Noticias: 20/10/03 [ © Comunicación Institucional, 2003 ]
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Hacia un Derecho global
Autor:Rafael Domingo
Director de la Cátedra Garrigues
de Derecho global
Universidad de Navarra
Fecha: 20 de octubre de 2003
Publicado en:  ABC (Madrid)

La Ciencia del Derecho, no amante de riesgos ni precipitaciones, avanza a un ritmo sin duda lento, si lo comparamos con el frenético que la sociedad en que vivimos nos ha impuesto. Con todo, ni el portero de un equipo de fútbol está llamado a meter goles ni el delantero a evitarlos, y el Derecho como tal tiene, en sentido figurado, más vocación de guardameta que de goleador. El lugar que corresponde socialmente al oficio de jurista es un discreto segundo plano. Así, no es conveniente, por ejemplo, que los jueces desplacen a los políticos de los rotativos, pues es señal de crispación social, ni que los abogados manifiesten un mayor interés en ganar el pleito que sus mismos clientes.

El gran jurista medieval Bártolo, a cuya obra se debe volver una y otra vez, gustaba de emplear el aforismo ius ex facto oritur, esto es, el Derecho nace de la vida, para expresar que aquél va a remolque de ésta; de lo contrario el Derecho enclaustra, ahoga, arruina la iniciativa social, siempre rica y fecunda. Esta necesaria posición social de la Ciencia del Derecho y de los mismos juristas tiene, sin embargo, el peligro del aburguesamiento, del "siempre se ha hecho así", como si esto fuera garantía de éxito, o de una desesperada huida hacia adelante cuando los cambios sociales son de tal intensidad que remueven los multiseculares pilares de nuestra Ciencia.

Esto último es precisamente lo que está sucediendo en nuestros días con la llamada globalización, que, en la medida en que afecta a las relaciones de justicia -¡y vaya que si afecta!-, necesita una respuesta jurídica acertada y eficaz. La complejidad del fenómeno y la velocidad con que se ha producido son tales que van a suponer una absoluta reconstrucción de la propia Ciencia del Derecho, semejante en dimensiones, aunque de contenido muy distinto, a la que se produjo en Occidente, a finales del siglo XVIII tras sendas revoluciones norteamericana y francesa.

Esta nueva era globalizada exige la formación de un Derecho global -distinto del viejo Derecho de gentes romano, del ius commune medieval, del Derecho internacional (inter nationes) moderno, de la Jurisprudentia Universalis alemana- que, apoyado sólidamente en unos principios jurídicos comunes, logre afrontar con éxito el gran reto jurídico del siglo XXI. Este ius novum universale será, a mi entender, fruto del fomento de una cultura jurídica global, así como de la formación de buenos juristas en el ámbito de esta nueva cultura.

El primer paso que ha de darse en esta dirección es, sin duda, la conciliación de los dos sistemas jurídicos de mayor calado y protagonismo mundial, considerados, tópicamente pero con escaso fundamento histórico, excluyentes. Me estoy refiriendo al civil law o Derecho continental europeo y al common law o Derecho angloamericano. Ambos sistemas jurídicos tienen una base común firme en el Derecho romano, a pesar de que éste históricamente ha sido identificado más con el Derecho continental que con el Derecho anglosajón. La lectura atenta de las obras de Henry Bracton y de William Blackstone evidencian, sin embargo, la fuerte impronta iusromanista en el common law, que se inicia cuando el maestro Vacario, glosador civilista, se trasladó, a mediados del XII, a Inglaterra, donde explicó el ius Romanorum con su famoso Liber Pauperum.

Es cierto que el Derecho romano ha dejado una mayor impronta conceptual en el Derecho civil europeo que en el Derecho anglosajón; sin embargo, aunque parezca paradójico, el Derecho anglosajón, en sus fuentes de producción jurídica, está más próximo al Derecho romano que el europeo, muy particularmente desde que éste, a partir de la Revolución francesa, optó preferentemente por la ley como fuente casi exclusiva de creación normativa. Como el Derecho anglosajón, el romano se ha desarrollado en torno a la figura del juez; el actual europeo, en cambio, evoluciona de la mano y al ritmo impuesto por el legislador. Es aquél -utilizando la contraposición romana tan estudiada por mi maestro Álvaro d'Ors- un derecho más de auctoritas que de potestas; el derecho legislado, en cambio, es sólo de potestas. Ambos sistemas, con todo, están mucho más cercanos -y se aproximarán a pasos agigantados- de lo que habitualmente se piensa.

En muchas ocasiones, las posibles diferencias han de reducirse a un problema de simple desconocimiento. Algo parecido sucede con las lenguas. El hecho de que un español no entienda a su vecino galo si no conoce el francés no significa que no se parezcan esta lengua y el castellano ni que no hayan recibido ambas influencias comunes, especialmente si se comparan con otras lenguas de familias diferentes a la latina. Exigencia de nuestros días es superar esta barrera artificial, pero históricamente levantada y por tanto real, entre estos dos sistemas jurídicos distintos, pero no incompatibles. La práctica jurídica universal está confirmando a diario que un Derecho exclusivamente de jueces desemboca inexorablemente en la arbitrariedad y un Derecho sólo de leyes conduce irremediablemente a un positivismo jurídico formalista, alejado y ausente de la sociedad a la que sirve.

Todo sistema jurídico de raíz romana lato sensu es ante todo y sobre todo, como el propio Derecho romano, un "Derecho de juristas" (Juristenrecht). Ésta y no otra fue la seña de identidad del Derecho romano y su razón de permanencia y continuidad científica hasta el siglo presente. Y es que, de la misma manera que no hay arte sin artista, no puede haber Derecho propiamente dicho, es decir, arte de lo justo, sin juristas. Lo que Roma aportó al mundo frente a otros Derechos de la antigüedad fue precisamente esta figura de jurista. Con sus más y sus menos, puede afirmarse que tanto el Derecho continental como el anglosajón, en cuanto herederos del Derecho romano, son, ellos también, "Derechos de juristas". Ahora se trata de que estos juristas sean verdaderamente "juristas globales".

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