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La magia del tiempo
Autor:Josep-Ignasi Saranyana
Profesor de la Facultad de Teología
Universidad de Navarra
Fecha: 19 de enero de 2003
Publicado en:  La Vanguardia (Barcelona)

Todas las culturas han sucumbido a la magia del tiempo. El inconsciente colectivo ha celebrado los grandes tránsitos con temor y esperanza. Los chinos, tan apegados a sus tradiciones, mitifican los años. Los japoneses, las eras imperiales. El reciente cambio de milenio no fue ajeno a la seducción de los grandes acontecimientos.

Los cristianos hemos asumido el encanto de las fechas, pero hemos ido más allá, porque creemos que Dios ha entrado en el tiempo. Consagramos los domingos (primer día de la semana) a la Resurrección de Cristo; el sábado, a la Virgen. Los cuartos de siglo son años jubilares; los grandes aniversarios conservan la memoria colectiva. Actualizamos los acontecimientos salvíficos en el ciclo litúrgico anual, con sus tiempos fuertes y su tiempo ordinario.

La Iglesia cristianizó los solsticios, las dos grandes inflexiones del transcurso anual. Conmemoró en el solsticio de invierno el nacimiento de Jesucristo y, en el de verano, el de Juan el Bautista. La Navidad -que desplazaría las fiestas saturnales del imperio- se celebra cuando el día inicia su recrecimiento, recordando así a Cristo Sol naciente ("ex oriente lux"). Desde el Vaticano II, en el comienzo del año civil, es decir, el uno de enero juliano, se sitúa la fiesta mariana más notable: la Maternidad divina de María. Porque María, Madre del Sol que nace, es la mujer con la luna bajo los pies, según la visión apocalíptica. No olvidemos, por último, que, durante muchos siglos, la celebración de las cuatro témporas puso su toque penitencial en el inicio de cada una de las estaciones.

De esta forma, con pedagogía maternal, la Iglesia ha expresado algo muy importante: que el tiempo tiene sentido religioso y salvífico. En la plenitud del tiempo, en efecto, se encarnó el Verbo de Dios. En la historia se edifica el reino y se cumplen las promesas. Al final de los tiempos vendrá Cristo glorioso.

¡Qué triste si nuestra cultura perdiera ese sentido cuasi sagrado del tiempo! Las fiestas religiosas son piedras miliares en nuestro camino. Sería lamentable que nuestras fiestas religiosas se transformasen en una feria. Sería cubrir nuestra cultura de chapapote negro y viscoso.

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