Noticias© Comunicación Institucional, 16/02/2007

Universidad de Navarra

La compasión embota la inteligencia más deprisa que el coñac

Autor: Alejandro Navas
Profesor de Sociología
Universidad de Navarra

Fecha: 16 de febrero de 2007

Publicado en: Diario de Burgos

Robertson Davies pone esta frase en boca del protagonista de su novela El quinto en discordia. Otro lúcido analista de la barbarie del siglo XX, Walker Percy, había dicho poco antes que del sentimentalismo a las cámaras de gas solo hay un paso.

Nuestra civilización pasa por ser eminentemente científica y tecnológica, es decir, enaltecedora de la más fría racionalidad. En principio, el objetivismo propio de la ciencia no deja espacio para lo subjetivo: el dato empírico y el razonamiento matemático se imponen a todos, sea cual sea su peculiar idiosincrasia. Pero precisamente esa entronización de la razón científica y la consiguiente descalificación de lo no científico han llevado a una exasperación de las dimensiones irracionales de la condición humana: posmodernidad, en la que todo vale, frente a modernidad.

Una manifestación de ese fenómeno sería la extraordinaria difusión de los planteamientos vitales impregnados de sentimentalismo. Por ejemplo, en el modo de entender y vivir el amor. Larry King, uno de los últimos grandes de la televisión norteamericana, justificaba en una entrevista reciente su accidentada trayectoria sentimental -siete matrimonios con seis mujeres, con una de ellas se casó dos veces-: “He crecido en una cultura en la que cuando uno se enamora, se casa”. El amor como algo voluble por definición, que va y viene según leyes misteriosas y ajenas a la propia voluntad, casi como la ‘motivación’ de nuestros alumnos.

Este sentimentalismo epidérmico se convierte en uno de los factores que contribuyen a la aceptación de la eutanasia. En una sociedad como la nuestra, donde la ‘calidad de vida’ ocupa el lugar que durante siglos correspondió a la mera supervivencia, el dolor, el sufrimiento y la muerte se erigen en el Mal absoluto, en lo que no debe ser de ninguna manera. En el extremo, si no resulta factible suprimirlos -a pesar de los espectaculares avances de la medicina paliativa-, el sentimentalismo lleva de modo natural a la eliminación del que sufre. “Muerto el perro, se acabó la rabia”, dice nuestro refrán popular. Si se desdibuja la entidad y el valor único, absoluto, de la persona humana -a eso lo llamamos de modo clásico dignidad-, la vida del que sufre se vuelve un escándalo, que además da mucho trabajo y gasta un dinero que apenas tenemos, por lo que matarlo resulta de lo más razonable. Se encomienda entonces a los expertos la ingeniería conceptual necesaria para manipular desde el lenguaje hasta la deontología profesional pasando por las leyes, para conseguir que la gente acepte sin resistencia esa nueva realidad. Las consecuencias serán incalculables y terribles, pues se rompe así la tradicional solidaridad que mantenía más o menos unidas a las sociedades, por encima de los inevitables conflictos. El ‘Estado de derecho’ se vacía de contenido y la recaída en la ley de la selva está servida: los débiles son entregados sin piedad en manos de los fuertes. ¿Querremos vivir en un mundo así?

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