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Juan Rana, estrella de la farándula del Siglo de Oro

Juan Rana, gracioso mayor del reino, divirtió durante décadas a la corte y al pueblo: una verdadera estrella de la farándula.
Autor: Ignacio Arellano
Catedrático de Literatura
Universidad de Navarra
Fecha:  17 de noviembre de 2001
Publicado en:  Diario de Navarra

Algunos actores del Siglo de Oro alcanzaron una fama extraordinaria. En lo cómico a todos los superó Cosme Pérez, alias Juan Rana, nacido a final del siglo XVI, y del cual escribió el erudito Caramuel que era «el gracioso más vivo que hubo en España». Su talento era tan eficaz que según un manuscrito de la época, solo con salir a las tablas y sin hablar, provocaba la risa y el aplauso. Un cronista lo califica de hombre de vida ejemplar; otras noticias de 1636 lo acusan del llamado pecado nefando y atribuyen a su popularidad el hecho de que fuera liberado sin castigo («En cuanto al negocio de los que están presos por el pecado nefando, no se usa el rigor que se esperaba. A Juan Rana, famoso representante, han soltado y no vemos quemar a ninguno»). Abundan alusiones jocosas a esta homosexualidad, quizá histriónica. Se cuenta que rara vez se enfadaba, y que su muestra mayor de irritación era no llamar por su nombre al causante del enfado. Cuando tenía conflictos con Pedro de la Rosa (empresario en cuya compañía sirvió Rana a menudo) se refería a él con la perífrasis «ese que huele» (por lo de la «rosa» suponemos).

Su especialidad eran los entremeses, piezas breves cómicas en las que nadie le igualaba: conocemos más de cuarenta escritos para su máscara de Juan Rana, que podía adaptarse a situaciones diversas y variedades de papeles, sobre todo los de alcalde de pueblo y los de simple o bobo. Pero desempeñó con éxito muchos más. En El doctor Juan Rana, por ejemplo, (del escritor Quiñones de Benavente) hace de médico ridículo poniéndose el nombre, más exótico, de Ranet, porque el de Rana es poco comercial:

Rana es muy en castellano,
y así me pienso llamar
Ranet, con que haré más ruido
que en Madrid faltando pan.
Remediador y extranjero,
mil almas acudirán,
aunque mueran del remedio,
sólo por la novedad.

De poeta sale en Juan Rana poeta (entremés de Antonio de Solís); y de mujer en Juan Rana mujer (entremés de Cáncer). Otras veces representa un retrato o una estatua de sí mismo; es toreador (Juan Rana toreador), novio (La boda de Juan Rana) y parturienta (El parto de Juan Rana)...

Llegaría a ser muy del gusto de Felipe IV, ante quien representó a menudo. Alcanzó también el reinado de Carlos II, sin dejar de actuar, ya muy viejo, aunque en ocasiones extraordinarias. Una viajera inglesa da noticia de las fiestas de pascua de 1665 que tuvieron, entre otras diversiones, «la presencia de Juan Rana, el famoso representante, que trabajó durante dos horas con admiración de todos, considerando que tenía cosa de ochenta años». En 1668 participa por deseo del rey en una fiesta del Retiro, llevado en un carro, y en otro carro triunfal aparece en la celebración del cumpleaños de la reina madre, Mariana de Austria, en el entremés de El triunfo de Juan Rana, dentro de la fiesta mitológica de Calderón de la Barca Fieras afemina amor. Juan Rana hace el papel de su propia estatua, entronizada en su carro triunfal para la admiración de la posteridad, entre los vítores de los presentes:

Viva Juan Rana, sí, que hoy victorioso
le coronan por máximo gracioso.
Que saquen a vista
de nuestro rey hoy
al grande Juan Rana
no es admiración,
no, no, no,
que como es tan viejo
le sacan al sol.

Favorito del palacio real, no era menos apreciado por el público popular de los teatros comerciales o corrales. Era práctica común anunciar falsamente su intervención en una comedia para atraer a los espectadores, como recoge Antonio de Solís en su entremés de Los volatines:

Ya sabeis que en los carteles
para juntar mucho pueblo
ponían que con Juan Rana
servía un autor, y luego
acabada la comedia
esotro ponía lo mesmo.

Semejante estrellato y seguramente también su cercanía a la figura del bufón cortesano, al que se le toleran chanzas y burlas prohibidas a los demás, le permiten algunas jocosas irreverencias que nos han transmitido anecdotarios y noticieros de la época. En un entremés representado en el Palacio del Retiro Juan Rana hace de alcaide de palacio, cuyas bellezas y curiosidades va mostrando a unos visitantes, en una especie de integración del escenario real en la ficción del teatro. Señalando desde las tablas la disposición y adorno del salón (esos tapices, aquellas pinturas...), se detiene en dos damas del público cortesano que asiste a la obra, y las muestra a los turistas ponderando la perfección de tales retratos, burlándose del exceso de cosméticos que era norma en las mujeres del Madrid barroco: «Contemplad -les dice-, aquellas pinturas, qué bien y qué al vivo están pintadas aquellas dos viejas. No les falta más que la voz y si hablasen yo creería que estaban vivas».

Ciertamente no todos los actores gozaban de estos privilegios. Más bien son ellos los que sufren las burlas y piquetes de los nobles. Del actor Morales, por ejemplo, casado con la famosa actriz Jusepa Vaca, se burló cruelmente el Duque de Medina, un día que salió Morales al escenario con lujoso vestido y cadenas de oro:

Con tanta felpa en la capa
y tanta cadena de oro,
el marido de la Vaca
¿qué puede ser sino toro?

Y a los mismos actores dedicó Quevedo un «Diálogo entre Morales y Jusepa, que había sido honrada cuando moza y vieja dio en mala mujer», como se lamenta el pobre marido («hoy soy cornudo de vieja / y he sido honrado de moza»). El chiste va más allá de lo que parece, porque en el lenguaje coloquial del Siglo de Oro, como explica Sebastián de Covarrubias en su Tesoro de la lengua castellana, honrado y honrada se toman a mala parte con tal de usar el «tonillo» irónico que hemos de interpretar aquí.

Peor es el castigo que tiene que sufrir otro actor que se pasa de la raya jerárquica en Valencia, creyéndose galán caballero y requiriendo de amores a damas de alta guisa. En los Avisos (o noticias de actualidad) de Pellicer leemos las consecuencias de su imprudencia: «De Valencia han avisado que allí degollaron a Íñigo de Velasco, un comediante de opinión, porque olvidado de la humildad de su oficio, galanteaba con el despejo que pudiera cualquier caballero».

Juan Rana puede cantar en su charco, pero quien se crea cisne debe saber que, como al cisne sucede, para él cantar y morir es una misma cosa.

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