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Noticias © Comunicación Institucional, 20/02/2005Universidad de Navarra
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El rostro del mal
Autor:Jaime Nubiola
Profesor de Filosofía
Universidad de Navarra
Fecha: 20 de febrero de 2005
Publicado en:  La Gaceta de los Negocios (Madrid)

El 60 aniversario de la liberación de Auschwitz ha traído de nuevo a colación la inquietante pregunta del por qué aquella horrenda carnicería. La mayor parte de los intelectuales y los políticos han insistido en la importancia de no olvidar aquella atrocidad de la Alemania del Tercer Reich para evitar repetirla, pero casi nadie se atreve ni a responder a la pregunta del por qué ni a aventurar los medios que pueden arbitrarse para que en el futuro no se repitan tragedias similares. De hecho, conservamos todos en nuestra memoria reciente los genocidios de Camboya y Rwanda ante los que los pueblos de Occidente no han hecho más que mirar pudorosamente a otra parte.

Elie Wiesel, superviviente de Buchenwald y premio Nobel de la Paz, se preguntaba de nuevo ante las Naciones Unidas "cómo es posible que hombres educados, inteligentes, o simplemente ciudadanos que respetaban las leyes, hombres comunes, pudieran disparar contra cientos de niños todos los días y luego leyeran a Schiller y escucharan a Bach por las noches". Como es sabido, los agentes israelíes que seguían la pista de Adolf Eichmann, huido a la Argentina al término de la Guerra Mundial, confirmaron las sospechas sobre su identidad ocultada al verle comprar un hermoso ramo de flores para su mujer el 21 de marzo de 1960: se trataba del 25 aniversario de su boda. De inmediato sería secuestrado por el servicio secreto israelí y trasladado a Jerusalén para su juicio y posterior ejecución. Hannah Arendt subtituló Un estudio sobre la banalidad del mal su memorable libro acerca del proceso de Eichmann en Jerusalén.

Con estos eventos históricos, deseo llamar la atención sobre la lucidez del Papa filósofo Juan Pablo II cuando en su reciente mensaje para la celebración de la Jornada mundial de la paz nos recuerda a todos, creyentes y no creyentes, que "el mal no es una fuerza anónima que actúa en el mundo por mecanismos deterministas e impersonales", que "el mal pasa por la libertad humana", que "el mal tiene siempre un rostro y un nombre: el rostro y el nombre de los hombres y mujeres que libremente lo eligen". Juan Pablo II conoce de cerca los horrores de los campos de exterminio y tantos otros horrores con que los seres humanos nos hemos destrozado unos a otros: no piensa que su causa esté en el "lado oscuro de la fuerza" ni en un anónimo determinismo cósmico. El mal, el mal radical, se encuentra siempre en el ejercicio de la libertad humana y, por tanto, tiene siempre rostro. Eso es realmente lo más terrible del mal.

En nuestra sociedad -y en particular en los medios de comunicación- hay una tendencia a "demonizar" -suele decirse- a algunas personas a las que se identifica como el enemigo público número uno (Sadam Hussein, Bin Laden) o a las que se hace responsable de todos los males que supuestamente aquejan a nuestro país (Zapatero, Aznar, Ibarretxe). Se trata siempre de encontrar un chivo expiatorio sobre el que descargar todos nuestros males. Esa persona está demonizada, es un demonio, porque encarna la maldad sin mezcla de bien alguno. Aunque sea una técnica demagógica eficaz, no pasa de ser una treta infantil. El mal siempre está en los otros, en los demás, pero bien sabemos que esto no es así de simple. Nos basta con mirar al espejo, nos basta con pararnos a reflexionar un momento para descubrir que el mal habita también dentro de nosotros, que el mal tiene también nuestro nombre y nuestro rostro.

En mis conversaciones con los estudiantes suelo acudir a un recuerdo de mi juventud para persuadirles de que el mal habita en nuestros corazones. Voy a evocarlo aquí también. Era el año 1970 y al cumplir los dieciocho años había obtenido yo mi flamante carné de conducir. Estaba siempre con ganas de conducir un coche y a menudo le pedía a mi madre su Seat 600 para ir a la Facultad. Recuerdo que un día mientras iba por una avenida relativamente ancha y con escasa circulación, vi como una viejecita cruzaba por en medio de la calle sin paso cebra ni nada y advertí dentro de mí que sentía el impulso de -"¡chaf!"- aplastarla. Afortunadamente frené y no pasó nada: probablemente la viejecita ni se enteró de su imprudencia y, por supuesto, ni imaginó lo que había pasado por mi corazón, pero yo llegué a la Facultad temblando, horrorizado al comprobar que el mal estaba dentro de mí. Probablemente no me hubiera atrevido a contar esto nunca, pero algunos años después descubrí que había un videojuego llamado Carmaggedon que consistía precisamente en atropellar viandantes (un peatón un punto, una mujer embarazada dos puntos, un policía cinco puntos), acompañado de todo tipo de sonidos escalofriantes para hacer más real y vívida la experiencia. Ese juego fue prohibido en España, pero su existencia muestra bien que aquella tentación no era solo mía, sino que acecha también a muchos otros hombres.

La violencia tiene un extraordinario poder de atracción en particular sobre los varones, tal como a diario nos muestran los medios de comunicación cuando nos relatan los terribles escenarios de la violencia doméstica. Esto es quizá lo más doloroso: el matrimonio y la familia, que son el ámbito nativo del amor y de la donación, convertidos en un infierno. Sin embargo, cuántas veces también la violencia, la mentira, el atropello, la intimidación, el desprecio y el silencio destruyen las relaciones de amistad, las relaciones profesionales, la buena vecindad de la comunidad o la convivencia entre los ciudadanos. Los insultos y descalificaciones personales tan frecuentes entre nuestros políticos son síntomas de ese estilo deletéreo para nuestra comunidad democrática.

El mal está dentro de nosotros, dentro de cada uno, tiene también mi rostro. No son sólo los crímenes nazis, ni los de Sadam Hussein o Bin Laden, sino que tiene también mi nombre. Cuantas veces he elegido el mal le he conferido mi rostro. Es preciso reconocer esto para comenzar a recorrer el camino de la eliminación del mal, el camino del perdón y de la purificación del corazón. "El mal -proseguía el Papa filósofo- es un trágico huir de las exigencias del amor. (...) Ningún hombre, ninguna mujer de buena voluntad puede eximirse del esfuerzo en la lucha para vencer al mal con el bien. Es una lucha que se combate eficazmente sólo con las armas del amor".

Los filósofos -y cuantos de buena voluntad defienden la superación del mal con el bien- podemos quizá ser despachados como irresponsables por parte de nuestros conciudadanos. Pero no es que no advirtamos lo que pasa, sino que sabemos que la violencia es un mal inaceptable, que jamás es solución a ningún problema. No defendemos un ternurismo facilón, sino que estamos persuadidos de que el amor es la única fuerza capaz de mejorar a la persona y a la sociedad, a cada uno y a todos en su conjunto. Por eso para que no haya más Auschwitz ni más genocidios de ningún tipo es necesario comenzar a cambiar el mundo reconociendo que el mal tiene también nuestro rostro.

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