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50 años de la Universidad de Navarra
Autor:José María Bastero de Eleizalde
Rector de la Universidad
de Navarra
Fecha: 18 de febrero de 2003
Publicado en:  El Mundo (Madrid)

"La fuerza de una Universidad no procede de sus recursos económicos ni de sus apoyos políticos. El origen de su potencia se halla en la capacidad que sus miembros tengan de pensar con originalidad, con libertad, con energía creadora". Me viene a la cabeza esta frase del filósofo Alejandro Llano para describir el desarrollo de la Universidad de Navarra. Al abrir sus puertas en el curso 1952-53, un puñado de profesores y varias decenas de estudiantes, ocupando un local prestado del casco antiguo de Pamplona, iniciaban una empresa que, como toda verdadera aventura, tenía un futuro prometedor e incierto al mismo tiempo. Apenas disponían de recursos materiales, pero contaban con un estimulante proyecto -ideado por un universitario genuino, San Josemaría Escrivá-, que exigía esa energía creadora, característica de la institución universitaria en los mejores momentos de su historia.

Medio siglo después, 52.000 graduados y 4.615 tesis doctorales leídas revelan la dinamicidad de aquel proyecto, hecho realidad gracias al esfuerzo diario de profesores, estudiantes y personal de administración y servicios. Observando esa pequeña historia, se descubren aciertos y errores, éxitos y fracasos, pero, sobre todo, una constante: la disposición a rectificar, sin apriorismos ni prejuicios, para ser la Universidad con que soñaba su fundador. Rectificando mucho, hemos llegado a este 2003 con 12.000 alumnos de pregrado, 4.000 de posgrado y 2.400 profesores. Trabajan en 12 Facultades y Escuelas, la Clínica Universitaria (en la que en 2002 se realizaron 105.000 consultas y 9.000 operaciones) y una escuela de negocios, el IESE, por la que estos años han pasado 23.000 alumnos.

Más importante que estas cifras es que la Universidad de Navarra haya logrado adquirir una personalidad propia, en una época en la que, tal vez, las universidades se parecen demasiado unas a otras. Su impronta cristiana, respetuosa con la libertad de las conciencias; el cultivo de la interdisciplinariedad en los saberes; el afán por dar a la investigación su lugar primordial en la actividad universitaria; la importancia de las humanidades en el curriculum, sin las que no es posible un conocimiento completo del hombre; y una docencia basada en el asesoramiento académico personal, cuyo fin es que nuestros graduados ejerzan su trabajo profesional con competencia y espíritu de servicio, son rasgos de nuestra corporación -no exclusivos, desde luego- que la hacen reconocible a cuantos se acercan a ella. Se comprende así que celebremos nuestro cincuenta aniversario con alegría y agradecimiento, pero sin nostalgia ni complacencia. Al contrario, queremos que este curso sea un punto de inflexión para acometer con más determinación las tareas docentes e investigadoras. La universidad no puede vivir de espaldas a ninguna incertidumbre, a ninguna inquietud, a ninguna necesidad de los hombres, pensaba San Josemaría Escrivá, y, sin duda, el momento histórico nos presenta enormes retos, precisamente ahora que la institución universitaria parece estar en crisis.

Hace varias décadas, Clark Kerr, entonces Rector de la Universidad de California, definió las universidades modernas como multiversidades, instituciones sin consistencia, que no agrupaban a una comunidad sino a muchas. "Una comunidad, como las comunidades medievales de maestros y estudiantes -decía Kerr-, debe tener intereses comunes; en la multiversidad, los intereses son bastante variados, incluso contrapuestos. Una comunidad debe tener un alma, un solo principio animado; la multiversidad tiene muchos"

Esa transformación ha sumido a la universidad en el desconcierto respecto a su identidad. Con frecuencia, un pragmatismo impuesto por intereses políticos o del mercado, tiende a convertirla en una escuela de adiestramiento profesional, en la que la búsqueda de la verdad, fin último del quehacer universitario, queda reducida a una simple retórica, en el mejor de los casos. Un planteamiento así tiene graves consecuencias prácticas: la docencia resulta minusvalorada frente a la investigación; ésta, espoleada por una urgencia compulsiva de publicar, se valora más por su cantidad que por su calidad; se desprecia, por inútil, el cultivo de las ciencias humanísticas; y se enrarece la convivencia entre docentes y estudiantes, que se ven como antagonistas en vez de como colaboradores.

En ese contexto, y dicho sea sin prepotencia alguna, la Universidad de Navarra sigue aspirando a realizar los ideales seculares de la institución universitaria, entre los que destaca el clásico in unum vertere: el afán por unir lo disperso, para ofrecer una síntesis de los saberes a una sociedad en la que el conocimiento aparece cada vez más desintegrado. Como escribía Ortega en Misión de la Universidad: «Todo aprieta para que se intente una nueva integración del saber, que hoy anda hecho pedazos por el mundo". Y advertía: "Pero la faena que ello impone es tremenda".

Sea o no tremenda, la faena exige alcanzar un nivel de excelencia en la labor investigadora, objetivo por el que nuestra universidad está haciendo un gran esfuerzo (en el último quinquenio nuestro gasto en investigación se ha incrementado en casi un 90%). Estos recursos, obtenidos fundamentalmente de contratos con empresas y donativos de fundaciones y particulares, financian 600 proyectos en áreas del saber tan distintas como la literatura del Siglo de Oro español, la terapia génica en hepatología o la optoelectrónica. Y está ya en construcción el Centro de Investigación Médica Aplicada (CIMA), en el que trabajarán más de 350 investigadores del ámbito biosanitario.

A grandes rasgos, este es el panorama actual de la Universidad de Navarra. Hay en el horizonte oportunidades e incertidumbres, que afrontamos sustentados en la vitalidad de nuestro espíritu fundacional y con la esperanza de ofrecer un servicio universitario que, con el de las demás universidades, contribuya a crear una sociedad más justa.

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