrooge se ha endurecido, se ha hecho un terrible tacaño, «un pecador viejo y sórdido que estrujaba, retorcía, agarraba, rascaba y apretada. Duro y cortante como un pedernal, del que ningún eslabón había hecho saltar una chispa; gruñón, reservado y solitario como una ostra. El frío que llevaba dentro helaba sus viejas facciones, mordía su nariz afilada, arrugaba sus mejillas, endurecía su forma de andar. A todas partes iba con su baja temperatura; helaba la oficina los días de verano y no se deshelaba ni un grado en las fiestas de Navidad».

Dickens hace, ciertamente, una caricatura; simplifica al personaje y fantasea libérrimamente con espectros y espíritus. Pero no se ha propuesto trazar un estudio realista de un individuo de carne y hueso sino ofrecernos una parábola, un cuento que los lectores sofisticados quizá consideren demasiado simple, pero que lleva la eterna lección de la felicidad posible, que no puede darse sin la atención a los demás. Podía haber sido Scrooge menos rudo al principio y menos generoso al final, pero los cuentos son así: hay que leerlos con la misma buena voluntad que pone Dickens en esta fantasía poética como cimiento de su lección moral.

A Scrooge, el muy villano, lo conocemos dispuesto a congelar el mismo fuego del hogar, el sagrado calor que alimenta el corazón de los hombres en esos días en que la Navidad parece poner un paréntesis a la brutalidad cotidiana. Arisco y violento, expulsa a su único sobrino que intenta atraerlo a la vida familiar, y amenaza con represalias a su empleado Bob Cratchit si se retrasa un solo minuto al día siguiente. Por donde pasa Scrooge se adensa la oscuridad. Las imágenes de frío y de tinieblas dominan su mundo de soledad y vacío. ¿Qué será de él?

En otro cuento de Navidad, Emilia Pardo Bazán afirma que ese día un rayo de luz alcanza la oscuridad del limbo. A Scrooge le es concedida también una oportunidad de iluminación. El espectro de su antiguo socio Marley le pone en contacto con tres espíritus de Navidad, y el viejo avaro, acompañado por los espíritus de las Navidades pasadas, las presentes y las futuras, asiste a una serie de escenas en las que puede aprender mucho si abre los ojos y ablanda el corazón. De este modo regresa mágicamente al pueblo de su infancia y evoca los tiempos en los que el niño Scrooge aún tenía el mundo lleno de posibilidades, de bondad, de amor y compasión; revive los perdidos amores juveniles, anulados por la creciente ambición y la codicia; presencia las fiestas en casa de la familia Chatchit, viaja por territorios mineros, por las desoladas llanuras del mar... y en todas partes halla una tregua navideña, y en todas partes la gente se esfuerza por ser feliz: «Vieron muchas cosas, marcharon muy lejos y visitaron muchos hogares, siempre con final feliz. El espíritu se detenía junto a camas de enfermos, y estos se animaban; junto a los que estaban en tierras extrañas y se sentían en sus patrias; junto a los que se esforzaban y adquirían paciencia y esperanza...» ; los Cratchit en particular representan al triunfo del sentimiento hogareño que es tan importante en este relato de Dickens: «No eran una familia elegante; no estaban bien vestidos; sus zapatos estaban lejos de preservarlos del agua; sus ropas apenas eran suficientes y Peter conocía muy posiblemente el interior de una casa de empeño. Pero eran felices, agradecidos y estaban contentos los unos con los otros y con la época del año». Tiny Tim, el niño enfermo de los Cratchit, sufre, pero también es feliz entre los suyos. Scrooge, en cambio, no tiene a nadie, el fuego de su hogar es una miserable llamita incapaz de calentar las heladas articulaciones del solitario. En cada una de estas experiencias aprende, sin embargo, algo, y poco a poco el témpano se deshace. La última visión es decisiva: el espíritu de las navidades futuras le presenta un cadáver cuya mortaja no se atreve a levantar Scrooge. Quiere buscar su oficina, su casa, su futuro...

Pero naturalmente su futuro, si sigue por el camino que lleva, termina en la mortaja que no quiere descubrir. Él es el muerto abandonado de todos, tras una vida nula y fracasada. Nadie sentirá su muerte; por el contrario, sus deudores se alegrarán del respiro que les da la desaparición de un verdugo. Y Scrooge se despierta temblando, y ve, y resucita. No sabe qué hora es, no sabe cuánto tiempo ha estado con los espíritus, no sabe nada, pero se siente alegre como un niño y oye de repente lo que nunca se había parado a escuchar: «Se detuvo repentinamente en sus transportes de alegría: las iglesias hacían sonar los tañidos más alegres que jamás había oído. Eran las campanas de la navidad, los campanarios que llamaban a toda la buena gente, y ellos marchaban por las calles, en grupos y con sus mejores ropas y sus rostros más risueños». Scrooge, que ya no es el villano del principio, se incorpora a sus semejantes: «Fue a la iglesia, caminó por las calles, contempló a la gente, acarició la cabeza de los niños, hizo preguntas a los mendigos, miró las cocinas de las casas y a las ventanas y encontró que todo le proporcionaba satisfacción. Nunca había soñado que aquel paseo, que cualquier cosa, pudiese darle tanta felicidad». Puede parecer extraño este cambio; seguramente hará dudar a más de un sicólogo o perito en las conductas y en los recovecos de la personalidad; no se creerán tan fácil la generosidad que domina ahora a Scrooge y que le hace ayudar a su sobrino, a su empleado, a los pobres y necesitados... el cambio que lo convierte en un amigo tan bueno, un jefe tan bueno y un hombre tan bueno como jamás pudo conocer la ciudad o cualquier ciudad o población del mundo. Cualquier otro de los numerosos Scrooges aún sin convertir lo mirará con asombro y disgusto, o se reirá al ver la metamorfosis. Pero él los dejará reír «porque era lo suficientemente sabio para saber que nunca había ocurrido nada bueno en esta tierra ante lo cual lo hubiese habido gente que no se muriese de risa al comienzo, personas que seguirían ciegas de cualquier modo». Porque su propio corazón reía y eso ya era bastante para él...Y Dickens termina su cuento de Navidad y esta simple y profunda historia de la conversión de Scrooge (el buen Scrooge que fuera un villano tan grande y que ahora es el hombre que mejor sabía cómo celebrar las Navidades), con un deseo: ¡Que eso se pueda decir verdaderamente de nosotros, de todos nosotros!

Eso dice, sin vergüenza ninguna, el ingenuo de don Carlos Dickens. Feliz Navidad, pues, Ebenezer Scrooge.

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