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Recuerdos de un seminario con Joseph E. Stiglitz, premio Nobel de Economía

Autor: Alejo José G. Sison
Instituto Empresa y Humanismo
Universidad de Navarra
Fecha:  19 de cotubre de 2001
Publicado en:  Diario de Navarra

Durante el curso 1997-1998 fui becario Fulbright en la Universidad de Harvard. En otoño de aquel año, la Fundación convocó a todos sus becarios en el área de Boston para asistir a un seminario sobre la "Crisis Asiática" en el Club de Profesores. El ponente era del Consejo Económico del presidente Clinton y economista-jefe del Banco Mundial, aunque en aquel momento ya empezaban a trascender a la prensa sus diferencias con la "línea oficial" de la institución financiera. Su nombre era Joseph E. Stiglitz, ahora nuevo Premio Nobel de Economía.

Lo que más me llamó la atención fue su capacidad de generar un pensamiento independiente que, además de ser acertadamente crítico, también fuera práctico y constructivo. El blanco de sus exposiciones eran, sobre todo, los burócratas salidos del "Consenso de Washington" -formado por el Banco Mundial, el FMI y la Administración norteamericana- que llegan a los países en crisis con una única receta ya preparada: la desregulación económica consistente fundamentalmente en la austeridad fiscal, la privatización de activos estatales y la liberalización financiera, entre otros. No es que estuviera en contra por principio de estas medidas -sabía más que suficiente economía como para caer en esos errores burdos-. Lo que pasa es que probablemente estos expertos deberían tener un poco más de "sensibilidad sociocultural" y enterarse bien, sobre el terreno, de las peculiaridades de cada país antes de imponer sus exigencias inflexibles a los gobiernos. Cuando la única herramienta que se lleva es un martillo, todo lo que a uno se le pone delante le parece un clavo. La fría racionalidad del homo oeconomicus, impermeable a cualquier otro dato que no cupiera bien en las casillas de su estadillo, simplemente no es humana.

Ni tampoco es de buena ciencia económica, como ya argumentaba entonces Stiglitz y como luego demostró la comparación de la experiencia de Tailandia, donde la crisis empezó, con la de Corea, por ejemplo. Que la crisis económica afectara a los países del este asiático al mismo tiempo no significa que las causas en cada uno de ellos fueran las mismas, ni que las soluciones -al contrario de lo que pretendía el "Consenso de Washington"- fueran idénticas. Más aún, los efectos de una misma medida económica particular pueden ser positivos en un lugar pero seriamente deletéreos en otro; y el resultado de estos errores, lejos de ser un mero desliz académico, se traduce en un tremendo sufrimiento para la población.

Al final, los conflictos intelectuales con la "línea oficial" de la institución en la que trabajaba debieron de ser insostenibles, de modo que Stiglitz volvió a ser "profesor" Joseph E. Stiglitz, ocupando su cátedra en la Universidad de Columbia. Francamente, no me alegré mucho de esta neta ganancia para la academia, teniendo en cuenta la pérdida para los gobiernos y la política. Pero también ya había surtido sus efectos benéficos, como una mayor preocupación del Banco Mundial-FMI por la corrupción en los gobiernos de los países deudores, aparte de por los lógicos y legítimos intereses en los préstamos de los países acreedores.

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