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Noticias © Comunicación Institucional, 16/04/2005Universidad de Navarra
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Un programa ya trazado
Autor:Josep Ignasi Saranyana
Profesor de Teología
Universidad de Navarra
Fecha: 16 de abril de 2005
Publicado en:  El Periódico de Catalunya

Juan Pablo II había trazado un programa para el nuevo milenio recién inaugurado, que evidentemente no ha podido desarrollar. Se puede leer en la carta apostólica Novo millennio ineunte, del 6 de enero de 2001, publicada al clausurar el jubileo del Año Santo. Es de esperar que el próximo pontífice parta de ese proyecto pastoral, lógicamente modulado por su propia personalidad y los nuevos desafíos que el tiempo añada. Pretendió con ahínco Juan Pablo II la reforma interna de la Iglesia, "en la cabeza y en los miembros", como se decía ya en el Renacimiento. Tal reforma supone muchas cosas: la plena recepción del Concilio Vaticano II, el fomento de las vocaciones sacerdotales, el rejuvenecimiento y desarrollo de todas las instituciones de la Iglesia, la recuperación de la vida cristiana (por ejemplo la misa dominical), la mejora de la preparación doctrinal y moral del clero y un relanzamiento del espíritu misionero. Aunque en estos temas el acuerdo será bastante unánime, porque es evidente que se ha generalizado el indiferentismo cristiano en amplios estratos del primer mundo, no va a ser fácil contentar a las distintas sensibilidades, sobre todo en el asunto de las prioridades.

Sin embargo, nada preocupa tanto a los cardenales electores como el conflicto cultural que ha llevado a muchos a emanciparse de Dios y que ha producido en algunos casos un verdadero apagón de la vida (cultura de muerte). Se impone, pues, un diálogo todavía más profundo con el pensamiento contemporáneo.

En el plano de la geopolítica, la Santa Sede tiene mucho interés en resolver la comunicación con China, que impone su chantaje. Es una cuestión urgente. El acercamiento al islam se sitúa en varios planos. Las relaciones diplomáticas con los países más islamistas son muy difíciles. En algunos casos, imposibles. Está, además, el agravio de que muchos de ellos no reconozcan a los cristianos el derecho de expresar con libertad públicamente sus convicciones (ni siquiera permiten celebrar la Navidad). A otro nivel, quizá más restringido, se sitúa el diálogo interreligioso, que presenta en la práctica problemas continuos, especialmente con el islam europeo y subsahariano.

En el ámbito ecuménico, la comunicación con la ortodoxia no va bien, sobre todo con el Patriarcado de Moscú, aunque ha habido gestos esperanzadores a raíz del fallecimiento de Juan Pablo II. Con la comunión anglicana y con las comunidades eclesiales nacidas de la Reforma queda aún mucho camino por hacer, como reconocía el pontífice recientemente fallecido. Juan Pablo II también había señalado otros retos, a los que la Iglesia puede aportar solución, aunque sólo indirectamente. Enumero los expresamente señalados por el Papa: el desequilibrio ecológico, los problemas de la paz, el vilipendio de los derechos humanos fundamentales en tantas partes, el respeto a la vida de cada ser humano desde la concepción hasta su ocaso natural, las nuevas potencialidades de la ciencia. Es bastante probable que el nuevo pontífice se vea agradablemente condicionado por la reacción multitudinaria que ha despertado el anterior pontificado, especialmente en los últimos meses. La efusión del Espíritu, que se conoce como "apoteosis de los santos", que se ha producido a la muerte de Juan Pablo II, es cosa conocida por la Iglesia, aunque su intensidad y amplitud ha sorprendido a todos. Constituye un claro signo de que Dios estaba con él.

De esta lluvia tan extraordinaria de gracias se derivarán grandes bienes futuros, pero no sabemos cuáles. En todo caso, es necesario aprovechar la oportunidad que el cielo ha brindado.

En estos días en que los medios de comunicación inciden en las hipotéticas afinidades de los candidatos a suceder a Juan Pablo II (¡hay que cubrir tantas horas de programación y llenar tantas páginas!), sería bueno serenar las expectativas y calmar las ansiedades. Los cardenales se juegan mucho con su voto. No se olvide el juramento que deberán pronunciar antes de depositar el voto: "Pongo por testigo a Cristo Señor, el cual me juzgará, de que doy mi voto a quien, en presencia de Dios, creo que debe ser elegido". Se ha hablado de candidatos de Comunión y Liberación, de la Comunidad de San Egidio, del Opus Dei. Me consta que la Obra-sospecho que también los demás-aceptará con agrado y filial devoción al próximo Papa, cualquiera que sea, y que dedicará las mejores energías, según su particular carisma, al desarrollo del programa pastoral pontificio.

Una de las peculiaridades del espíritu de la Obra es su romanidad, que se materializa en la veneración al Sumo Pontífice y en el deseo de servir a la Iglesia como ésta quiera ser servida, como repetía san Josemaría Escrivá. La Obra no tiene candidatos. No participa en ninguna dinámica (si las hubiera) de promoción de uno u otro candidato.

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