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Noticias © Comunicación Institucional, 18/04/2005Universidad de Navarra
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Fetichismo de Estado
Autor:Iván Jiménez-Aybar
Doctor europeo en Derecho
Universidad de Navarra
Fecha: 18 de abril de 2005
Publicado en:  Heraldo de Aragón

Los que todavía tenemos (o nos empeñamos en tener) una visión -quizá utópica, un poco quijotesca- de la política, en virtud de la cual nos la imaginamos como el arte del buen gobierno de los asuntos públicos, nos sentimos indefensos cuando los representantes de la vox populi olvidan, cada vez con más frecuencia, que su escaño no es un instrumento para imponer sus ideas o las de sus votantes, sino el mensajero o intermediario del sentido común de la ciudadanía, el más fiel reflejo de la identidad de un pueblo.

Un ejemplo de esta manera de gobernar ha mostrado recientemente su cara más amarga en el seno de la Comisión de Educación de las Cortes de Aragón. El pasado 13 de abril se aprobó una proposición no de ley -con el apoyo de todos los grupos políticos a excepción del PP- encaminada, según se dice en su texto, a velar por el cumplimiento del principio de aconfesionalidad del Estado en los centros públicos de enseñanza aragoneses. Tal propuesta, impulsada por IU, incide sobremanera en que se retiren todo tipo de símbolos religiosos, mencionando expresamente los crucifijos e imágenes cristianas.

¿Cuáles son las principales razones que alegan? Por un lado, que deben potenciarse los valores de una escuela pública laica. Por otro, que la integración de un cada vez más numeroso colectivo inmigrante requiere crear un clima de máxima neutralidad en lo que a religión se refiere, para que no se sientan discriminados.

Ante tamaño despropósito, el que suscribe, quizá por deformación profesional, invita a estos políticos a sentarse en los bancos de una Facultad de Derecho cualquiera y escuchar una buena lección de Derecho eclesiástico del Estado. Allí verán que la Constitución garantiza la libertad religiosa de los individuos y de las comunidades, instando además a los poderes públicos a tener en cuenta las creencias religiosas de la sociedad española. Y esto en el mismo artículo (el 16) donde se afirma el principio de aconfesionalidad del Estado, el cual, lejos de significar que lo religioso deba desaparecer de la esfera pública, implica -es más, exige- una actitud positiva del Estado y de sus gobernantes hacia las creencias religiosas de todos sus ciudadanos, tratadas éstas siempre desde el más escrupuloso respeto del principio de igualdad.

Estamos ante un nuevo capítulo de la deriva de una parte de la izquierda española hacia un laicismo beligerante que ha elevado a sus propios altares el paradigma del Estado laico francés. Y, ya que esos diputados muestran especial preocupación por integrar a los alumnos inmigrantes en la escuela pública, les diré que la conocida como Ley de los símbolos religiosos en Francia -sobre la que en su día escribí en este mismo periódico- ha traído consigo, un año después de su promulgación, que cientos de alumnas musulmanas hayan tenido que abandonar sus estudios, continuando su formación -en el mejor de los casos- en las mezquitas, fuera de todo control estatal. No, señores diputados, no se trata de restar, sino de sumar. La llegada de creyentes de otras religiones no exige que desaparezcan las existentes, sino que aquellas se incorporen de manera natural a los diferentes espacios de socialización, entre los que está, cómo no, la escuela.

Los símbolos religiosos nunca excluyen ni discriminan. Son parte del patrimonio cultural y espiritual de todo un pueblo, y, bien explicado su significado, enriquecen el proceso educativo de niños y jóvenes. Así lo ha entendido una buena parte de la izquierda italiana las veces en que se ha dirimido ante los tribunales la presencia del crucifijo en las aulas públicas.

¿Por qué no siguen su ejemplo los que en España abogan por su eliminación? Hablemos claro: porque quieren trasladar a nuestras vidas -a través de la norma- sus más personales prejuicios y fantasmas de la infancia construidos en torno a la religión. Dicen luchar contra la desaparición de todo vestigio de una religión de Estado, pero lo hacen imponiendo un fetichismo de Estado que tiene en su punto de mira a los símbolos religiosos propios del cristianismo. Incluso llegan a negar la historia, si es necesario (así la polémica en torno a las cuatro cabezas de moro del escudo de Aragón). No, señores diputados, esto no es hacer política. No es lo que nos han enseñado. Ahora sé lo que sintió don Quijote cuando vio acercarse a su idealizada Dulcinea y no vio sino a una humilde aldeana a lomos de su asno...

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