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Noticias © Comunicación Institucional, 17/02/2005Universidad de Navarra
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Manual para conseguir cambios sociales
Autor:Miguel Lluch
Director del Instituto de Antropología y Ética
Universidad de Navarra
Fecha: 17 de febrero de 2005
Publicado en:  Alfa y Omega (ABC)

¿Qué pasaría si de pronto se aprobara el robo por un decreto de ley? Con la condición, por ejemplo, de que quien robe lo haga de acuerdo con otro cómplice, sin distinción de edad, sexo, raza, etc. Me parece que en un primer momento habría una indudable conmoción general. Mucha gente lo tomaría en broma y comprobaría en sus calendarios si estábamos en el 28 de diciembre. Por supuesto, algunos de entre los ladrones lo celebrarían enseguida y por todo lo alto: "¡al fin la liberación!". Pero, en los primeros momentos, las celebraciones no pasarían de ahí. La mayoría de la gente compraría dobles candados y acompañaría a sus hijos y familiares más débiles por la calle. Pero, sigamos con la fábula, porque esto no es más que una fábula, una metáfora, un cuento. El tiempo seguiría pasando. No tardaríamos nada en escuchar unas reflexiones que sonarían atrevidas al principio, sobre el final de una época en la que se reprimía el robo y a quienes robaban. Leeríamos entrevistas en las que se declararían los malos tratos y el desprecio que en algunos casos se había dispensado a los ladrones en tiempos anteriores. No tardaríamos mucho tiempo en ver aparecer ante las cámaras o en la prensa algunos policías más sensibles e influenciables que declararían que se sentían culpables de haber perseguido a los ladrones y de haberles dificultado su tarea. Y el presentador del programa y los entrevistadores les comprenderían y explicarían que habría que perdonarles sus errores históricos, que actuaban movidos por una cultura manipulada, que merecerían el perdón.

Sin duda, no todos se manifestarían arrepentidos de sus trabajos de vigilancia y protección contra el robo. Esto crearía problemas a quienes fueran partidarios de la liberación del robo. Aquellos policías que no se sintieran culpables de haber tratado de impedir el robo y aquellos ladrones que sí se sintieran culpables de haber robado a sus conciudadanos y que se atrevieran a manifestar estos sentimientos públicamente podrían ser acusados de recalcitrantes y de robófobos.

La experiencia nos ha enseñado que inventar nombres nuevos para descalificar erosionan mucho la psique y dejan sin respuesta a quien recibe la acusación. Compruébenlo con este sencillo ejemplo: Si llamamos Robófobo al que no es partidario del robo, es terrible, suena como antropófago, y nos recuerda a un robot malvado y sin sentimientos y también se nos representa la figura de un lobo sanguinario. Por el contrario si decimos que quien es contrario a que se robe es la persona que, sin dejar de respetar a los demás, sea cual sea la profesión a la que se dediquen, no quiere que se robe ni a los suyos ni a nadie, esto no suena tan mal, suena incluso bien.

Pero, volviendo a nuestra fábula, los policías y los ladrones que no entendieran el cambio podrían ser educados en la nueva cultura para que aprendieran a adaptarse al progreso cívico. Unos y otros podrían tener esperanza de ser aceptados, si dejaban de poner pegas y se unían a la innovación. Toda la ciudadanía debería aprender que lo que hasta ahora se consideraba malo, tanto por los policías como por los que lo robaban, no era más que un mito creado por algunos, herencia de tiempos pasados que se movían siempre por turbios intereses, y que ya era hora de extinguir todo eso. Entonces vendrían las incorporaciones masivas al nuevo movimiento. Se irían manifestando muchos que no se sabía que robaban, que lo tenían que hacer en secreto, porque no se les hubiera comprendido, dirían. Y poco a poco irían haciendo sus declaraciones de liberación psicológica y social. La prensa y los telediarios nos irían informando del gran número de "partidarios de la robofilia" -ladrones era ya a estas alturas palabra tabú- que ocultaba nuestra hipócrita sociedad. Se descubriría que eran cientos, miles, millones, los cacos ocultos y vergonzantes. Algunos declararían que habían robado poco por miedo, o simplemente los que habían liberado su mente y se habían dado cuenta de que no lo habían hecho porque les habían enseñado a no hacerlo, pero que sí que les gustaba y que por fin, lo habían hecho y estaban satisfechos de la experiencia. La culpa no era por haber robado sino que la culpa estaba en los educadores que habían tenido.

Pero en medio de este gran movimiento de renovación social había gente que seguía sin robar a pesar de las aprobaciones legislativas, de las facilidades sociales y de las bendiciones de algunos medios de comunicación. No robaban y decían que robar estaba mal, aunque una ley lo aprobara o aunque mucha gente lo hiciera. Incluso, añadirían, que aunque les parecía mal robar, aún les parecía peor que se hubiera aprobado como algo bueno y toda la algarabía de celebración mediática por la exaltación de la robofilia. Les parecía peor porque, dirían, que todo eso configura las mentes y después las costumbres de la gente, sobre todo, de los más débiles.

Entonces, esas voces deberían ser silenciadas, distorsionadas. Algunos métodos conocidos de silenciar a los que discrepen con éxito probado. Por ejemplo, decirles: "Si tú no quieres robar eso no es una opinión digna de tenerse en cuenta porque tú no lo dices por ti mismo sino porque eres cristiano, o porque crees en la ley natural, o porque crees en la propiedad privada, o porque crees en los diez mandamientos, etc. En definitiva, tu opinión no cuenta porque tú crees en algo". Además, "Si tú no quieres robar porque no te atreves, o porque no te gusta, o porque ya tienes todo lo que necesitas y con tu trabajo y tu dinero lo puedes conseguir, pues muy bien, allá tú. Nadie te obliga a hacerlo. Pero ¿cómo te atreves a decir que robar está mal? ¿cómo eres capaz de impedir que alguien, si quiere hacerlo y que la ley lo ampare lo haga? ¿cómo te puedes sentir tan intolerante que quieras impedir que robe a quien cree que debe hacerlo y así ser feliz?" Y aún más: "Eso no puedes decirlo. No puedes pensarlo. No puedes enseñarlo así a los niños. Porque entonces nos estás despreciando a todos los ladrones y las ladronas, y a todos los que queremos que se libere a los hombres y a las mujeres de esa antigua traba. Tienes que respetar, no tienes que criticar. Estamos en una sociedad libre y plural. Por eso tienes que callarte y no intentar que el robo no se proteja y que los ladrones sean o puedan ser mal vistos".

No faltarían estudios sobre bandas de ladrones que en otros tiempos, en otros lugares, robaban impunemente porque eran hábiles, fuertes o tenían mucho poder. Se formularían hipótesis y teorías acerca del robo en las diversas culturas, clases sociales, etc. Se divulgarían estudios históricos sobre ladrones buenos que se enfrentaban a ladrones malos. Otros estudios explicarían que el hombre es ladrón por naturaleza. Otros que no hay tal naturaleza y que, por tanto, el hombre ladrón es tan auténtico o más como el hombre que rechaza el robo.

Hasta aquí la fábula. Hay un cuento de Ionesco, El rinoceronte, que les recomiendo a todos. Cuando se lee o relee hace reír y llorar. Pero sobre todo, hace pensar. Qué fácilmente se le da la vuelta a una sociedad desde los cimientos más seguros. Cómo se deja sin razones ni argumentos a tantos y cómo quien no se pone a favor de la corriente se siente aislado y en peligro. Qué difícil se hace explicar lo evidente a quien no lo quiere ver. Me refiero a la Realidad y, junto a ella, la Conciencia recta de los hombres y mujeres que son sensatos. Que saben que en esta Tierra hay bien y mal y que debe ser distinguido uno del otro. Que no todo da igual. Que construir es más difícil que destruir. Que decir que algo no es verdad contra la corriente es más incómodo y, a veces más arriesgado, pero es más noble. Que no se puede mirar siempre a otra parte y encogerse de hombros.

¿Y la Iglesia? Qué difícil tarea la de la Iglesia. Ella sabe que tiene que decir las verdades que están por encima de las leyes y de los medios de comunicación. Tiene que señalar el bien y el mal por encima de los intereses y la comodidad. Que no busca mayorías agradecidas. Que no puede aplaudir cualquier comportamiento, ley o costumbre.

Pero la Iglesia no condena a los ladrones. A diferencia de algunas terribles ideologías humanas, la Iglesia no condena lo que se es, sino lo que se hace. Un ladrón, podría haber sido cualquier otro su pecado, murió junto a Jesucristo y ese mismo día estuvo ya con Él en el Paraíso. Para la Iglesia Dimas es un santo, que era ladrón. La Iglesia no condena a los ladrones. Pero no puede aprobar el robo, porque es malo. Y eso lo sabe porque mira la Realidad sin manipularla a su antojo, porque escucha la voz de la Conciencia recta, aunque lo que le diga no sea cómodo y además porque está sostenida no en ella misma sino en el Espíritu Santo y en la Palabra de Dios que resonó en la Tierra con voz de Hombre. El Hijo de Dios, Jesucristo. Imagen visible y audible del Dios Invisible y también Imagen de los hombres que tantas veces nos quedamos ciegos y sordos, casi como los rinocerontes.

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