Noticias© Comunicación Institucional, 20/02/2006

Universidad de Navarra

Las caricaturas y la libertad de expresión

Autor: Alejandro Navas
Profesor de Sociología
Universidad de Navarra

Fecha: 20 de febrero de 2006

Publicado en: La Verdad de Murcia

El revuelo organizado en torno al conflicto de las caricaturas no remite, y desde luego que daría mucho de sí para comentar. Ahí está el inagotable tema de la problemática relación entre Occidente y el Islam, sobre el que sin duda habrá necesidad de volver más adelante. Ahora quiero detenerme brevemente en un aspecto aparentemente colateral del asunto, pero que considero de notable importancia para nuestro ámbito occidental. Me refiero a algunos peligros o amenazas para la libertad de expresión que los sucesos de estos días hacen patentes, y no precisamente en los países islámicos.

En una entrevista concedida al periódico inglés The Daily Telegraph el comisario europeo de Seguridad, Libertad y Justicia, Franco Frattini, declaraba hace unos días que la Unión Europea estudia la creación de un código de prensa para evitar conflictos como los de las caricaturas. El código en cuestión se negociaría con la Comisión Europea y los medios de comunicación de los países miembros de la Unión y no tendría un valor jurídico.

Esta última cláusula debería hacernos respirar aliviados, pero considero que no podemos bajar la guardia ante esta nueva amenaza para nuestra libertad de expresión. Antes que nuevos códigos, prefiero invocar una vieja máxima como ‘el que la hace, la paga’, tan propia de nuestra cultura democrática. En el ámbito jurídico quiere decir que el infractor de la ley será procesado y deberá responder ante los jueces. Claro está que una exigencia elemental del estado de derecho pide que tanto los delitos como sus penas hayan sido tipificados previamente. De esta forma todos los ciudadanos, gobernantes incluidos, se encuentran sometidos al imperio de la ley y no al capricho del déspota de turno. En el ámbito empresarial significa que una gestión defectuosa será castigada, ya sea por los clientes o por los propietarios. El director del periódico France Soir asumió un riesgo cuando reprodujo las caricaturas del conflicto, pues el propietario –de origen egipcio- lo destituyó en el acto. ‘Quien paga, manda’ constituye otra ley inexorable de la economía de mercado.

¿Por qué será que en cuanto algún conflicto como el que nos ocupa agita la opinión pública, el reflejo inmediato de muchos gobernantes es el de intentar amordazar a los periodistas? No hacen falta órganos o códigos especiales para regular la actividad informativa. Basta con los códigos civil y penal y con los jueces ordinarios.

Si miramos a nuestro país, pienso por ejemplo en el proyecto de Estatuto del Periodista presentado por Izquierda Unida en el Congreso, que viene a ser un remedo de la ley franquista del 66. Por una ironía del destino, cabe que si el trámite siguiera adelante –Dios no lo quiera- el senador Fraga tuviera que enfrentarse al cabo de cuarenta años a un texto clónico de su famosa ley de prensa e imprenta. O en las desgraciadas actuaciones del Consejo Audiovisual de Cataluña, que parecía incluso llamado a inspirar el futuro Consejo Nacional. El CAC elabora en estos momentos las directrices que hará llegar a los medios para asegurar que informan adecuadamente sobre el debate del Estatut. Se supone que si las cumplen, los ciudadanos recibirán una buena información sobre un asunto de tanta importancia.

A estas alturas de la vida no nos sorprende el intervencionismo de un órgano de composición política como el CAC, pero me apena el silencio y la aparente docilidad con que la profesión periodística catalana acepta esa tutela. ¿Dónde queda la independencia profesional? ¿Resulta acaso tan cómodo el sometimiento al gobierno?

Echamos de menos, con todo motivo, la existencia de una opinión pública libre en tantos países islámicos, y consideramos con fundamento que mientras sus pueblos no disfruten de esas libertades mínimas, será muy difícil que podamos entendernos con ellos (estando así las cosas, hablar de una alianza de civilizaciones parece ingenuo o simplemente estúpido). Pero incidentes como los que he mencionado nos hacen ver que la libertad de expresión, piedra angular de nuestra cultura democrática y que tanto tiempo y esfuerzo nos costó alcanzar, es una conquista frágil, siempre en peligro. No nos está permitido bajar la guardia en su defensa.

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