Noticias© Comunicación Institucional, 18/09/2007

Universidad de Navarra

No en mi patio

Autor: Antonio Argandoña
Profesor del IESE
Universidad de Navarra

Fecha: 18 de septiembre de 2007

Publicado en: El País (Madrid)

El dicho inglés es not in my backyard, que se puede traducir por "no en el jardín o en el patio de mi casa". Es una actitud muy frecuente. Claro que tiene que haber prisiones, pero no mi pueblo. Claro que tiene que haber vertederos, o centrales nucleares, pero no en mi término municipal. También de acuerdo en las narcosalas o en las antenas de móviles, pero no en mi barrio. Muy bien que se trasvase el agua, pero que no la tomen de mi río.

Tiene lógica, claro. Con la cárcel, el pueblo se llenará de familias de presos que, bueno, es verdad, tienen derecho a visitar a los suyos, pero... mejor que no ocupen los bares de la plaza. El vertedero supondrá más riesgo de contaminación y seguramente depreciará nuestros terrenos. Los expertos dicen que las antenas no suponen un riesgo, pero... ¿estamos seguros? ¿No? Pues que las pongan en otro lugar. "¿Y qué quiere usted que haga con el contenedor de basura? Porque en algún sitio tendré que ponerlo, ¿no?". "Sí, claro, pero no delante de mi casa, porque se llena de moscas y malos olores".

La donación de sangre viene de antiguo y todos (o al menos muchos) hemos dado de la que, por lo que parece, nos sobra. Al acabar, nos suelen dar un refresco o un bocata,... Está comprobado que, si pagan por ella, las donaciones bajan. Quizás ofrezcan más sangre los que más necesitan el dinero, pero los demás decimos que no. Quizá sea por lo mismo por lo que que una señora dijo a la madre Teresa de Calcuta, cuando la vio abrazada a un enfermo contagioso: "Yo no haría esto ni por un millón de dólares". A lo que contestó la madre Teresa: "Yo tampoco". Lo hacía, claro, por una razón muy superior.

También en las empresas es frecuente que los trabajadores hagan un sacrificio por ayudar a un compañero, o a la empresa misma. "Oye, Fulanito no se encuentra bien; ¿te importa quedarte un rato para acabar su tarea?". ¿Quién va a decir que no? Me viene mal, claro, pero cuando comparo la ayuda a Fulanito con la molestia de recoger más tarde al niño y llegar tarde a casa, no me lo pienso dos veces. Pero si el jefe me dice: "¿Puedes quedarte un par de horas y te las pago como horas extras?", entonces aquellos costes se multiplican. Yo no lo hago por dinero. Y si me ofreces dinero... prepara la bolsa, que te va a salir caro. O simplemente te diré que no.

La solidaridad debe ser gratuita; si no, es una transacción comercial. Y los ejemplos que hemos puesto antes sugieren que hay cosas que no se pueden comprar con dinero. ¿Un vertedero al lado del pueblo? Diremos que no, porque los costes -no económicos, sino de salud, de medio ambiente, de tranquilidad, incluso de prestigio ante otros pueblos- serán realmente grandes. Y va a ser muy difícil colar los argumentos de solidaridad. Porque nos han convencido de que es una cuestión de dinero, no de bien común. Si no, que se lo pregunten al pueblo de al lado, ¡y cómo se resistió a la cárcel! O a la variante de la carretera, que quita al pueblo el negocio de los que paraban a tomar un café. O la línea del tren, que divide los barrios como si estuviesen a kilómetros de distancia.

Reconozco que ahora será muy difícil dar marcha atrás. Las resistencias serán cada vez mayores; los argumentos, cada vez más egoístas, y las referencias al bien común irán desapareciendo de las discusiones. Quedará, sí, el interés colectivo, el interés del pueblo, que es la suma de los intereses de sus habitantes, y nada más que eso. Y como mi interés es tan bueno como el de los demás, sean estos los parientes de los presos, los usuarios de móviles o los generadores de residuos, no estaré dispuesto a ceder ni un ápice. A no ser que me paguen bien.

Los economistas arreglamos el problema con cálculos de lo que llamamos el "coste-beneficio": a cuánto suben los costes y, por tanto, a cuánto deben subir los beneficios. El problema es que no disponemos de una buena medida (y no la tendremos nunca). ¿Cuánto cuesta entrar en el supermercado del pueblo y encontrarse con las familias de los de la cárcel, que han ido a hacer sus compras? Deje volar su imaginación y su miedo, y verá cómo los costes superan en mucho las mayores ventas del supermercado. Decididamente, no llegaremos a una solución fácil, a no ser que la cárcel, o las antenas o lo que sea se pueda imponer al pueblo, guste o no. O que se añadan algunos ceros al lado de los ingresos, en el análisis coste-beneficio.

Me parece que, si no queremos acabar chalaneando con la solidaridad -¿cuánto me pagas por poner buena cara a mis vecinos?-, tendremos que preguntarle a la madre Teresa de Calcuta por qué se volcaba con los enfermos contagiosos, ya que, por lo que parece, no estaba dispuesta a hacerlo por un millón de dólares.

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