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20/07/2008

Las obispas

Autor: Josep Ignasi Saranyana
Profesor de Teología
Universidad de Navarra

Fecha: 20 de julio de 2008

Publicado en: La Vanguardia (Barcelona)

La decisión del Sínodo General Anglicano de admitir a mujeres en el episcopado es una mala noticia para la causa ecuménica, como subraya el cardenal Walter Kasper. No es asunto baladí. No debería simplificarse la discusión, como si sólo se tratara de una reivindicación feminista por fin alcanzada, frente a posiciones o arcaicas (como se ha dicho) por parte de un importante sector anglicano, que resiste y amenaza con un cisma, y por parte de la Iglesia católica.

En este acuerdo sinodal inciden tres cuestiones, de la mayor trascendencia: el asunto de la sucesión apostólica, probablemente perdida por los anglicanos desde que adoptaron el Common Prayer Book (1559) que ahora se complica más; la nulidad de las consagraciones episcopales conferidas a mujeres, por más que algunas ramas anglicanas hayan asegurado la sucesión apostólica, acudiendo a Constantinopla y a Utrecht para ser ordenados; y la fidelidad a los orígenes (la tradición apostólica), que discrepa por completo de esta decisión.

Por la variedad y gravedad de los temas implicados, la ordenación de obispas apunta al corazón de la Iglesia y, por lo mismo, afecta profundamente a la comunión eclesial. Hace imposible continuar el diálogo ecuménico, al menos por las vías actuales. Cuatro siglos atrás, los anglicanos se separaron de Roma para recuperar la pureza evangélica de la doctrina, que, según los reformadores, se habría visto comprometida por las “corrupciones romanas”.

Ahora, esa pretensión queda seriamente afectada, porque la ordenación episcopal de mujeres incide directamente sobre la pureza evangélica. La Comunión anglicana abandona los presupuestos que le dieron vida y se aparta de su propia tradición. Ellos, tanto como los católicos, saben que la Iglesia no la inventó un hombre ni una comunidad y que, por lo mismo, no cabe apartarse de la voluntad del fundador, que es Cristo.

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