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La familia de Pascual Duarte se queda huérfana

Autor: Ignacio Arellano
Catedrático de Literatura
Universidad de Navarra
Fecha:  19 de enero de 2002
Publicado en:  Diario de Navarra

La muerte de Camilo José Cela (1916-2002) deja huérfana una etapa de la narrativa española que ha sido marcada por su presencia literaria desde la aparición en 1942 de la que quizá sea su mejor obra, La familia de Pascual Duarte. La variada obra del novelista lleva la marca de un continuo intento de renovación, meritorio como objetivo, irregular en sus logros. Para los analistas de sistemas literarios algunas novelas «estructuralistas», desde San Camilo, 1936 (1969) y Oficio de tinieblas 5 (1973), hasta Cristo versus Arizona (1988) o El asesinato del perdedor (1994), etc. ofrecen oportunidades propicias a la divagación teórica; para los lectores que se acercan con sinceridad ingenua a las historias de otros seres humanos, Pascual Duarte y los desvalidos personajes de La colmena permanecerán siempre como los más cercanos al corazón y a la memoria.

En estas dos novelas fundamentales la tendencia disgregadora y la característica obsesión de Cela por el nombre extravagante y la galería de homúnculos pintorescos ceden a la indagación tierna y amarga de unas vidas truncadas por las circunstancias y la falta de caridad. El hombre vestido de pierrot, ulpiano el lapidario, el bufón, el canónigo don iluminado, el niño lepórido o la mujer vestida de coronel prusiano que pululan entre otros monstruitos de la fauna fantasmagórica de Oficio de tinieblas, pueden divertir algunos ratos con su caricatura; y lo mismo puede decirse de congéneres más recientes como Michel Percival el Agachadizo, Adrián Ortega Marabuto el Simonito o Arquimbandio Celeste García, alias Talparia -sepulturero perfumado de pachulí- en El asesinato del perdedor. Admira su juego lingüístico, la ilación de palabras de escogida sonoridad, de evocaciones humorísticas, de ritmos cambiantes y sortilegios verbales. Son, no obstante, libros olvidables.

Pero La familia de Pascual Duarte no permite el olvido. Este relato autobiográfico de un asesino a ratos angélico revive eficaces tradiciones españolas como la novela picaresca o el romance de ciego. Pascual, sin embargo, a despecho de sus rasgos comunes con Lazarillos, Guzmanes y Buscones (familia infame, aventuras truculentas, marginación) se diferencia de ellos en dos aspectos esenciales: le falta el cínico ingenio que permite sobrevivir a los otros, y guarda en el fondo, ahogada por la ignorancia y la brutalidad generalizada, un ansia de amor y humanidad, de vida pacífica y feliz. Como nos informan sus memorias, escritas en la antesala del garrote vil -en el que morirá ignominiosamente-, Pascual Duarte no alcanzará nunca este paraíso que le está vedado. Su vida es una carrera de violencias sufridas y ejercidas sobre los demás. Unas muertes nos parecen más gratuitas (la de la perra Chispa), otras más comprensibles (la de la yegua, la del Estirao, el asesinato tremendo de la madre...), pero en realidad Pascual mata como respira; pareciera que frente a los acosos de su vida, frente a las sensaciones angustiosas que lo asaltan, solo conociera la reacción violenta. Su rudimentario espíritu se entrega al fatalismo, se encoge ante la intuición de una vaga culpa acrecida y concretada en su conducta asesina: «Esa fatalidad, esa mala estrella parece como complacerse en acompañarme. Las más grandes tragedias de los hombres parecen llegar como sin pensarlas, con su paso de lobo cauteloso, a asestarnos su aguijonazo repentino y taimado como el de los alacranes. Quién sabe si no sería Dios que me castigaba por lo mucho que había pecado y por lo mucho que había de pecar todavía». Es verdad que los episodios que nos cuenta de su vida dan poca cabida al optimismo. En el páramo de catástrofes (palizas infantiles, muerte grotesca del padre rabioso, de su hermano Mario, de sus hijos, de su madre...) solo alumbra una débil llama: el cariño de su hermana Rosario que pudiera haberlo salvado. No pudo ser. Pascual Duarte solo se salvará en la compasión del lector que conoce en él a un animal primitivo pero carente de verdadera crueldad, una víctima de heredadas violencias, hijo desvalido de un pueblo sin misericordia. En un tono de menor truculencia, pero que explora más facetas de la melancolía, La colmena supone otro acontecimiento excepcional en el panorama novelístico español del siglo XX. En la nota preliminar a la primera edición (aparecida en Buenos Aires por problemas con la censura en España) declara Cela que este libro «no es otra cosa que un pálido reflejo, que una humilde sombra de la cotidiana, áspera, entrañable y dolorosa realidad, un trozo de vida narrado paso a paso, sin reticencias, sin extrañas tragedias, sin caridad, como la vida discurre»: en esta colmena que es el Madrid de la posguerra, los personajes-abejas aparecen y desaparecen fugazmente, entrando y saliendo de las celdillas (cafés, calles, casas de vecinos, tenduchos, estancos, pensiones y lupanares), la mayoría tristes, enfermos, necesitados, inquietos y asustados; otros brutales, burlones, opresores.

El narrador se limita a presentar las sucesivas escenas, episodios mínimos que forman una compleja red de pequeñas historias de humillación y -aunque lo niegue Cela- de ocasional solidaridad frente a la trágica incomunicación. En toda esa colmena sucede como en el corazón del café, ciertas tardes neblinosas: late como el de un enfermo, sin compás «y el aire se hace como más espeso, más gris, aunque de cuando en cuando lo cruce como un relámpago, un aliento más tibio que no se sabe de donde viene, un aliento lleno de esperanza que abre, pr unos segundos, un agujerito en cada espíritu». Más fresco y luminoso es el aire que corre en otro de los grandes libros de Cela, Viaje a la Alcarria. El escritor vagabundo recorre con su mochila los caminos y los pueblos, topa con personajes pintorescos, bebe en las tabernas, duerme en las pensiones, come los sabrosos guisados y paladea los no menos sabrosos nombres de Cifuentes, Zorita de los Canes, Brihuega y Sacedón. No falta el curioso niño erudito que pregunta al viajero «¿Me permite usted que le acompañe unos hectómetros?», ni el detective popular que deduce que el escritor es oriundo de Aranzueque: «¿Usted es de Aranzueque? -No. - Es que tiene usted cara de hambre». Libro «sencillo, inmediato y directo, contado a la pata la llana» según su autor, el Viaje a la Alcarria es una obra maestra de percepción de tipos y paisajes, impregnada de la ternura con que se miran las cosas que no se volverán a ver.

El escritor -escribe Cela en otro lugar- «es bestia de aguantes insospechados, animal de resistencias sin fin». El hombre no puede resistir mucho contra el tiempo; pero las grandes obras de Cela no morirán tan fácilmente.

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