Noticias© Comunicación Institucional, 19/06/2005

Universidad de Navarra

Alta política

Autor: Josep-Ignasi Saranyana
Facultad de Teología
Universidad de Navarra

Fecha: 19 de junio de 2005

Publicado en: La Vanguardia (Barcelona)

Los ciudadanos saben que los actos específicamente religiosos (la profesión de fe, el culto, las doctrinas teológicas, la comunicación con las propias autoridades religiosas, etc.) quedan fuera de la competencia del Estado. Salvo por graves razones de orden público, el Estado no puede impedir esos actos, ni, por supuesto, exigirlos. También saben los ciudadanos que todos son iguales ante la ley. Las convicciones religiosas no pueden condicionar los derechos civiles o políticos. Toda discriminación por razón de las creencias religiosas sería inconstitucional. Es importante meditarlo, en previsión de injustificados controles.

Esta autonomía de lo religioso y eclesiástico con relación a lo civil y político, que denominamos laicidad, no sólo es un valor reconocido por la Iglesia, sino que, además, pertenece al patrimonio de la civilización occidental. La laicidad, sin embargo, no implica la absoluta indiferencia del poder político ante la religión y la moral, porque la sociedad es naturalmente religiosa, y porque la moral tiene una evidente dimensión pública. Las medidas políticas condicionan el futuro de un país, porque las leyes sanean o envilecen la convivencia.

Ello no obstante, algunos políticos, en polémica con la jerarquía eclesiástica española, han justificado la tramitación parlamentaria de la ley sobre las uniones homosexuales (tan injusta con relación a los verdaderos matrimonios) apelando a la urgencia de reconocer "todas las formas de amor". Cabe preguntarse si tales aseveraciones han sido dichas en serio, o si más bien no son fruto de la inexperiencia o de la imprevisión; pues, ¿acaso se han valorado suficientemente las consecuencias del descomunal vuelco jurídico que se pretende introducir? Recordemos que "cuando un bosque se quema, algo suyo se quema, señor marqués", como dice el conocido eslogan publicitario.

Hay que gobernar a largo plazo. Una política de altura debe proteger el entorno, para que no se degrade la vida social. Con acierto se ha dicho hace poco, que "la política es para los vivos y para el futuro", porque la memoria histórica es muy cruel. ¿Qué queda de Calígula sino lo de su caballo?

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