Noticias© Comunicación Institucional, 18/02/2008

Universidad de Navarra

“No te preguntes lo que tu país puede hacer por ti…

Autor: Josep Tàpies
Titular de la Cátedra de Empresa Familiar del IESE
Universidad de Navarra

Fecha: 18 de febrero de 2008

Publicado en: Expansión (Madrid)

Sino lo que tú puedes hacer por tu país”. La frase del que fuera presidente demócrata de los Estados Unidos John F. Kennedy puede servirnos para poner en valor la actividad que desarrollan a diario decenas de miles de empresarios familiares en todos los países del mundo. Porque, a tenor de las cifras y estadísticas, son las empresas familiares las que sustentan buena parte del tejido productivo y económico de la mayoría de las naciones

El nacimiento de una empresa familiar no obedece a una actividad altruista. El futuro empresario, convencido de sus capacidades y también de sus ideas, se decide a actuar en el terreno de la actividad económica movido, entre otras cosas, por el afán de lucro. Pero no es menos cierto que, en la generación de riqueza que toda actividad empresarial rentable conlleva y en el ánimo de enriquecimiento de sus impulsores, está la semilla del progreso, no sólo individual, sino también del colectivo.

Es cierto que la figura del empresario ha tendido a reconocerse de un tiempo a esta parte. Se les considera necesarios, imprescindibles y sus aportaciones al bienestar general, a través de la capacidad de emprender y colaborar en la generación de riqueza, son valoradas positivamente casi de forma unánime por el conjunto de ciudadanos.

Es justo que así sea, puesto que, a mi modo de ver, este colectivo es el que más esfuerzos ha hecho, quizás inconscientemente, por hacer realidad la frase con la que empezábamos esta columna y que sirvió, junto a otras muchas, para convertir al joven JFK en uno de los personajes más celebres de la Historia moderna.

En España, el 75% del empleo privado y el 70% del PIB se generan en el ámbito de las empresas familiares, según datos del Instituto de Empresa Familiar. Estos porcentajes hablan por sí solos de la importancia que la empresa familiar juega en nuestra sociedad a la hora de colaborar activamente en el bienestar individual y, repetimos una vez más, colectivo.

A través de las generaciones, algo distinguirá a esas familias del resto de familias de la sociedad. Cualquier familia tiene que cumplir con dos funciones de carácter obligatorio: la nutricia biológica y educativa de sus hijos a la vez que desarrolla una función de socialización de los nuevos miembros que van llegando a la unidad familiar, de modo que aquéllos se conviertan en personas integrables e integradas en la sociedad.

Las familias que han creado una empresa y que la quieren mantener a través de las siguientes generaciones tienen, además de las dos funciones anteriores, que son moralmente obligatorias, una tercera función volitiva que les confiere su condición de familias empresarias: traspasar en forma de valores a la siguiente generación la voluntad de transformación de la sociedad a través de la generación de riqueza. El estudio de las profesoras Paloma Fernández y Nuria Puig que se menciona en el artículo de esta semana, demuestra que, desde el siglo XIX, existen en España empresas familiares en los más diversos sectores. Empresas propiedad de familias que generación tras generación han sabido inculcar esos valores a sus miembros.

No es imaginable un país sin empresas familiares. Grandes, pequeñas, medianas, todas ellas participan en primera persona en el proceso de creación de riqueza y mantienen vivo el pulso de la economía y el progreso. Su encomiable labor merece todo nuestro reconocimiento.

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