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Noticias © Comunicación Institucional, 15/12/2004Universidad de Navarra
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Una tolerancia intolerante
Autor:Iván Jiménez-Aybar
Instituto de Ciencias para la Familia
Universidad de Navarra
Fecha: 15 de diciembre de 2004
Publicado en:  Diario de Navarra

En su Tratado sobre la tolerancia, Voltaire afirma con énfasis que la intolerancia es absurda y bárbara, siendo algo propio de los tigres. En el caso de las personas -añade-, todavía es más desdeñable, ya que mientras estos animales sólo se hacen pedazos para alimentarse, los seres humanos hemos llegado a exterminarnos a causa de unas pocas letras impresas. No obstante, a pesar de este encendido alegato en favor de dicha virtud, este ilustrado francés es también conocido por la abierta hostilidad e intransigencia que manifestó hacia la religión católica. Tal contradicción no es exclusiva de Voltaire, sino compartida por otros pensadores del siglo de la Ilustración. Mientras abogaban por la desaparición de la religión oficial o de Estado, pretendían imponer de un modo ciertamente despótico -aunque ilustrado, claro está- su propio modelo de religión natural: un conjunto de normas universales que eran únicamente aprehendidas y explicadas a través de la razón.

Resulta, cuanto menos, curioso cómo la historia se repite. La actitud tolerante de la que tanto hacen gala diversos miembros de nuestro gobierno cuando se trata de bregar -nuestra Constitución habla de cooperar, pero este concepto no lo acaban de digerir- con las confesiones denominadas minoritarias (especialmente si se trata de la islámica), toca a retirada cuando el contrincante se llama Iglesia Católica. De la comedia se pasa al drama, y la máscara del diálogo se torna en yelmo impenetrable. Aquí ya no hay fotos de familia repletas de promesas y abrazos multiétnicos, sino el retrato en blanco y negro de un trasnochado laicismo construido sobre la base de prejuicios, fantasmas de la infancia y experiencias vitales borrachas de celebridad.

La reforma educativa que se pretende poner en marcha no es sino el primer acto de una representación en cuyo guión, improvisado día a día, se ha escrito con trazos imprecisos la desaparición de la religión católica del escenario educativo -como mucho, se harán pases fuera del programa y horario oficiales- y la expulsión de sus actores del reparto del claustro de profesores. En su lugar, se ha previsto un espectáculo de transformismo acrobático que tendrá lugar de modo transversal y simultáneo en varias pistas, donde la religión católica, ataviada con la túnica de la diosa razón y tocando risueña el arpa de la tolerancia, paseará de puntillas -y sin red que amortigüe una eventual caída- por las finas cuerdas de la historia y de la filosofía. Y, mientras tanto, en el exterior, cientos de miles de padres verán impotentes cómo los ilustrados productores cierran la taquilla número 27.3 donde una señorita un tanto maleada que responde al nombre de Constitución lleva más de veinticinco años repartiendo entradas gratis (y de primera fila) para que sus hijos reciban la formación religiosa que esté de acuerdo con sus propias convicciones.

Pretender presentar tal espectáculo como novedoso revela, o bien una absoluta ignorancia acerca del contenido de materias fundamentales de nuestro sistema educativo, o bien un doloso engaño que insulta la inteligencia y la paciencia del público asistente. Cualquiera de las dos opciones nos conducen a la desesperanza o, cuanto menos, a la perplejidad. Haciendo un ejercicio de optimismo y suponiendo las buenas intenciones de nuestros gobernantes -y de su equipo de ideólogos- en esta materia, debemos preguntarnos cómo es posible que éstos desconozcan que no se puede explicar la historia sin hacer referencia a las persecuciones contra los primeros cristianos, a la Reforma luterana, a los tratados de Westfalia o a la situación de la Iglesia española durante el primer tercio del pasado siglo; y que, asimismo, es de necios sumergirse en el mundo de la filosofía sin las coordenadas marcadas por Santo Tomás, San Agustín o los humanistas cristianos.

No estamos, por tanto -aunque así nos lo quieren hacer creer- ante una reforma educativa que pretende resaltar la importancia del hecho religioso en la conformación de nuestra propia identidad, de lo que somos como españoles y europeos. Eso, no lo olvidemos, ya lo llevan haciendo de modo riguroso, callado y paciente nuestros maestros y profesores desde la noche de los tiempos, sin necesidad de que nadie les aleccione, inmiscuyéndose de paso en la intimidad de su libertad de cátedra.

Bienvenidos al espectáculo de la tolerancia ilustrada. Que no esperen agotar la taquilla.

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