Noticias: 16/09/2004 [ © Comunicación Institucional, 2004 ]
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Reflexiones sobre la eutanasia
Autor:José María Pardo Sáenz
Profesor de Bioética
Universidad de Navarra
Fecha: 16 de septiembre de 2004
Publicado en:  Expansión (Madrid)

Recientemente se ha suscitado un debate en nuestro país sobre la realidad de la eutanasia. Llevábamos seis años sin pensar demasiado sobre este tema. Pero dos hechos han servido para "levantar la liebre" y que el término eutanasia esté en boca de todos. Me refiero al estreno de la película "Mar adentro" y la aprobación, por parte de las autoridades judiciales holandesas, del protocolo sobre legalización de la eutanasia infantil (hasta los 12 años incluidos recién nacidos).

La práctica de la eutanasia no es nueva en la historia de la Humanidad. Plutarco, en La vida de Licurgo, cuenta como los espartanos despeñaban por las laderas del monte Taigeto a los niños que habían nacido con deformaciones, minusvalías o mostraban una complexión incompatible con el uso de las armas; y a las niñas que no consideraban suficientemente robustas como para engendrar futuros soldados. La intención no era otra que mantener un pueblo fuerte, que conservara la supremacía bélica frente a los insidiosos vecinos. Tampoco se olvida fácilmente el proyecto de eutanasia de Hitler. El programa nazi se orientaba a los niños nacidos con enfermedades que, según su punto de vista, amenazaban la integridad física. El primer caso de eutanasia fue practicado en un niño que tenía labio leporino. Ocurrió a petición de los padres, quienes temiendo que tuviera una vida infeliz pidieron ayuda a los médicos del régimen hitleriano, que aconsejaron la eutanasia. Estos hechos conducen a pensar que una posible legalización de la eutanasia en nuestro recién estrenado siglo no sería un avance para la sociedad, sino más bien un fatal retroceso.

Las propuestas de legalización de la eutanasia invocan con frecuencia el derecho a una "muerte digna". Interpretan que la vida humana no merece ser vivida si no es en condiciones de plenitud, incluso se basan en que es un acto de amor y compasión, como ayuda a un morir humanamente digno. Algunos miembros de la Asociación española "Derecho a morir dignamente" son partidarios de la despenalización de la Eutanasia desde una posición materialista. La calidad de vida, sostienen, está por encima de la propia vida, hasta el punto de que cuando esta calidad degenera más allá de ciertos límites, reduce el ser humano a la condición de "piltrafa vegetativa".

¿Qué significa en realidad "morir dignamente"? La primera premisa es que la dignidad de la muerte no radica en la muerte en sí, pues la muerte es lo más indigno que hay, el no ser, el camino hacia la destrucción; tampoco en una muerte sin tribulaciones. Más bien, la dignidad de la muerte radica en el modo de afrontarla. En realidad, no se puede hablar de "muerte digna", sino de "personas que afrontan su muerte con dignidad". La muerte y el dolor se dignifican si son aceptadas y vividas por la persona en toda su dimensión orgánica, psicológica y espiritual. En este sentido, Vogelsanger define espléndidamente el estado del enfermo terminal como res sacra miser (miseria sagrada). Este concepto traduce de maravilla la coexistencia de lo sagrado e indeclinablemente digno de toda vida humana, con la miseria causada por la enfermedad.

Otra cuestión implicada en todo debate sobre la eutanasia es el principio ético de "autonomía del paciente". La autonomía de la persona es un elemento importantísimo de su dignidad, pero la fundamentación de esa dignidad no puede ser la plena autonomía, pues estaríamos negando la dignidad personal a personas discapacitadas, dependientes de otras. ¿Cómo aplicar, entonces, este principio rector de la Bioética a la situación de un paciente terminal? En realidad, esta pregunta se contesta con otra: ¿puede realmente una persona en estado de evidente gravedad hacer una petición independiente y libre de ser matado? Seamos honrados. En medicina el concepto de autonomía no es realista. Un neurólogo holandés ha argumentado que el mismo hecho de estar en un estado terminal, así como la medicación que muchas veces se da en estas situaciones, hace casi imposible un funcionamiento normal del cerebro y, por esto, un razonamiento claro. En esta misma línea, y según un estudio de 1999 llevado a cabo por Harvey Chochinov, profesor de Psiquiatría y Medicina de Familia en la Universidad de Manitoba (Canadá), el deseo de vivir fluctúa enormemente en los enfermos terminales de cáncer. Así, detectó que sólo en un periodo de doce horas la voluntad de vivir de un paciente puede fluctuar un 30% o más. En periodos de un mes, esta fluctuación llega al 70%.

Es deber del legislador negar la eliminación de los enfermos que lo soliciten voluntariamente. Esta competencia, limitar la autonomía para prever consecuencias indeseables, puede parecer a primera vista inaceptable por impositiva, pero el legislador la desarrolla con frecuencia y en ámbitos muy diversos: por ejemplo, actúa de forma análoga cuando limita la velocidad máxima en carretera para evitar accidentes y salvar vidas, limitación que se extiende a todos los conductores aunque sean pilotos de Fórmula Uno.

Desde el punto de vista moral, habría que añadir que ningún hombre puede decidir arbitrariamente entre vivir o morir. Sólo el Creador es dueño absoluto de esta decisión (Juan Pablo II, Encíclica Evangelium vitae, n. 47).

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