Noticias© Comunicación Institucional, 18/05/2007

Universidad de Navarra

La cuna del liderazgo

Autor: Guido Stein
Profesor del IESE
Universidad de Navarra

Fecha: 18 de mayo de 2007

Publicado en: Expansión (Madrid)

Los científicos distinguen dos tipos de conocimientos: aquéllos que se basan en la evidencia empírica por ser cuantificables, y los que por carecer de este fundamento, califican de evidencias anecdóticas. Voy a hablar de alguna de las segundas, deudoras del sentido común, que es, justamente, el sentido de la realidad. Si algo comparten una familia y una empresa en su afán de progreso es que ambas tienen que ser vividas y dirigidas con un sólido sentido de la realidad.

La propiedad privada, por ejemplo, cobra su pleno significado en la familia: se convierte simultáneamente en una fuente de motivaciones y en el medio para trascender el egoísmo individual.

La vida familiar provee del terreno sobre el que formar el carácter no sólo de las hijas e hijos, sino también, y quizá en primer lugar, de las madres y padres, aunque de distinto modo. La formación del carácter es el nexo que aproxima los valores que se maman en la familia con las personalidades maduras que se precisan para dirigir grandes y pequeñas empresas, locales y globales. La literatura empresarial a esas personas las denomina como líderes. Hoy sabemos también que en una empresa robusta todos sus miembros han de ser líderes, es decir, han de ser capaces de dirigir cada uno a su nivel.

Al despuntar de la vida humana no se encuentra ni al estado, ni a la escuela, ni a la empresa, sino a la familia. Aunque se han suscitado muchas discusiones en la opinión pública, parece que existe un consenso acerca de la conveniencia que sea el entorno familiar, obviamente sólo el que se merezca realmente ese nombre, en donde crezcan los niños. Las madres y padres son los responsables naturales y principales (los coachs por antonomasia) de su desarrollo; lo viven con una mezcla de satisfacciones no exenta de preocupaciones.

Para que la familia sea un lugar en el que de veras cuaje el carácter, ha de respirarse el amor, del que ya el sabio latino Cicerón apuntaba tres rasgos distintivos: constans, fidus, gravis. Constancia, fidelidad, plena confianza y responsabilidad son atributos del amor que la práctica cotidiana convierte en valores decisivos, aquellos que alimentan los albores de una personalidad plena en su libertad y dignidad. Las madres y padres saben bien que no pueden dar de lo que no tienen: sin amor no es posible extraer lo mejor que cada niña abriga en su interior; en eso consiste etimológicamente educar; tarea para la que carecemos de estrategias alternativas.

No falta quien advierte que la familia y sus valores están en proceso de disolución. En su lugar, sostienen, emerge un papel creciente del estado frente a la sociedad y el mercado, o a la inversa. Sin embargo, la tozuda realidad nos enseña con la humildad de la que a veces los hombres y mujeres carecemos, que la familia como cuna de la educación no tiene tampoco sustituto válido.

La justicia transida de amor (que trata con desigualdad a los desiguales) y el espíritu de acogida son pilares de un edificio en el que tener significa compartir, mandar apunta a servir, y convencer empieza por comprender. Las escaleras que conforman estás sólidas actitudes (competencias las llamamos en management) conducen al fortalecimiento del carácter entendido como la capacidad de autogobernarse. Una persona es madura cuando sabe dirigirse a sí misma, lo que constituya, a su vez, el pilar sobre el que levantar cualquier clase de liderazgo.

Si deseamos empresas potentes, eficaces, competitivas, y sanas (fíjese lector que evito poner solidarias, pues ya no me fío del abuso actual de ese maravillo adjetivo) precisamos que las dirijan mujeres y hombres de una pieza, que anuden a los conocimiento técnicos y la experiencia una profunda sabiduría humana, de la que mana la inteligencia emocional de siempre.

Obviamente, no pretendo defender que hoy la legitimidad de la familia reside en su éxito como criadora de líderes empresariales, ni tampoco que sólo la educación en el seno familiar ofrece los fundamentos para desarrollar un directivo eficaz. Ambas tesis son absurdas. Más bien, me parece que la última hora de nuestro tiempo nos reclama directivas y directivos de empresa cuya personalidad haya madurado en un entorno en el que las actitudes éticas ocupan su lugar: el importante.

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