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La vida exagerada del Capitán Contreras
Autor:Ignacio Arellano
Catedrático de Literatura
Universidad de Navarra
Fecha: 18 de enero de 2003
Publicado en:  Diario de Navarra

Como memorial de hazañas y explicación de su conducta en un momento de desgracia con su protector, el conde de Monterrey, escribe en 1630 esta relación de su vida el capitán Alonso de Contreras, primogénito de los dieciséis hijos que tendrán sus padres, pobres, pero de sangre limpia: «Fueron mis padres cristianos viejos, sin raza de moros ni judíos, ni penitenciados por el Santo Oficio», se apresura a informar en el primer párrafo de su relato. Los comienzos de sus aventuras recuerdan la trayectoria de los protagonistas picarescos: pobreza y violencia marcan su despertar a la edad adulta desde que en una pelea de escolares mata a un compañero «con el cuchillejo de las escribanías». Cumplido su primer destierro aplaza la decisión de ir a la guerra por influencia de su madre, que lo coloca como aprendiz de platero. Poco tiempo aguantará Alonso en oficio tan sedentario, hasta que se enrola en el ejército y comienza un incansable peregrinar que le llevará por todo el Mediterráneo y hasta los remotos mares de las Indias. Alonso de Contreras ni encuentra ni parece buscar sosiego: de Italia pasa a Malta, recorre las costas de Berbería atrapando naves corsarias, guerrea con los holandeses, cautiva al famoso pirata Caradalí «el corsario mayor de aquellos tiempos»... Sus misiones constituyen un completo itinerario de las rutas marineras del siglo de Oro: «todo el Levante; Morea y Natolia y Caramania, y Suria y África, hasta llegar al cabo Cantín en el mar Océano; islas de Candía y Chipre y Ceraña y Sicilia, Mallorca y Menorca; costa de España desde cabo de San Vicente, Sanlúcar, Gibraltar, hasta Cartagena y de ahí a Barcelona y costa de Francia y de ahí a Génova y Liorna, Nápoles y toda la Calabria hasta el golfo de Venecia...».

Cierto día va a merendar con un compañero a una hostería de Palermo y se produce un altercado en el que matan al posadero. Escapado de la justicia del virrey de Sicilia, conde de Maqueda, recala en Nápoles al servicio del conde de Lemos. No entra en muchos detalles de sus hazañas napolitanas, pero sin duda continúan los excesos: «nos llamaban en Nápoles los valientes de Maqueda y nos tenían por hombres sin alma». Un episodio será crucial para su futuro. A los pocos días de estar en Nápoles unos valencianos reclaman su ayuda para una pelea con los florentines y «por no perder la opinión de valientes» salen al negocio. Los valencianos resultan ser unos maleantes ladrones de capas y asesinos callejeros, que dejan un reguero de muertos y heridos en el asalto a una posada. Contreras de nuevo fugitivo de la justicia marcha a Malta, en donde sirve a la Orden de los Caballeros de San Juan, que será su segunda familia hasta recibir, andando el tiempo, un hábito de caballero de la orden, uno de sus más altos orgullos.

Pero antes ha de acometer otras empresas, no siempre heroicas, en un vaivén infatigable. Unas veces corsario, otras policía del mar, algunas espía y agente secreto en los enclaves turcos, aumenta su hoja de servicios y su botín de guerra. Con pocas palabras y sin excesos retóricos («seco y sin llover» dice que va su estilo) narra multitud de sucesos que bastarían a llenar varias vidas más morigeradas. Secuestra a la bella concubina húngara de Solimán de Catania, caudillo turco que pone precio a la cabeza del español: «Había jurado que me había de buscar y en cogiéndome había de hacer a seis esclavos que se holgasen con mis asentaderas, pareciéndole que me había amancebado con su amiga, y luego me había de empalar. No tuvo dicha en cogerme, aunque me hizo retratar y poner en diferentes partes de Levante y Berbería, para que si me cogiesen le avisasen estos retratos». Otra vez captura un navío de esclavos fugitivos; apresa numerosos barcos piratas con las galeras de Malta; pierde su mejor piloto, cogido prisionero de los turcos, desollado vivo y colgado su pellejo relleno de paja en la puerta de Rodas... La vida es para él un riesgo constante, una apuesta cotidiana en busca del renombre y la fama. Ningún paso atrás le es permitido, ninguna ofensa a su concepto del valor y de la hombría puede quedar impune, ningún reto sin aceptar. Un día que encuentra a su amante con un camarada traidor se contenta con dejarlos a los dos malheridos, sin rematarlos, pero en otra ocasión, casado con la viuda de un juez de Sicilia, descubre la traición de su esposa y un amigo, asunto más grave: «Yo tenía un amigo que le hubiera fiado el alma. Entraba en mi casa como yo mismo y fue tan ruin que comenzó a poner los ojos en mi mujer, que yo tanto amaba. Su fortuna los trajo a que los cogí juntos una mañana y se murieron. Téngalos Dios en el cielo si en aquel trance se arrepintieron». Así son las cosas, una carrera de obstáculos que Contreras afronta con valor ostentoso de hechos, pero con pocas palabras, como si supiera que un instante de aflojamiento supondría al fracaso de la figura que quiere construir con materiales heroicos, aunque los ámbitos sean en ocasiones más cercanos a la picaresca. Desengañado de la corte y frustrado en sus pretensiones se hace ermitaño y se retira al Moncayo, donde vive con extremo ascetismo: «Los sábados entraba en la ciudad y pedía limosna. No tomaba dineros, más solo aceite, pan y ajos con que me sustentaba comiendo tres veces a la semana un potaje con ajos y pan y aceite, cocido todo, y los demás días pan y agua y hierbas que hay en aquella montaña». Ya se ve que lo normal se le hace insípido a este soldado aventurero y que le van las exageraciones que colorean lo cotidiano y lo iluminan con destellos de desmesura. Su vida ermitaña se rompe de modo inesperado: por una serie de azares las autoridades creen que el ermitaño Contreras es el rey clandestino de los moriscos y que prepara un levantamiento general. Detenido, procesado y declarado al fin inocente de la acusación, se reintegra al ejército en la guerra de Flandes.

De nuevo se acelera su vida. En Borgoña lo quieren ahorcar por espía, en Madrid lo detienen por herir a otra amante casada, en Roma lo envenena un enemigo envidioso de su valor, lo vuelve a envenenar en Osuna un primo que aspira a su puesto de capitán, sobrevive en Nola a la erupción del Vesubio y a los terremotos que destruyen la región, ejerce de gobernador de la isla Pantanalea y de la ciudad de L'Aquila, en Puerto Rico pelea con la flota del temido pirata Guatarral (el que los ingleses llaman Sir Walter Raleigh) y la obliga a huir... Ni turcos, ni ingleses, ni venenos ni terremotos y volcanes pueden con él.

Por todas sus hazañas, batallas y expediciones pasa Contreras firme, acumulando estoicamente un poso de desengaño... Y curiosamente, entre todos sus recuerdos aventureros, destaca con especial emoción uno que no pertenece al universo épico, sino al íntimo y personal, uno de los pocos momentos en que asoma la humanidad individual de este hombre de acción: su amistad con Lope de Vega, que lo acogió varios meses en su casa durante una estancia madrileña del capitán: «Lope de Vega me llevó a su casa diciendo: Señor capitán, con hombres como vuesa merced se ha de partir la capa, y me tuvo por su camarada más de ocho meses dándome de comer y cenar, y aun vestido me dio. Dios se lo pague. Y no contento con eso, me dedicó una comedia». En la dedicatoria de esa comedia escribe el poeta: «Digno sujeto fueran de larga historia o de poema heroico tantas y tan innumerables empresas como las del capitán Contreras». No llegó a hacer ese poema; valga como breve sustituto la décima del propio Lope con la que cierra su dedicatoria de El rey sin reino:

Puso el valor natural

pleito al valor heredado

por más noble, más honrado,

más justo y más principal;

siendo la verdad fiscal

probó el natural valor

la fama, laurel y honor

de Contreras en España,

y por la menor hazaña

tuvo sentencia a favor.

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