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Literatura sin libro: poetillas, poetastros y versos perversos en el Siglo de Oro

Las Musas inspiran también poesías de usar y tirar en el efímero arte de la improvisación
Autor: Ignacio Arellano
Catedrático de Literatura
Universidad de Navarra
Fecha:  20 de octubre de 2001
Publicado en:  Diario de Navarra

Un fenómeno menor, interesante como ejercicio, si no por la calidad de la poesía que engendra, es el de la «literatura sin libro» en el Siglo de Oro, en particular el de la improvisada, situada a menudo en las academias, especie de tertulias literarias en que los asistentes exhibían su ingenio y sus ingeniosidades, con el objetivo principal de entretenerse un rato.

El poeta menor Anastasio Pantaleón de Ribera presenta en la academia madrileña de Mendoza un romance «Escribiendo de repente a una dama», que le ha costado, afirma, hora y media de embarazo:

A tu mano van mis versos
de repente, hermosa niña.
Recíbeme allá este parto
del ingenio, cuya vida
me ha costado por lo menos
hora y media de barriga...

El arte de la improvisación era apreciado desde antiguo (Quintiliano y Cicerón se ocupan de él), y se desarrolla en prácticas universitarias y ejercicios oratorios, que dejan huellas en la literatura escrita: en la comedia Los malcasados de Valencia, de Guillén de Castro hay juego en el que cada participante escoge una letra y ha de contar una historia usando palabras que empiecen por esa letra; el gabacho Pierres, que domina poco la lengua se ve obligado a decir disparates con la letra R: sale del Rosellón y llega a Ruzafa, a la posada de Roldán donde le dan de cenar una rata; ama a su dama como a un rocín... etc.

Los grandes poetas practican la improvisación como diversión marginal. Los especialistas en el género son casi siempre figuras pintorescas, cercanas al bufón. En el librito Carnestolendas de Cádiz, publicado en 1639, hallamos al poetilla Alonso Chirinos, ciudadano de Vejer, que asombró a los miembros de la academia de Cádiz con sus improvisaciones en latín o en español, en todos los metros y formas poéticas. Llamado un notario para que diera fe de sus hazañas, le pidieron a Chirinos que a un mismo tiempo dictase de repente «a ocho personas de asuntos diferentes, los siete en verso, como cada uno quisiese, y el otro en una oración latina al intento que se le asignase». Y así lo hizo, hasta completar los poemas y una epístola en prosa: «dictaba un verso o dos o uno y medio, y pasaba dictando a otro sin concluir la obra de ninguno a pedazos. Volvía dictar donde había quedado y después hacía que cada uno leyera su obra y cada una era prodigiosa en su género».

Otro virtuoso era Atilano de Prada, criado del Duque de Medinasidonia, a quien, según una gaceta de la época «justamente podíamos llamar monstruo de naturaleza», porque era tal su furor poético que de repente echaba un torrente de versos castellanos sobre cualquiera materia «con sus comparaciones, énfasis, digresiones y figuras poéticas, que pone admiración y deja atónitos a los que le oyen, creyendo muchos que no puede ser esto sin arte del diablo».

En una misma fiesta actuó después de este Atilano otro famoso repentizador más chabacano, el ciego Cristóbal, muy conocido en Madrid, el cual, según el relator «hizo muestra de su habilidad haciendo sus coplas de repente con el primor y propiedad de palabras que suele», pero con mucha menos erudición y elegancia que el Atilano. Después de la actuación de Cristóbal las cosas cada vez son más carnavalescas: siguen el bufón Calabazas (retratado por Velázquez), unos enanos, una enana, un negrillo y y todos representan sus burlas y chistes. Otra obrilla humorística, el Juicio final de todos los poetas, de 1637, describe varias actuaciones más, entre ellas la de un poeta muy flaco con «cámaras (diarrea) de versos» , es decir, un repentista desatado. Y continúa un escuadrón de poetas ciegos que hacen coplas como la que sigue:

Lucifer cayó en un pozo
porque nació Jesús poderoso,
Lucifer tiene dentera
y dábale mal de afuera

«sin haber averiguado ningún comentador qué es mal de afuera» apostilla el historiador del suceso.
Todavía sale una enana «echando espumajos de versos», como endemoniada, a la que exorciza otro poeta enigmático y jeroglífico que llueve sobre la enana disparates, todos sacados de su cabeza, como «Exsiforas maledicte guardamas, reconoce sentenciam tuam» y otros parecidos. Entre los gritos de la endemoniada y el exorcista, se añaden al ruido, el bufón Calabazas que viene como si estuviera rabioso seguido de otro poeta curandero que diluvia sonetos y epitalamios, y de una beata que sabe un ensalmo maravilloso con el que pretende curar a Calabazas:

Jesucristo Nazarén
que nació dentro en Belén
y murió en Jerusalén
te quite el mal y te traiga el bien,
y permita el soberano
que quede bueno, que quede sano
donde soplo y pongo la mano.

No se precisa dónde pone la mano a Calabacillas, pero seguramente sería otro disparate.
No son únicamente estos poetas ciegos y bufones los que participan en el furor improvisatorio. En las mismas fiestas carnavalescas del Retiro, en 1637, según cuenta otra gaceta, para el viernes 19 de febrero «hay en el salón en presencia de su majestad (Felipe IV) academia de poetas que de repente, incitados de un furor poético, han de hablar versos sobre las materias propuestas: ¿Por qué a Judas pintan con barba rubia? y ¿Por qué a criadas de palacio llaman mondongas, no vendiendo mondongo? Espérase que Luis Vélez y don Pedro Calderón serán los que más se señalarán».

Efectivamente Vélez de Guevara y Calderón debían de ser dos buenos elementos en estas actividades. Está documentada la actuación de ambos en la comedia improvisada La creación del mundo. Al parecer Calderón había cogido unas peras a Vélez, y en una de las escenas de la comedia, en la que Calderón hacía de Adán y Vélez de Dios Padre, decía Adán-Calderón: «Padre eterno de la luz / ¿por qué en mi mal perseveras?», y respondía el Padre Eterno-Vélez: «Porque os comisteis las peras / y juro a Dios y a esta cruz / que os he de echar a galeras». La larga disculpa del hurto de las peras que sigue haciendo Adán irrita a Vélez, que, cansado del protagonismo de Calderón, arrojó al suelo la bola del mundo exclamando: «Por Cristo crucificado / que, como soy pecador, / me pesa de haber criado / un Adán tan hablador».

En una sesión de la academia de los Ociosos de Nápoles, todos tenían que hablar en verso en entrando de las puertas adentro, lo que hacía que se oyeran «extraños y graciosos disparatones, porque no todos los que saben hacer versos son de repente». Se hizo también una comedia de repente, en la que papel de Eurídice (la esposa del mitológico músico Orfeo) lo interpretó un mostachudo capitán Espejo «cuyos bigotes eran bigoteras, pues los ligaba a las orejas», y el de Proserpina lo hizo el poeta Lupercio Leonardo de Argensola, quien empezó la comedia con estos versos:

Yo soy la Proserpina; esta la morada
del horrible rabioso Cancerbero
que me quiere morder por el trasero.

La comedia acabó mal, porque Plutón (un secretario llamado Laredo) que estaba subido en un armario a manera de trono, se cayó haciendo pie falso, y lastimó a los otros actores.
Literatura efímera, oral, ocasional, para divertirse un momento. Poesía disparatada, improvisada y repentina. Poesía, en suma, sin libro, que apenas ha llegado a la página impresa. (Menos mal).

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