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Noticias © Comunicación Institucional, 21/04/2005Universidad de Navarra
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Renovador de la Teología católica
Autor:Pedro Rodríguez
Facultad de Teología
Universidad de Navarra
Fecha: 21 de abril de 2005
Publicado en:  ABC (Madrid)

Son las 7 de la tarde cuando me llega la llamada de ABC para escribir unas palabras sobre el nuevo Papa, Benedicto XVI, hasta hace una hora cardenal Joseph Ratzinger. No puedo evitar trasladarme de inmediato a los años del Concilio Vaticano II, el Concilio que Juan Pablo II, en su testamento, encomienda a las futuras generaciones. El hoy Benedicto XVI, con apenas 35 años, fue una de las figuras de la gran teología que sustenta aquel Concilio. De aquellos años data mi relación con el que era entonces colega. En la Universidad de Tubinga dictó después del Concilio su conocido curso Introducción al Cristianismo, para oyentes de todas las facultades, que llegó a reunir más de mil alumnos. Fue un acontecimiento en aquella Universidad, que empezaba vivir momentos tensos, y el libro que recoge aquellas lecciones -traducido a 17 idiomas y continuamente reeditado- es uno de los escritos más sugestivos de la teología de nuestra época.

Hay que haberse metido a fondo, desde la fe cristiana, en el drama humano y social del siglo XX, para comprender la seriedad con que el joven profesor tubinguense vivió su pasión intelectual y su amor a la Iglesia. No es extraño que congeniara con el futuro Juan Pablo II. Los años de su docencia en Tubinga y Ratisbona coinciden con lo que ahora -mirando hacia atrás ya con una cierta perspectiva histórica- podríamos llamar el "drama del primer posconcilio". Fue entonces cuando en aquellas tierras germánicas emergió con fuerza la figura del ahora Benedicto XVI.

El profesor Ratzinger advirtió en toda su radicalidad que la creciente secularización que se extendía en la cultura de Occidente -y cuyas raíces ideológicas él mismo ha contribuido de manera egregia a identificar y describir-, pretendía apoyarse, paradójicamente, en las propuestas renovadoras del Concilio. No todos fueron conscientes de esta realidad, o no tuvieron el valor de decirlo. Otros estaban, sencillamente, dentro del oleaje. La cuestión que estaba en el fondo del drama era, en efecto, la interpretación del Concilio, sobre todo a la hora de comprender la posición del cristiano en la historia y las relaciones entre la Iglesia y el mundo.

A Ratzinger el tema se le presentaba con la máxima gravedad precisamente por haber sido él uno de los propugnadores más constantes de la necesidad de una profunda renovación de la teología católica: lo que en el lenguaje de la época se llamaba un "teólogo de vanguardia". Y lo era. Es esa radical vanguardia de la fe la que lleva al teólogo a arrostrar la impopularidad de no plegarse a lo "políticamente correcto". El teólogo que trabaja humildemente desde la fe de la Iglesia y se deja embargar por ella, está siempre en la avanzada.

Por eso, si hay algo que en estos días que siguen a la muerte de Juan Pablo II me ha sorprendido especialmente es el oír calificar al cardenal Ratzinger, una vez y otra, de teólogo inquisidor y reaccionario. Sólo puede hablarse así desde la fuerte caída del pensamiento que se observa de manera creciente en muchos sectores de la cultura hegemónica; pero sobre todo, desde un olvido o desconocimiento de los parámetros en que se mueve la fe cristiana. No es difícil intuir que, en su pontificado, Benedicto XVI hará a la Iglesia y al mundo una propuesta de escandalosa novedad: el Evangelio de Jesucristo. Espero que no sea un Papa, por decirlo con el lenguaje al uso, ni conservador ni progresista, sino todo lo contrario: radical.

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