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Noticias © Comunicación Institucional, 20/04/2005Universidad de Navarra
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De Joseph Ratzinger a Benedicto XVI
Autor:Juan Luis Lorda
Facultad de Teología
Universidad de Navarra
Fecha: 20 de abril de 2005
Publicado en:  Diario de Navarra

Siempre es más fácil explicar lo que ha pasado que adivinar lo que va a pasar. Hace unos días, nadie sabía quién sería el sucesor de Juan Pablo II. L'Osservatore Romano, el diario oficial del Vaticano, tenía preparadas sesenta fotos de portada y los expertos italianos (vaticanistas) alargaban la lista hasta noventa candidatos.

Afortunadamente, el cónclave se ha producido en un momento de unidad y esperanza dentro de la Iglesia, con el clima de agradecimiento y optimismo que ha cerrado el largo y fecundo pontificado de Juan Pablo II. Esto hacía posible, realmente, cualquier opción. Muchas hubieran sido buenas. Pero los electores se han inclinado por Joseph Ratzinger, que ha alcanzado rápidamente los dos tercios requeridos. ¿Por qué Joseph Ratzinger? Como habrá muchas lecturas de este hecho y no todas informadas ni todas benévolas, me atrevo a hacer yo también la mía.

Lo primero que se deduce es que el acuerdo se ha alcanzado muy pronto. Esto quiere decir que la mayoría (más de dos tercios) se ha inclinado por él rápidamente, y que no ha habido oposición. Y esto dice mucho de su persona y de su modo de actuar. A pesar de haber tenido en la Iglesia una misión delicada y difícil, cuenta con una amplísima confianza entre los cardenales que son muy distintos en cuanto a procedencia y mentalidad. Se ve que han apreciado su trabajo y su personalidad en los años en que lo han conocido en Roma, al frente de la Congregación para la Doctrina de la fe.

Estoy seguro de que él se habrá resistido. Es sabido que, ya hace años, quería retirarse de su cargo y dedicarse a escribir teología, pues nunca ha perdido su vocación de teólogo e intelectual. Si ha aceptado, es porque se lo habrán pedido insistentemente y le habrán hecho sentir que conviene que dirija a la Iglesia en estos momentos. Cualquiera, y mucho más él, se da cuenta del enorme peso que supone ser Papa.

El papel que le ha tocado desempeñar en estos años ha distorsionado su figura en los medios de comunicación. Por oficio, le ha tocado velar por la fe. Y, por tanto, también orientar y, a veces, corregir. Y esto, como cualquiera puede entender, no es siempre agradable, ni fácil, ni cómodo. Pero alguien lo tiene que hacer. Y lo ha hecho con gran sabiduría y espíritu sacrificio, aunque, como es lógico, se haya ganado las antipatías de los teólogos más excéntricos.

Optar por Joseph Ratzinger es optar, de entrada, por un excelente conocedor del Concilio Vaticano II, pendiente todavía, en muchos puntos, de aplicar y desarrollar. Es de los pocos expertos que quedan vivos. Él intervino como joven teólogo, asesorando al arzobispo de Colonia, cardenal Frings. Y, después, participó en la edición de tres enormes volúmenes de comentarios al Concilio en el famoso diccionario de Teología alemán Lexikon fur Theologie und Kirche.

Optar por Joseph Ratzinger es, en segundo lugar, manifestar la voluntad de la Iglesia de no abandonar Europa. Es verdad que la Iglesia crece impetuosamente, en estos momentos en Africa, Asia y América Latina. Y que hubiera podido salir perfectamente un Papa africano, asiático o latino. Pero también es verdad que Centroeuropa no ha superado todavía la crisis cristiana que padece desde hace treinta años. Y que es preciso relanzar la nueva Evangelización de Juan Pablo II en estas viejas tierras cristianas donde se experimenta un grave choque cultural, mezcla de absentismo cristiano, de ignorancia y de desinformación combativa. El propio Joseph Ratzinger ponía de manifiesto las contradicciones que padece la Iglesia, en su discurso del lunes a los cardenales del cónclave.

Joseph Ratzinger es conocido como una de las mejores cabezas de la teología católica. Una verdadera cumbre con un prestigio inigualable. Sus obras como teólogo eran ya conocidas en el mundo entero, cuando Pablo VI lo quiso como obispo de Munich (1977). Después, Juan Pablo II lo llamó a la Congregación para la Doctrina de la fe (1981). Desde entonces, son famosas sus conferencias, siempre de una extraordinaria lucidez. Ha tocado muchos temas importantes y, en los últimos años, ha escrito especialmente sobre la situación cultural del Occidente, sobre el misterio de la liturgia y sobre la belleza del canto litúrgico. Tiene una gran pasión por la música que le viene de familia.

Muchas de las obras teológicas y de las conferencias de Joseph Ratzinger están traducidas al castellano. Además, en este momento adquiere especial interés su breve autobiografía: Mi vida. Recuerdos (1927-1977) (Encuentro 1997). Y tres importantes libros de entrevistas. El primero y más conocido: Informe sobre la fe, famosa entrevista que le hizo Vittorio Messori, que ahora se convierte en un libro absolutamente clave. Los otros dos son dos largas entrevistas del periodista alemán Peter Seewald, La sal de la tierra (Palabra 1997); y Dios y el mundo (Círculo de Lectores, 2002), que son amplios repasos por toda la doctrina Además, hace unos meses, se ha publicado en Pamplona una agradable biografía de Pablo Blanco, Joseph Ratzinger (Eunsa 2004), que se convierte también en una obra de consulta fundamental.

Joseph Ratzinger podía haber escogido muchos nombres como Papa. Ha buscado el del Pontífice más modesto del siglo XX: Benedicto XV (1914-1922). Es probable que piense en que su pontificado no puede durar mucho. Pero Juan Pablo II le deja una herencia importante y unos retos que, desde luego, asumirá. Por un lado, los retos ecuménicos. Como buen teólogo, está muy informado y ha seguido de cerca todos los pasos. Por otro, están los retos culturales. Juan Pablo II consiguió abrir las fronteras del Este. A Joseph Ratzinger le toca recordar a Cristo en la vieja y revenida Europa, que parece estar de vuelta hasta de sí misma, y en el Occidente en general. Desde luego, impulsará a las jóvenes iglesias que, con muchos problemas y de forma algo desordenada, se expanden en todos los países del Tercer mundo. Pero cabe pensar que este pontificado va a ser de una extraordinaria altura intelectual.

Además, a cualquier Papa, sea quien sea, le toca ser el símbolo eficaz de la unidad de la Iglesia. Los católicos formamos un cuerpo, una realidad viva, sintiéndonos unidos a nuestros obispos y al Papa. Esto pasa por encima de cualquier consideración personal de simpatía o de congenialidad, porque así lo quiso el Señor: Cuando se despedía de sus discípulos rezó por eso: "Que todos sean uno". La alegría y la vitalidad de la Iglesia dependen siempre de esta comunión de mentes y de corazones en todo el mundo, por la caridad de Cristo. Con alegría nos sentiremos unidos a Benedicto XVI como hemos estado unidos a Juan Pablo II, a Juan Pablo I, a Pablo VI, a Juan XXIII ...

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