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Los territorios de la fantasía

Autor:Ignacio Arellano
Catedrático de Literatura
Universidad de Navarra
Fecha: 20 de abril de 2002
Publicado en:  Diario de Navarra

Las tierras conocidas no bastan a los hombres; siempre se proyectan los anhelos de fantasía y de aventura o las ilusiones de felicidad en territorios lejanos, misteriosos, iluminados por soles remotos y poblados de prodigios: islas del tesoro, Atlántidas y Eldorados, Rivendel y Trinacria, las grutas de los dragones y las montañas del licántropo, los jardines de Falerina o de las Mil y una noche y los inalcanzables planetas de la ciencia ficción dan buena noticia de la inquietud humana.

Algunos de estos maravillosos lugares sirven a la enseñanza política y moral; otros son libres vuelos de la imaginación o reflejan los impulsos profundos de los soñadores. Tomás Campanella y Tomás Moro describen en sus utopías ciudades perfectas, modelos de convivencia que denuncian los vicios de sus propias sociedades. La Ciudad del Sol de Campanella revela en su trazado de siete círculos enormes la perfección ideal y mágica, dominada por un templo maravilloso cuyos muros tienen grabados todos los conocimientos en un compendio del saber universal. La celestial Jerusalén que evoca San Juan en el Apocalipsis o San Agustín en «La ciudad de Dios» eleva a un plano religioso y místico la visión de la ciudad perfecta. Símbolos morales son el país de Vejecia, la cueva de la Nada o la isla de la Inmortalidad que glosa Baltasar Gracián en «El criticón». También se lee durante el Siglo de Oro en clave moral la isla de la maga Circe donde los compañeros de Ulises son convertidos en bestias (símbolo de la vida irracional y entregada a los apetitos corruptores): léanse las obras de Calderón «El mayor encanto amor» y «Los encantos de la culpa». En otra de las comedias de Calderón, «El purgatorio de San Patricio» se describe esta legendaria gruta en la que era posible ver el purgatorio, el infierno y el paraíso, y a la que solo los penitentes sinceramente arrepentidos podían acceder sin hallar la muerte.

En casi todos estos lugares encontramos el rasgo común de la lejanía y la inaccesibilidad. Llegar a ellos supone un viaje iniciático en el que a menudo hay que salvar la barrera de un laberinto. Algunas veces sus cronistas dan por perdida la tierra mítica, como la Atlántida que describe Platón en el diálogo «Critias»: «Esta isla era mayor que la Libia y el Asia juntas. Hoy en día, sumergida ya por temblores de tierra, no queda de ella más que un fondo limoso infranqueable. La tierra de este país aventajaba en fertilidad a todas las demás, daba los frutos en cantidades ilimitadas. Tenía la tierra más excelente y el agua más abundante, disfrutando de las estaciones más felizmente templadas. De esta forma nació de Atlas una raza numerosa y cargada de honores».

La fascinación por lo maravilloso puebla los libros de caballerías, con sus castillos y florestas, los mismos que don Quijote traslada con su locura a las llanuras manchegas, donde solo hay ventas y apriscos (¿y la profunda y misteriosa cueva de Montesinos?). Pero no es solo don Quijote el que ve las cosas a través de sus lecturas. Cuando los soldados de Hernán Cortés descubren por primera vez la ciudad de Méjico, relumbrando en la laguna, dan noticia de una ciudad de plata como en las novelas de Amadís. En el Nuevo Mundo se produce la oportunidad de colocar algunos de los espacios acogedores de mitos y maravillas de la Antigüedad: allí estarán la tierra de las Amazonas, la fabulosa ciudad de Eldorado, las siete ciudades de Cíbola, o la fuente de la eterna juventud. El marqués de Cañete autoriza en 1559 la expedición de Pedro de Ursúa en busca de Eldorado, aventura trágica en cuyo transcurso desgrana Lope de Aguirre un rosario de atrocidades, empezando por la muerte de Ursúa y terminando por la de su propia hija, hasta que las tropas del rey matan al viejo Aguirre y clavan su cabeza en la plaza de Tocuyo. No encontraron Eldorado. En Perú se encontró en cambio la fabulosa tierra de Jauja, en la que los ríos manan leche y miel y los árboles fructifican asados y dulces, o el Cerro de Potosí, hecho de plata. Ponce de León, descubridor de la Florida, iba buscando la fuente de la juventud cuando decidió explorar la isla de Biminí. Esa fuente la habían colocado algunos textos antiguos en la tierra del Preste Juan de la que se habla en uno de los libros más ricos en espacios maravillosos: los viajes de Marco Polo. La figura del Preste Juan se enlaza con la leyenda del Santo Grial: en el reino oriental del Preste Juan (en la India o en el país de los tártaros) se oculta la copa sagrada como una herencia de poderes sobrenaturales. Según argumenta Baudolino, protagonista de la novela de Umberto Eco, las posesiones del Preste han de caer cercanas al Paraíso Terrenal. En efecto, como otros lugares (los campos Elíseos, el Jardín de las Hespérides, las islas Afortunadas) la tierra del preste Juan, donde Alejandro encerró también a las huestes diabólicas de Gog y Magog, es un trasunto del Paraíso, el arquetipo de los espacios maravillosos. Para Cristóbal Cristóbal Colón el Paraíso se encuentra cerca del golfo que bautiza del Dragón, según escribe a los Reyes Católicos en el relato de su tercer viaje: «Por la temperancia suavísima y las tierras y árboles muy verdes, grandes indicios son estos del Paraíso Terrenal, porque el sitio está conforme a la opinión de santos y sanos teólogos y asimismo las señas son muy conformes, que yo jamás leí ni oí que tanta cantidad de agua dulce fuese así dentro y vecina de la salada. Creo que allí es el Paraíso adonde no puede llegar nadie salvo por voluntad divina». En uno de los muchos manuscritos medievales sobre las maravillas del mundo, se lee que en efecto, es imposible entrar en el Paraíso, cercado de altos muros de fuego, guardado por querubines armados, en el centro de recónditas montañas y al otro lado de grandes océanos. Solo algunos privilegiados han franqueado sus puertas: uno de ellos San Amaro, que piensa haber pasado dos horas en el umbral del Edén, cuando han transcurrido doscientos años de éxtasis.

Estos lugares y otros como el reino de Ofir, productor de oro finísimo; la última Tule de los mares septentrionales en que transcurren las aventuras de Persiles y Sigismunda narradas por Cervantes; la Escitia de hielos eternos y feroces habitantes; las Indias maravillosas o la Trinacria mítica poblada de cíclopes y ninfas son el tema de un congreso internacional organizado por el GRISO (Grupo de Investigación Siglo de Oro) de la Universidad de Navarra, y que se celebra los días 24-27 de abril en el Edificio Central. Todos los interesados están invitados. Y recuerden lo que escribe Rodrigo de Santaella en el prólogo de su traducción de Marco Polo: «Una de las cosas que más deleitan es leer las partidas del mundo, y mayormente aquellas que no alcanzamos a ver y que de pocos fueron vistas y tratadas que nos puedan contar las grandezas, ciudades, riquezas y diversidad de naciones y gentes con sus leyes, sectas y costumbres, que tuviéramos por cuentos increíbles de aquellas infinitas y maravillosas islas que el dicho micer Marco Polo halló». Pasen y verán...

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