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Noticias © Comunicación Institucional, 20/04/2005Universidad de Navarra
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Un Papa cercano
Autor:Francisco Varo
Facultad de Teología
Universidad de Navarra
Fecha: 20 de abril de 2005
Publicado en:  Expansión (Madrid)

¡Habemus Papam! Después del queridísimo Juan Pablo II, una nueva genialidad del Espíritu Santo nos ha regalado a Benedicto XVI. El hasta ayer cardenal Joseph Ratzinger es un hombre de mente clara y trato cordial y afectuoso, siempre abierto a la verdad y al servicio de los más necesitados.

Las burdas caricaturas con que los enemigos de Juan Pablo II han intentado deformar la imagen de este hombre de Dios no han logrado oscurecer la verdad. Si hoy puede haber gente de bien que mire con prevención al nuevo Papa sin conocerlo, pronto apreciarán el don que Dios ha concedido a la Iglesia y a la humanidad.

El testimonio de unidad que ha ofrecido la Iglesia Católica en los albores del tercer milenio obliga a reflexionar. La multitudinaria respuesta de oración, llena de inteligencia y sentido sobrenatural, que brotó espontánea en el Pueblo de Dios ante el fallecimiento de Juan Pablo II, se ha visto ratificada desde el primer momento del pontificado de Benedicto XVI. Su elección, por más de dos tercios de los cardenales electores en sólo cuatro votaciones, deja bien claro el amplísimo consenso y confianza que su personalidad genera entre los hombres que mejor conocen la situación de la Iglesia y del mundo en los cinco continentes. El entusiasta recibimiento del pueblo romano al asomarse a la Plaza de San Pedro para impartir su primera bendición apostólica ratifica ese plebiscito de la cristiandad, sellado por tanta gente agradeciendo a Dios el nuevo Papa en todas las iglesias del mundo.

Los que en algún momento hemos tenido la gracia de Dios de conocer personalmente y dialogar con Joseph Ratzinger hemos podido percibir la serena sencillez, llena de sabiduría, de alguien que contempla el mundo en que vive con la nitidez que proporciona la mirada de la fe. Impresiona su concentración al celebrar la Eucaristía y adorar a Jesús en el Sagrario. A la vez que, por encima de una primera impresión de timidez, se percibe su atenta solicitud pastoral. Cercano y atento a las necesidades del pueblo cristiano ha dado ejemplos heroicos de discernimiento evangélico ante los grandes problemas de la humanidad en nuestro tiempo.

En la homilía que pronunció ante los Cardenales el pasado lunes, antes de entrar en el Cónclave, se reflejaba bien su aguda percepción de la realidad, libre de prejuicios, consciente de dónde se encuentra la fórmula que puede recomponer las fracturas de nuestro mundo. «Se va constituyendo -afirmaba- una dictadura del relativismo que no reconoce nada como definitivo y que sólo deja como última medida el propio yo y sus ganas. Nosotros tenemos otra medida: el Hijo de Dios, el verdadero hombre». Ése es el tesoro que la Iglesia puede aportar hoy a la humanidad.

El gran reto que se presenta ante la Iglesia en estos momentos es el reto de la santidad. Que cada uno de los cristianos seamos más coherentes con el Evangelio en actitudes y hechos, y que cada uno en su lugar en el mundo presente de modo creíble a Jesucristo ante los demás. Es decir, que con la mirada puesta en Jesús, nos anime la santa inquietud de llevar a todos el don de la fe y de la amistad con Cristo.

Muy probablemente el nuevo Papa se habrá de afrontar con grandes dificultades para sacar adelante la Iglesia en estos momentos, pero no le faltará la asistencia del Espíritu Santo, la protección de la Virgen María, la intercesión de Juan Pablo II desde el Cielo y el apoyo de la oración y el cariño del pueblo cristiano.

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