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El primo Basilio entona la mandolinata
Autor:Ignacio Arellano
Catedrático de Literatura
Universidad de Navarra
Fecha: 21 de mayo de 2003
Publicado en:  Diario de Navarra

La mujer frustrada, cuyas enfermizas ilusiones, excitadas por el aburrimiento de una vida sin alicientes, chocan con la prosaica realidad de un matrimonio tedioso y una sociedad monótona, ha inspirado grandes novelas de inolvidable lectura, como Madame Bovary, quizá la más famosa de todas. Densa de amargura y melancolía, la vida de Emma Bovary, dañada por el ocio y las lecturas sentimentales, es un rosario de desengaños, una historia triste que acaba en un acto desesperado, suicidio descrito con detalles inmisericordes por el notario de los sucesos, Gustave Flaubert. Y todo es desolación: ni siquiera se concede al viudo Charles Bovary la piadosa mentira que le hubiera permitido vivir con el recuerdo de su amada Emma. Descubre las cartas de los amantes de su mujer y muere de pena en un rincón solitario de su abandonado jardín.

En la literatura española Leopoldo Alas, Clarín, consiguió su gran obra maestra con La Regenta, otra historia de ilusiones rotas y caminos cerrados en el marco agobiante de una capital de provincias tan vetusta como su nombre (Vetusta es el reflejo de Oviedo en la novela). A menudo se ha interpretado La Regenta como novela anticlerical, por el protagonismo satírico del clero vetustense en el cuadro social que pinta Clarín con pluma de caricaturista. En realidad el clero es solo un componente que participa, como el resto, de los vicios generales de un pueblo cansado, preocupado de pequeñas codicias, de ambiciones no por ridículas menos perniciosas, un pueblo que es un organismo descompuesto, sin impulso vital. Ana Ozores, la Regenta, mujer joven y tan imbuida de sentimentalismo como Emma, se aburre miserablemente en esa ciudad moribunda al lado de un marido viejo y medio tonto, gran lector superficial de Calderón y amigo de retozar con las criadas. La belleza de Ana despierta en don Fermín de Pas, magistral de la catedral, una pasión volcánica, y en don Álvaro Mesía, el donjuán oficial de Vetusta, el deseo cínico y vanidoso (no le quedan fuerzas ya para pasiones a este gallo viejo) de añadir en su lista a la Regenta. Destino trágico el de Ana, debatida entre la atracción que siente por don Fermín (que ella siempre quiere ver como su confesor y padre espiritual hasta que descubre aterrorizada el amor sacrílego del sacerdote) y la pasión artificial que desarrolla hacia don Álvaro, galán en decadencia que nada puede ofrecer a las visiones románticas que la enajenan.

Dos novelas espléndidas, sin duda, son Madame Bovary y La Regenta. Pero he de confesar mi preferencia por la historia de Luisa, la bella lisboeta, narrada con pluma más fina que la de Flaubert y Clarín, por el gran escritor portugués Eça de Queiroz.

Cuando conocemos a esta Luisa, de blanca y rubia hermosura, se acaba de casar con Jorge, ni viejo ni tonto (tampoco un prodigio de inteligencia, ciertamente), muy enamorado de su mujer. ¿Será posible una vida feliz y tranquila para este matrimonio al que el futuro parece esperar sonriendo?

Jorge, ingeniero de minas, ha de emprender un viaje para una prospección que le encarga el gobierno, y Luisa queda sola unos meses, entregada a sus fantasías sentimentales (como Emma, como Ana), devorando novelas que excitan su enfermiza sensibilidad, sumida en una pereza anuladora y sensual: «Luisa se desperezó. Le gustaría estar en una bañera de mármol rosado, dentro del agua tibia y perfumada, adormeciéndose...O en una hamaca de seda meciéndose a los sones de una música. Fue a buscar un libro. Era La dama de las camelias. Leía muchas novelas. Hacía una semana que se interesaba por Margarita Gautier. Su desventurado amor le causaba una melancolía brumosa. Encontraba en los nombres mismos del libro el sabor poético de unas vidas intensamente amorosas». Y entre esas brumas poéticas asoma sorpresivamente el villano: su primo Basilio, antiguo novio que vuelve a visitarla, con planta de enamorado dolorido, bigotillo de petimetre y calcetines de seda bordados con estrellitas... Una joya de hombre que acaba de llegar de sus plantaciones del Brasil, que canta arias de ópera y la bonita Mandolinata, y hace la corte a su prima con portentosa hipocresía. Si Luisa pudiera oír lo que se dice a solas el primo no escucharía versos ardientes ni querellas de tórtolo viudo, sino groseras vulgaridades que retratan crudamente al personaje: «¡Y yo, pedazo de asno, que estaba casi decidido a no venir a verla! ¡Está apetitosa! Mucho mejor que antes. Y solita en casa, aburridilla quizá...¡A ella! ¡A ella, como Santiago a los moros!». Basilio es un calavera mediocre; ni siquiera un malvado a lo grande, apenas un juerguista con el habitual curriculum de gamberradas, embriagueces y peleas de taberna, mucha guitarra y ciertas aventuras con bailarinas y «alguna vieja Lola». Lo bastante para destruir a su prima. En el siniestro nido de amor (una miserable habitación sucia y desconchada) que alquila en los suburbios de Lisboa, recibe a su amante con el puro en la boca, y escribe (¡el desgraciado!) de vez en cuando a la pobre Luisa tópicas cartas de amor mientras engulle un filete y dos vasos de cerveza: «Que otros deseen la riqueza, la gloria, los honores. Yo solo te deseo a ti, paloma mía, porque eres el único lazo que me une a la vida, y si perdiese tu amor ¡te juro que pondría fin de un buen balazo a esta existencia inútil!». Y Luisa besa entre suspiros, con devoción, estas patochadas que le producen un éxtasis de sensaciones.

La degradación moral y sentimental hace estragos en Luisa. Y otro peligro acecha: la criada Juliana Couceiro Tavira, una de las más inolvidables creaciones de Queiroz, extraordinaria malvada que provoca varios días de pesadillas al lector. Bien es verdad que tiene razones para el odio: «Cambiaba de amos, pero no de suerte. Veinte años durmiendo en cuchitriles, levantándose de madrugada, comiendo las sobras, vistiendo trapos viejos, sufriendo los malos tratos, yendo al hospital cuando se agravaba su enfermedad, extenuándose de nuevo cuando recobraba la salud». Enferma y loca de rencor vigila a Luisa como una araña a su presa. Consigue robar una carta comprometedora y chantajea sin compasión a su ama. El desenlace no puede tardar. Basilio se cansa de su prima; le cargan los transportes amorosos y las melancolías poéticas de la infeliz. Su aventura ya no tiene gracia y se marcha a París abandonado a Luisa en poder de la terrible Juliana, que hace y deshace en la casa y tiembla de cruel alegría martirizando a Luisa, que agoniza de terror: «Luisa enflaquecía ¿Hasta dónde iba a llegar la tiranía de Juliana? Era ahora su terror. No encontrando ninguna solución recaía en una tristeza áspera. La vida le pesaba». Desde el regreso de Jorge el desenlace se acelera. Todo se acaba descubriendo y Luisa muere de fiebres cerebrales. Ya ha pasado el verano en que la conocimos cantando un aria de La Traviata («Addio, il passato») leyendo con lágrimas en los ojos La dama de las camelias. Un día de invierno le dan tierra en el cementerio y el ridículo funcionario don Acacio, amigo de la familia, le dedica una necrología falsa y pedante: «Deteneos y contemplad la tierra fría. Ahí yace la casta esposa arrancada a las caricias de su talentoso cónyuge. Ahí zozobró como bajel en el oleaje de la costa la virtuosa señora que era el encanto de cuantos tenían el honor de acercarse a su hogar...». Jorge llora sus lágrimas de viudo engañado. Y el primo Basilio, que ha vuelto a Lisboa, se entera de la muerte de su prima, a quien tenía interés por ver de nuevo. ¡Lástima! Ahora está sin mujer. De haberlo sabido podía haberse traído a la Alfonsina... El vizconde Reinaldo (otro de la misma cofradía) lo consuela: «No era una amante chic; usaba medias de almacén; se había casado con un ordinario empleado de secretaría, no tenía amistades decentes; jugaba a la lotería de cartones y andaba por casa en zapatillas; no tenía ingenio ni toilettes...¡Qué demonio! ¡Era un desastre!». Y el bellaco de Basilio asiente a esta oración fúnebre, único tributo que rinde a la difunta. Después prende un puro y blandeando su bastón con elegancia, se va a tomar jerez a la Taberna Inglesa.

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