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A mí llaman Lázaro de Tormes...
Autor:Ignacio Arellano
Catedrático de Literatura
Universidad de Navarra
Fecha: 19 de octubre de 2002
Publicado en:  Diario de Navarra

De todos los antihéroes que protagonizan las novelas picarescas, Lázaro de Tormes es seguramente el más entrañable (el único entrañable) y al que de mejor grado perdonamos sus infamias, quizá porque lo conocemos niño ingenuo y lo vemos capaz de compasión por otros necesitados, como el escudero muerto de hambre que es su tercer amo. Y para explicar esa compasión, tan rara entre los pícaros (y entre los que no se consideran tales) algo bueno debe de tener este hijo de molinero ladrón, nacido en medio del río, y que nos cuenta la historia de sus penalidades y deshonras como si hubiera alcanzado el éxito de acomodado hombre de bien. La historia de Lázaro, como la de todos sus compañeros de profesión picaresca, es cruel. Su clase social, su genealogía, su necesidad de sobrevivir como sea en un mundo siempre hostil, convierten su vida en una carrera de obstáculos que intenta superar con ingenio y poca o nula moralidad. Su aprendizaje es violento, inmisericorde. El primer amo de Lazarillo es un ciego, pordiosero e hipócrita rezador, que comienza sus enseñanzas con el famoso episodio del toro de piedra: «Lázaro, llega el oído a este toro y oirás gran ruido dentro de él». Y el curioso y crédulo muchacho acerca la cabeza para recibir un golpe contra el diablo del toro, que más tres días le dura el dolor de la cornada. «Necio, aprende- le dice su maestro- que el mozo de ciego un punto ha de saber más que el diablo».

Así aprenderá Lázaro sus lecciones, a fuerza de palos, golpes y burlas, en la mayor de las soledades del espíritu... Un día de grande lluvia el ciego le pide que lo enderece a unos soportales para resguardarse de la mojadura, y Lázaro lo coloca enfrente de un poste de piedra para que salte el arroyo: «Saltad todo lo que podáis, porque deis a este lado del agua». El ciego toma carrerilla y da tremendo golpe contra el poste «que sonó tan recio como si diera con una gran calabaza y cayó para atrás medio muerto y hendida la cabeza». Lázaro ya sabe un punto más que el diablo, y le ha devuelto a su pedagogo la calabazada.

Lanzado a la orfandad completa ha de buscarse otro trabajo. La serie de amos de Lázaro refleja los vicios y corrupciones de diversos estratos sociales, o ilustra los pecados de la avaricia, la soberbia o la ira... Del ciego pasa a un clérigo de Maqueda, de insufrible avaricia, que guarda bajo llave las cebollas y los panes y hace perecer de hambre al flaco criado. Las triquiñuelas y rapiñas que Lázaro inventa para comer, ratonando los panes del arca y falsificando las llaves, terminará, al ser descubierto, con nueva tanda de palos. El tercer amo aún es peor, no por maldad, sino por miseria total: un hidalgüelo pagado de su negra honrilla, caricatura de una clase social de la España de la época, un ser inútil y ridículo que exige que lo traten como a gran señor mientras disimula las hambres imperiales comiéndose los restos que su paje limosnea. Triste destino el de Lázaro: «Allí se me representaron de nuevo mis fatigas y torné a llorar mis trabajos; allí se me vino a la memoria la consideración que hacía cuando me pensaba ir del clérigo, diciendo que, aunque aquel era desventurado y mísero, por ventura toparía con otro peor. Finalmente, allí lloré mi trabajosa vida pasada y mi cercana muerte venidera». Un día desaparece el escudero y Lázaro continúa su peregrinación: un fraile mercedario, un vendedor de bulas, un pintor de panderos, un alguacil... De todos estos el buldero es el que pinta con mayor detalle el anónimo autor de la novela, con elaboradas descripciones de sus embustes para colocar a los incautos las bulas de la Santa Cruzada, pero ninguno hay presentable, aunque el pícaro busca desesperadamente «arrimarse a los buenos», como dice el refrán, para ser uno de ellos. Irónicamente se cumple este deseo cuando Lázaro se casa con la manceba del arcipreste de san Salvador, otro clérigo corrompido. Los vecinos del barrio, con la caridad previsible, murmuran del «caso»: que si la paciencia de Lázaro, que si su mujer había parido tres veces, que si el señor arcipreste vive pared por medio... El pícaro cierra los oídos, que no los tiene para ocuparse de hablillas sobre honras, y defiende a su mujer («juraré sobre la hostia consagrada que es tan buena mujer como vive dentro de las puertas de Toledo, y quien otra cosa me dijere, yo me mataré con él»), fuente de su bienestar material (gracias a ella recibe una carga de trigo al año, carne en Pascuas, panes, y otras protecciones). ¿Qué más puede pedir? ¿Honor? ¿Cómo se come? Lázaro no es un caballero, ni un hidalgo, ni siquiera un villano rico o comerciante de importancia. Es un antiguo mozo de ciego lleno de malas mañas, un superviviente sin grandes aspiraciones. Su vida es vulgar y baja, y sin embargo, al contárnosla en la epístola dirigida a un «vuestra merced» que se interesa por el «caso», inaugura nada menos que la novela moderna. No hay fantasías caballerescas ni amores refinados ni aventuras fabulosas en el septentrión. Nos cuenta simplemente la vida de un pobre muchacho, tejida de episodios cómicos y satíricos, que envuelven una almendra amarga de violencias y abusos. Lázaro lucha con sus armas y deja testimonio admirable en esta su ficción literaria que alcanza un grado de verdad desconocido hasta su aparición a mitad del siglo XVI. Como don Quijote o la Celestina, Lázaro de Tormes (y sobre todo Lazarillo) permanece en la memoria de todo lector en poderosas imágenes: al menos en esto es completo el éxito de Lázaro, que quiso narrar su vida para que el olvido no alcanzara a sepultar sus trabajos y sus triunfos, y para que todos supieran cuánto mérito tiene, «para los que tienen contraria la Fortuna, con fuerza y maña remando salir a buen puerto». O al menos al mejor puerto al que pueden aspirar en el mar de este mundo amargo y lleno de desengaños. Pregone, pues, los vinos del arcipreste, cierre los ojos al adulterio de su mujer y asegure el sustento cotidiano en la «cumbre de toda buena fortuna», según nos dice, mientras acude a contemplar la entrada en Toledo del victorioso emperador Carlos V, y se asoma (al margen, como siempre, con mucha precaución) a los grandes regocijos y fastuosas fiestas que para celebrarla se hicieron en la insigne ciudad...

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