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21/07/2009

Inmigración, una política en busca de estrategia

Autor: José Luis Álvarez
Facultad de Ciencias Económicas y Empresariales
Universidad de Navarra

Fecha: 21 de julio de 2009

Publicado en: Expansión (Madrid)

Entre las leyes que aguardan turno para el correspondiente trámite parlamentario, se encuentra la propuesta de reforma de la Ley de Extranjería. Es un texto polémico por la inclusión de algunos puntos controvertidos, como la prolongación del periodo de internamiento, los recortes a la reagrupación familiar o los procedimientos para la expulsión de menores. Una vuelta de tuerca más en ese complicado binomio que forman el derecho a la emigración, entendida como ejercicio de la libertad personal para labrarse un futuro mejor, y la legítima aspiración de toda sociedad democrática de organizarse según unas normas que, inevitablemente, limitan la entrada en el país.

El interés del Gobierno en que esta Ley entre en vigor antes del próximo uno de enero, inicio de la Presidencia española de la Unión Europea, no debería privarnos del tan necesario debate acerca de la política de inmigración. Durante la última década, esta políticaha carecido de una orientación estratégica clara, limitándose casi a la aceptaciónde hechos consumados. Los resultados económicos, paradójicamente, no han sido malos. Al contrario, la inmigración ha impulsado el desarrollo reciente de la economía española. Pero, ante esa falta de estrategia bien definida a medio/largo plazo, la inmigración ha sido también un elemento potenciador de varios de los desequilibrios de nuestra economía –temporalidad, peso desproporcionado de la construcción, reducida productividad, etc.–.

En ese sentido, no extraña que sea la población inmigrante la que más sufra las consecuencias de la actual crisis. Inmigración y cambio de modelo Con una perspectiva económica, hay dos consideraciones fundamentales para la estrategia futura en materia inmigratoria. En primer lugar, al margen de cualquier otra valoración, España seguirá necesitando de la inmigración. Estamos abocados a un intenso proceso de envejecimiento poblacional, que en las próximas décadas generará gran escasez del factor trabajo, con todos los problemas que ello supone en el plano económico y en el social. Ni siquiera la consolidación del actual repunte de la natalidad podrá evitar esos problemas si no se dan flujos notables de inmigración.

La segunda consideración se refiere al cambio en nuestro patrón productivo. El modelo de crecimiento de los últimos tres lustros es hoy un lastre y debe ser reemplazado por otro modelo más moderno y competitivo. Semejante transformación será inviable sin abundantes dotaciones de capital humano y talento o sin los mecanismos para generar esos valiosos recursos y asignarlos a los mejores usos posibles –no olvidemos el grave problema de sobrecualificación que afecta a los mileuristas españoles–. De ahí el carácter urgente de las reformas de la educación, el marco regulatorio y el mercado laboral por las que abogan distintos expertos e instituciones.

De ahí, asimismo, la conveniencia de un nuevo enfoque para la política de inmigración, en el que se preste mayor atención al capital humano de los inmigrantes como variable decisiva para la modernización de la economía española. No se trata únicamente de atraer hacia nuestro país a personas muy formadas, tal vez con programas de puntos como los que rigen en varios países desarrollados de larga tradición inmigrante; a fin de cuentas, incluso si se acometen las reformas mencionadas y cambia el modelo, distintos sectores productivos seguirán demandando trabajadores poco cualificados. Se trata también de aprovechar el capital humano inmigrante con el que contamos, por ejemplo estableciendo mecanismos para un reconocimiento oficial de la formación que el inmigrante trae consigo o adquiere en su trabajo, e incentivando así que esa persona invierta más en educación.

Por supuesto, hay otras muchas complejidades que atender en el diseño e implementación de una política de inmigración bien ajustada a las capacidades y necesidades de nuestro país. Ahora bien, a todas ellas debería responderse desde un planteamiento estratégico porque, del mismo modo que una buena gestión de la inmigración será un factor de prosperidad y bienestar para todos, la ausencia de una estrategia bien trazada será, tarde o temprano, fuente de tensiones y problemas.

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