Noticias© Comunicación Institucional, 21/02/2007

Universidad de Navarra

Competir con los mejores

Autor: Ángel J. Gómez-Montoro
Rector
Universidad de Navarra

Fecha: 21 de febrero de 2007

Publicado en: El Mundo (Madrid)

La Universidad ocupa un espacio creciente en el debate público español. Y pocas veces se ha insistido tanto en su importancia para el progreso del país. Ambos fenómenos son positivos, aunque no se puede obviar que, con frecuencia, en el trasfondo de ese debate está la idea de que la Universidad española no está a la altura que debe. Una percepción que parecen confirmar diversos estudios y rankings, abundantes en los últimos tiempos. Por otra parte, nunca como en las últimas décadas se ha invertido tanto para mejorar nuestras Universidades, ni hemos tenido jamás un número tan elevado de profesores e investigadores bien preparados y perfectamente homologables a los de los países de nuestro entorno. La paradoja puede tener esta explicación: el parámetro de referencia no es ya nuestro pasado sino el contexto exterior. Un contexto en el que Europa ve cómo sus Universidades, que han sido durante siglos guía indiscutible en el mundo del conocimiento, se ven desplazadas por universidades norteamericanas e incluso, y cada vez más, por universidades del sudeste asiático, sin olvidar una China que está, también en este ámbito, en un interesante proceso de transformación.

En contraposición con esa pujanza, no parecen tener ya muchas posibilidades los modelos cerrados de universidad nacional, siempre con el riesgo de la endogamia y el localismo, que se oponen a la verdadera tradición universitaria, caracterizada por un afán de universalidad reflejado en el mismo nombre de la institución. Muy al contrario, tienen éxito las universidades adaptadas a un mundo sin fronteras (perdón por el tópico), que saben insertarse en esa dinámica global de competencia y, a la vez, de intercambio, tanto en el plano docente como en el investigador. Y si estamos compitiendo con los mejores, debemos aprender de ellos.

En ese sentido, una mirada al panorama de los modelos universitarios más desarrollados nos revela algunas tendencias que, en estos momentos de cambios para la universidad española, conviene tener presentes. En la investigación, se observa que el incremento de la inversión pública (imprescindible en nuestro caso) debe complementarse con una mayor participación del sector privado. Esto supone un cambio de mentalidad, aunque quizá no tan grande como pudiera parecer pues hay cada vez más ejemplos de entidades privadas comprometidas con la Universidad, a través de prestigiosos programas de becas o financiando proyectos de investigación. Es necesario, eso sí, una legislación fiscal que favorezca más estas ayudas y, por parte de las universidades, la garantía de una investigación competente. Si ambos factores concurren, surgirán nuevas fórmulas de cooperación y me atrevo a ofrecer como muestra el Centro de Investigación Médica Aplicada puesto en marcha en la Universidad de Navarra en 2004.

En el ámbito docente, empiezo por señalar una cuestión previa: competir implica capacidad para ofrecer un servicio diferenciado, lo que sólo puede hacerse con un margen suficiente para elaborar las titulaciones, de manera que cada universidad pueda hacer las apuestas que considere más adecuadas para enriquecer su oferta (afortunadamente, los cambios legislativos y la intención de las autoridades parecen ir en esa dirección). De esa libertad gozan las universidades que encabezan los rankings, combinada en muchos casos con eficaces sistemas de evaluación, basados en criterios claros y objetivos, que avalan la calidad de la oferta. En ese marco, es posible ofrecer títulos atrayentes, con planes de estudios que, sin perder el rigor y la perspectiva interdisciplinar propios de la universitas studiorum, se actualizan al paso de nuestra sociedad para adaptarse a las necesidades emergentes. Titulaciones capaces de integrar la imprescindible e irrenunciable formación teórica (y, me atrevería a decir, con una importante carga humanística), con elementos dinamizadores como la enseñanza en inglés o las estancias en universidades extranjeras, ineludibles si se quiere participar activamente en una internacionalización que, por otra parte, reclama una política de becas mucho más generosa y flexible que fomente la movilidad.

Hay otras causas, sin duda, que explican el progreso de los sistemas universitarios de vanguardia. Me he limitado a señalar algunas de sus claves, que pueden aplicarse a nuestra realidad. No sin dificultades, desde luego, pero con perspectivas de éxito porque, para concurrir mundialmente, contamos con una riquísima tradición cultural y un idioma hablado por centenares de millones de personas. Y, como señalaba al principio, con un factor humano en el que, abandonando la vieja tentación del dirigismo, merece la pena confiar, para que asuma responsablemente el reto de competir con los mejores.

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