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Accidentes laborales: una visión apresurada

Autora: Elvira Martínez Chacón
Profesora de Economía
Mundial y Española
Universidad de Navarra
Fecha:  17 de octubre de 2001
Publicado en:  Diario de Navarra

Los problemas que plantea la existencia de accidentes laborales están suscitando un interés creciente entre los agentes sociales. Esto es así por las repercusiones humanas y económicas que provodan, desde luego y en primer lugar, al propio trabajador y su familia, pero también a las empresas productoras y a las entidades aseguradoras. Además del coste humano, que es, sin duda, el más importante, el coste socio económico de los accidentes es muy alto; en la Unión Europea se ha estimado que, con datos de 1996, se habían perdido 146 millones de días de trabajo, es decir, una pérdida de un día por año de todas las personas ocupadas. Si nos referimos al coste financiero de la atención médica y las indemnizaciones que se derivan de las bajas, nos situamos en los veinte millardos (mil millones) de euros al año. Con todo, no me parece aventurado añadir que en España existe todavía poca cultura entre los trabajadores y entre los empresarios, para prevenir los accidentes laborales.

La gravedad de los datos que acabo de reflejar me ha inducido a ofrecer un apunte, por fuerza muy incompleto, acerca de la evolución que han tenido en la última década en España y, en la medida en que me lo permiten las cifras publicadas, en la Comunidad Foral.

Para quienes no están acostumbrados a la jerga en uso, voy a definir algunos términos, que pueden resultar, en cambio, familiares a algunos lectores; pido disculpas por ello. Empecemos señalando que un accidente laboral es un suceso ocurrido en el curso de una actividad profesional que ocasiona a quien lo padece un perjuicio físico o psicológico. Se incluyen aquí todos los accidentes que han ocurrido durante la jornada laboral de la víctima, ya se hayan producido dentro o fuera del entorno de la empresa, incluso en el domicilio de los clientes. Pero a ellos debe añadirse los ocurridos durante el trayecto normal entre el domicilio, el lugar de trabajo y el entorno donde habitualmente se realizan las comidas de los trabajadores, que se denominan 'in itinere'. El indicador del nivel de riesgo de accidente de trabajo a que se ven expuestas las personas que tienen un empleo se denomina tasa de incidencia y se mide a través del número de accidentes laborales sucedidos en un período de tiempo dado, por cada cien mil trabajadores. Otro indicador muy utilizado para relacionar la siniestralidad con la evolución de la actividad económica consiste en relacionar el número de accidentes sucedidos en un período de tiempo dado, por cada mil millones de ptas. de PIB que se haya obtenido en ese territorio y durante el mismo período de tiempo.

Los trabajos que se han realizado hasta la actualidad permiten confirmar varias hipótesis: que la probabilidad de tener un accidente laboral es más alta entre los varones (tres veces más elevada que en el caso de las mujeres) y entre los jóvenes de uno y otro sexo. Además, atendiendo a las características de los contratos laborales, tienen más riesgo quienes llevan menos tiempo trabajando en una empresa y, de forma más acusada, quienes están vinculados con un contrato temporal. También incide el tamaño de la empresa, de manera que quienes trabajan en las pequeñas tienen, por regla general, mayor probabilidad de sufrir accidentes que si lo hacen en las grandes empresas. Finalmente, las actividades productivas tienen distinto nivel de riesgo: más elevado en la construcción, la minería y ciertas ramas de la industria pesada y menor, en cambio, en los servicios financieros, el comercio y otras actividades terciarias.

¿Cómo ha evolucionado en España la tasa de incidencia de los accidentes? No puede ocultarse que lo ha hecho de forma negativa1. En España, en 1991 se registraron 5.263 accidentes por cada cien mil personas ocupadas y la cifra se había elevado a 6.471 el año 2000. Sin embargo hay que añadir un apunte: efectivamente, ha habido más accidentes laborales, pero han sido menos graves y, sobre todo, se han reducido mucho los accidentes mortales, que fueron 1.360 en 1991 y 1.130 el último año, a pesar del incremento del número de personas ocupadas en más de 1.3 millones, de tal modo que en la década se habían reducido los accidentes graves en un 15 %, los mortales en un 17 %, mientras que los accidentes leves habían aumentado un 36 %.

Hay que destacar un dato más que resulta alentador. Porque la evolución que ha registrado el número de accidentes en relación con la actividad productiva muestra ahora un perfil mucho más positivo, pasando de un valor de 12.08 por cada mil millones de pesetas de PIB en 1991 a 10.68 en 2000. Es un comportamiento que tiene que ver con la modificación que ha tenido la estructura productiva de España y con la evolución de la siniestralidad de los sectores. Me explico.

Acabo de señalar que no en todas las actividades productivas hay el mismo riesgo de sufrir accidentes. En el caso concreto de España el cuadro nº 1 pone de relieve que la probabilidad es mucho más alta en las actividades industriales y, especialmente, en la construcción y menor, en cambio, en la agricultura y los servicios. Pues bien, a lo largo de la década, mientras que han perdido importancia relativa las actividades agrarias (tres puntos porcentuales por debajo del peso inicial), lo han hecho relativamente más las industriales (tres puntos y medio), a favor de las actividades terciarias, que han aumentado su peso en seis puntos y medio. A ello debe añadirse que también se ha modificado en cada sector productivo la incidencia de los accidentes. El resultado conjunto es la mejora relativa a que me refiero más arriba.

Para concluir este rápido recorrido veamos lo que ha sucedido en los accidentes 'in itinere'. La tasa de incidencia ha aumentado a lo largo de la década, pasando de 356 en el primero de los años a 461 al final del período. Un dato negativo que también ahora hay que matizar teniendo en cuenta que ha mejorado la situación de los accidentes con pérdida de la vida, desde una tasa de 4.4 a 3. En ambos casos se acerca España a lo que sucede en el conjunto de la Unión Europea.

Podemos ahora comparar, en la medida en que nos lo permiten los datos disponibles, con lo que sucede en Navarra. Hay que señalar, de entrada, que todos los indicadores se sitúan alrededor de las cifras medias que acabamos de ver para España. Pero aún estando lejos de las situaciones peores, los valores globales son algo más negativos en la Comunidad Foral. Así, la tasa de incidencia fue, en 2000, 6.737.4, lo que representa un 4 % por encima de la media española.

Este dato tiene que ver con las diferencias que existen en la estructura productiva, que se apoya más en Navarra en el sector industrial y menos, en cambio, en los servicios. Ese mismo tono relativamente negativo también lo tiene, aunque en muy escasa medida, el número de días perdidos por accidentes laborales, en relación con el número de personas ocupadas. A pesar de que es elevado y no permite lanzar las campanas al vuelo, el número medio de días que se han perdido en cada accidente se sitúa en una posición ligeramente ventajosa. En España se ha perdido una media de 23 días por cada accidente laboral y la cifra es en nuestra región de 22 días.

Como comentario final podemos decir que en España, en Navarra, en la Unión Europea los costes humanos y financieros que suponen los accidentes laborales son cuantiosos, y añadir que, de momento, son proporcionalmente más elevados entre nosotros. A la luz de la situación descrita, parece aconsejable que los agentes sociales busquen la forma de realizar aquel tipo de inversiones que mejore las condiciones en que se realiza el trabajo, haciéndolo más seguro; se ve necesario también que, a la vez, se promueva la información y la formación de los trabajadores, de manera que se logre, en todo caso, reducir las tasas de siniestralidad y la incidencia tan negativa que tienen sobre las familias y sobre la marcha normal de las empresas, en términos de pérdida de jornadas laborales y de necesidades adicionales de financiación.

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