Noticias: 19/06/04 [ © Comunicación Institucional, 2004 ]
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"¡A por ellos!": Fútbol e identidad
Autor:Francisco Javier Caspistegui
Profesor del departamento de Historia
Universidad de Navarra
Fecha: 19 de junio de 2004
Publicado en:  ABC (Madrid)

Dice Eduardo Galeano en El fútbol a sol y a sombra, que "el club es la única cédula de identidad en la que el hincha cree. Y en muchos casos, la camiseta, el himno y la bandera encarnan tradiciones entrañables, que se expresan en las canchas de fútbol pero vienen de lo hondo de la historia de una comunidad". Parece una obviedad, pero lo identitario del fútbol y del deporte ha sido ignorado por una Academia que, o bien lo consideraba asunto propio de la cultura popular y, por ello, escasamente interesante; o bien como un opiaceo que adormecía la conciencia y la acción. Sólo en los últimos años la historia del fútbol comienza a traspasar el nivel del aficionado devoto y erudito para llegar al análisis de una realidad histórica incuestionable y compleja.

Superados los unilateralismos en el análisis del pasado, en los tiempos posmodernos que nos recorren se ha producido la fragmentación de los objetos de conocimiento y una cierta democratización temática: cualquier aspecto sirve si se analiza de forma metodológicamente ortodoxa. Ahí entra el fútbol: a partir de la tradición erudita y conmemorativa de los clubes de todo nivel y condición, y buscando reflexiones foráneas a través de los cultural studies (ese híbrido de antropología, historia, sociología, psicología y cuanto sirviera para explicar nuestra cotidianeidad), comenzó a colarse en las rendijas de la respetable historia universitaria la temática deportiva.

Una vía para ello fue su vínculo con el estudio de la identidad. El deporte, y el fútbol en particular, actuaba -actúa- como canalizador de identidades, como elemento simbólico, como constructor de tradiciones. En nuestras plurales sociedades la complejidad identitaria ha aumentado por la dificultad de hallar referencias absolutas con las que poder identificarnos. La caída de los metarrelatos y de las certezas absolutas, provocó una búsqueda de pertenencias en la que comenzó a tener importancia cualquier alternativa, entre ellas las derivadas de los espectáculos de masas. Protagonista fundamental fue el deporte, potente fuente suministradora de tradiciones, símbolos y rituales, que transfirió la sacralidad de las viejas pertenencias hacia nuevas necesidades.

No hay que ocultar al otro gran protagonista del proceso: los medios de comunicación. El deporte toma impulso cuando éstos comienzan a prestarle atención preferente, cuando recogen y elevan un nuevo panteón heroico e incluyen en él a los nuevos dioses, los ritos y normas que rigen la novedad, y vinculan sus manifestaciones más relevantes con los signos de identidad colectiva. También de masas, vinculan de forma intensa los equipos de fútbol con las comunidades de los que surgen, otorgándoles la llama sagrada de la representatividad colectiva. Nick Hornby, hincha del Arsenal, afirma en Fiebre en las gradas que "[l]os jugadores no son más que nuestros representantes". La representatividad puede variar en intensidad, pero lo que difícilmente puede negarse es que ese nexo existe y que repercute en una de esas múltiples capas que constituyen la personalidad individual y las aún más complejas personalidades colectivas.

No hay que caer en la absolutización del fútbol como espejo de la sociedad. No es fácil que podamos hacer de un equipo de fútbol el equivalente de las luchas balinesas de gallos, pero sí podremos aproximarnos a la complejidad identitaria de una sociedad si tenemos en cuenta, entre otros factores, el deportivo (¿cómo ignorar las referencias al tópico de la furia española a partir de las Olimpiadas de Amberes de 1920?). Ya desde las primeras décadas del siglo XX, políticos y dirigentes se percataron de la utilidad del fútbol como instrumento de propaganda y como alternativa moderna al circo romano.

Además, a niveles no necesariamente políticos, el fútbol canaliza iniciativas surgidas desde la base social y refleja comportamientos y actitudes expresadas a través de él. En la violencia que reiteradamente lo sacude hay una parte de "barbarie", pero no hay que olvidar que muchos de esos actos son respuestas identitarias, manifestaciones de un sentido de pertenencia que se lleva hasta la demonización y eliminación del adversario. Como canalizador de identidad, el fútbol puede rendir servicios de refuerzo nacionalista, pero también derivar en xenofobia o en racismo. Tal vez las soluciones pasen por conocer las raíces de un trastorno en la identidad de ciertos aficionados.

Lejos ya los tiempos en que el ideal deportivo descansaba en una caballerosidad aristocrática y amateur, el fútbol se ha convertido en un elemento que acoge pasiones, símbolos y ritos en uno de los estratos de nuestra complejidad identitaria. Si uno de esos estratos, el futbolístico -pero también cualquier otro-, se impone sobre los demás y los somete a su dominio, surgen los problemas, la violencia, la exclusión y el desprecio de otras identidades, las otras. Se impone por ello conocernos, bucear en las capas que componen nuestra complejidad y, en este caso, en la capa futbolística: una más.

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