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Recordando a C.J. Cela

Autor: Ángel Raimundo Fernández
Catedrático de Literatura
Universidad de Navarra
Fecha:  18 de enero de 2002
Publicado en:  Diario de Navarra

Conocí y traté a Camilo José Cela en Palma de Mallorca en los años 1967-1973. Yo había sido enviado por la Universidad de Barcelona para dirigir e iniciar los estudios de una posible Facultad de Filosofía y Letras, que fue el embrión de la actual Universidad de las Islas Baleares.

Como estos estudios universitarios no disponían de una biblioteca adecuada, acudí a Camilo José Cela que por entonces residía en La Bona Nova y que poseía una excelente biblioteca, sobre todo en fondos de revistas literarias del siglo XX.

Esto ocurría en el otoño de 1967. Fui acogido con afabilidad y se me dijo textualmente: "Aquí tendrás siempre, además de libros y revistas, tabaco y whisky si lo deseas". Por cierto que por esos años trabajaba Cela en su novela Oficio de tinieblas 5 y escribía en un apartado de la biblioteca, aislado por mamparas negras. Pero trabajaba de verdad. Era entonces (y lo ha sido toda su vida) un incansable "obrero de la pluma" -escribía siempre con pluma- que consumía muchas horas (ello no impedía que respetase sus horas de siesta que eran sagradas) prologando la jornada hasta que llegaba la noche.

Con él departí varias veces sobre el contenido de "dichos y expresiones" populares, sobre la historia de las palabras y su etimología (por entonces andaba embarcado en la tarea de su famoso Diccionario Secreto).

Cela era ya un novelista consagrado que iba camino del Premio Nobel que recibió posteriormente. Como tal novelista había iniciado la andadura en 1942 con La familia de Pascual Duarte, novela de gran éxito de crítica, traducida a casi tantos idiomas como El Quijote, y que supuso una nueva orientación de la narrativa. A esta novela siguieron otras muchas que van de La Colmena, pasando por La Octava de San Camilo, Oficio de tinieblas 5, Mazurca para los muertos o Madera de boj.

Pero al recuerdo de sus valores literarios quiero unir y subrayar sus condiciones humanas más allá de la presentación teatral con que a veces obsequiaba a su público, reiterada en múltiples anécdotas de zambullidas en estanques públicos o de promesas de corridas por las orillas del Sena. En mi memoria queda el trato afable y generoso, el desmentido de su forma de conversaciones "crudas", el cariño hacia mis hijos (niños entonces) a quienes dedicó ejemplares de su Del Miño al Bidasoa. Por entonces comencé a elaborar el Índice de materias y autores de la revista que Cela publicaba en Palma (Papeles de San Armadans) que rematé ya en Pamplona y que publicó la editorial Eunsa.

Camilo José Cela es ya un patriarca de nuestra literatura del siglo XX y vivirá en la Historia, acaso reposando a orillas de su "Rías Bajas" entre el verdor de fragas y silveiras.

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