Noticias© Comunicación Institucional, 18/03/2007

Universidad de Navarra

Sobre la teología de la liberación

Autor: Josep-Ignasi Saranyana
Facultad de Teología
Universidad de Navarra

Fecha: 18 de marzo de 2007

Publicado en: La Vanguardia (Barcelona)

Jon Sobrino, barcelonés como yo, aunque naturalizado salvadoreño, teólogo famoso, ha pensado mucho sobre el "reino de Dios", porque éste es el objeto central de la teología de la liberación. Y se ha metido de lleno, con audacia y generosidad, en una cuestión harto difícil: el análisis de las relaciones entre Cristo, el reino de Dios y la Iglesia; uno de los temas teológicos más complejos de nuestra hora. Es de alabar que haya tenido la valentía de afrontarlo. Quizá no tanto, en cambio, que se haya precipitado en algunas conclusiones, como le recuerda la nota de la Congregación para la Doctrina de la Fe, publicada ayer (aunque fechada en noviembre pasado).

Hace años, en efecto, que se discute y se pone en duda, siempre en cenáculos profesionales, una peculiar distinción establecida por Sobrino, entre "Jesús como mediador del reino" y "Jesús mediador definitivo del reino". Se trata de una discontinuidad que contamina su cristología y la pervierte.

Por eso, no debería extrañar que, al divulgarse esa hipótesis en los seminarios, noviciados y otras casas de formación, la Congregación haya decidido intervenir, pues el punto de vista de Sobrino no responde a la tradición católica. Después de cuatro años de examen y otro año de conversaciones con él, la Santa Sede publica ahora una notificación, porque las explicaciones del teólogo salvadoreño no resultan satisfactorias. Por este medio, la Congregación de la Fe espera "ofrecer a los pastores y a los fieles un criterio seguro".

Vayamos al caso. Sobrino parece sostener una estricta continuidad entre Jesús y otros mediadores anteriores (Moisés, los profetas, el siervo doliente de Isaías…). Jesús estaría en el mismo plano, más o menos, que sus antecesores. Sólo después de la Resurrección, Jesús se habría convertido en el mediador definitivo, y no antes. ¿Pero, cómo? La fe de la comunidad habría obrado ese prodigio de transformar a Jesús en el Cristo. En tal contexto, Sobrino pretende asentar la posibilidad de edificar una cristología añadida al Jesús histórico: una cristología "desde la relación del Jesús histórico con el reino de Dios".

Sin embargo, la generación apostólica vio las cosas de otra forma. Ellos creyeron, ya antes de la Resurrección. Ellos advirtieron, desde el mismo sermón del monte, que Jesús era el Cristo. Ellos hallaron al Cristo en Jesús. Por eso, la trascendental confesión de Pedro en Cesarea no sólo incluye la misión de Jesús (el Mesías), sino su íntimo ser (el Hijo de Dios). Es evidente que esa profesión, que debe tomarse en sentido literal, no se hizo desde la experiencia humana, sino desde la fe. Pero no es menos obvio que la profesión se refería (y se refiere) a Jesús de Nazaret y no al Cristo resucitado. En sentido propio, toda "jesuología" es ya una "cristología".

Por tal motivo, meses después de la Resurrección, exponiéndose al tormento y quién sabe si jugándose la vida, Pedro (con Juan a su lado) se atrevió a profesar ante el sanedrín, con audacia y de verdad, que "no hay otro nombre bajo el cielo dado a los hombres (que Jesús Nazareno), por el que podamos ser salvados".

Para los primeros, que fueron testigos tanto de la vida de Jesús, como sobre todo de su Resurrección, Jesús fue mucho más que un nuevo Moisés, un nuevo David o nuevo Jeremías; fue el mediador por antonomasia, porque fue (es) el Mesías, el Hijo de Dios vivo.

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