Noticias© Comunicación Institucional, 17/02/2006

Universidad de Navarra

Sencillamente D. Jaime

Autor: Ignacio Sánchez-Carpintero
Departamento de Química y Edafología
Universidad de Navarra

Fecha: 17 de febrero de 2006

Publicado en: Diario de Navarra

Es difícil hablar con objetividad de la vida de un amigo que se ha ido. Más todavía si además se trata de un compañero de profesión y no digamos si ese amigo y compañero ha sido también tu maestro. Me refiero a Jaime Iñiguez Herrero, catedrático, profesor de Edafología de la Universidad de Navarra desde 1958, salvo unos años en la de Granada, que ha muerto como ha vivido, en silencio, aceptando una larga enfermedad como la voluntad de Dios, que, sin embargo, no le impidió vivir a fondo su gran pasión por el suelo, "la piel de la Tierra", como tituló su lección inaugural del curso 1990-91 en la Universidad de Navarra.

Discípulo del profesor Albareda, pionero de la Edafología en España, supo dar continuidad a sus enseñanzas e investigación de los suelos, reflejada en las numerosísimas publicaciones científicas, tesis doctorales dirigidas y estudios regionales de campo realizados, entre los que cabe mencionar especialmente el mapa de suelos de Navarra.

Dos rasgos pueden destacarse de su personalidad como maestro e investigador: en primer lugar, que enseñaba todo lo que sabía, quería que los demás comenzásemos donde él había llegado, y en segundo lugar -nunca entendí cómo lo conseguía- se leía todo lo que se publicaba sobre suelos, preparaba e impartía sus clases, atendía a los doctorandos, dirigía el departamento, salía al campo a estudiar perfiles, resolvía dudas a los alumnos y se ocupaba de tareas directivas, como la Dirección de Estudios de la Facultad de Ciencias, a la que lógicamente tanto quería, ya que fue uno de sus primeros y principales impulsores. Siempre recordaba con una leve sonrisa aquellos primeros y difíciles tiempos en los que acompañaba a los alumnos de Selectivo a examinarse en Zaragoza. Y, por si esto fuera poco, cuando un aparato se estropeaba, él lo desarmaba completamente, lo arreglaba y milagrosamente no le sobraban piezas, o sea que funcionaba. Qué gran enseñanza la suya.

La puerta de su despacho siempre estuvo abierta. Ante cualquier problema, dificultad o preocupación, tanto profesional como personal, escuchaba, lo pensaba y después daba su opinión o consejo. Siempre acertado. Su aspecto serio y su voz, baja y grave, ocultaban sin embargo un carácter muy afectivo, hacía suyos los problemas de quienes acudíamos a él. Por eso, tantos y tantos profesores universitarios, compañeros, discípulos y antiguos alumnos, al conocer la triste noticia de su fallecimiento han manifestado estos días su sentimiento de dolor. Muy significativo me parece que ninguno de ellos, al referirse a él, le llaman profesor o doctor Iñiguez, sino sencillamente don Jaime. Porque él era, eso, don Jaime. Porque le respetaban y le querían, porque ha sido un modelo de vida entregada a la ciencia y al servicio a los demás.

Descansa en paz, Jaime, y gracias por todo, en nombre de todos los que te hemos conocido, muy especialmente en el mío propio.

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