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Suetonio hace la autopsia a los Césares

Grandezas y miserias de la Roma imperial
Autor: Ignacio Arellano
Catedrático de Literatura
Universidad de Navarra
Fecha:  15 de diciembre de 2001
Publicado en:  Diario de Navarra

Contando los hechos de Calígula escribe Suetonio: «Hasta aquí he narrado su vida como príncipe, ahora narraré lo que queda de ella como monstruo». Esta es la práctica habitual que sigue en sus fascinantes vidas de los Césares, describiendo virtudes y vicios, logros y maldades, con magistrales retratos que traen presentes a nuestra imaginación a estos personajes asombrosos.

La galería se abre con Julio César, político y militar de dimensiones gigantescas. Perseguidor sin desmayo de sus sueños de poder y de gloria, se cuenta que lloró en Cádiz ante la estatua de Alejandro Magno al pensar en las hazañas que había hecho el macedonio a su misma edad. Vencedor en las Galias, Germania, Hispania y Britania, gran orador, escritor, guerrero inmune a la fatiga, juega su partida definitiva («La suerte está echada» exclamó) al atravesar el Rubicón (río cercano a Roma que estaba prohibido cruzar a un ejército armado) y apoderarse de la ciudad y del Imperio. Su gobierno lo considera Suetonio justiciero y celoso del bien público. En su retrato apuntan detalles menudos, cotidianos y hasta satíricos: su afición a la corona de laurel se atribuye no solo al simbolismo triunfal, sino al deseo de taparse la calva («adúltero calvo» lo llamaban sus soldados para rebajarle la soberbia en los triunfos, según costumbre romana), pero en general predomina su estatura mítica reflejada incluso en su extraordinario caballo, que «tenía las pezuñas parecidas a los pies humanos, y los pesuños hendidos como dedos», tan infatigable como su amo. Asesinado por los conspiradores que veían en él un tirano, usurpador de la libertad republicana, tiene César un último gesto admirable: «atacado por todos lados con los puñales en alto, cubrió su cabeza con la toga, al tiempo que soltó el pliegue hasta los pies con la mano izquierda, para caer más decorosamente». Adivinando la muerte del héroe las manadas de caballos que habían atravesado el Rubicón lloraron copiosamente en las praderas y rechazaban el pasto...

Augusto, su sucesor, será el único César a la altura de Julio. Menos guerrero (aunque triunfante siempre) y más político, aliando moderación y energía («festina lente», apresúrate despacio, era su lema), gobierna largos años el imperio más poderoso del mundo, manteniendo el orden político, acometiendo grandes obras arquitectónicas, instaurando los periodos más extensos de paz. «Los testimonios de su clemencia y civismo son numerosos y magníficos», anota el biógrafo. Fue venerado como padre de la patria y adorado como dios. Un dios con rasgos muy humanos también: era bastante adúltero, se calzaba con alzas para aumentar su estatura, y era tan friolero que en invierno se abrigaba con «cuatro túnicas, una pesada toga, una camisa, un chaleco de lana, calzones y polainas». Gustaba mucho del pan casero, los pescaditos pequeños, el queso de vaca prensado a mano y los higos frescos...

Tiberio parece continuar al principio el buen gobierno de Augusto, pero luego se instala en la isla de Capri, que hace sede de orgías insólitas y depravadas. Su vida se convierte en una carrera de crueldades espantosas: «No pasó ningún día sin que alguien fuera ajusticiado. Cualquier falta se consideró digna de la pena capital. No hubo un solo condenado que no fuera arrojado a las Gemonias y arrastrado con un garfio. Muchachas jovencitas, como estaba prohibido estangular a las vírgenes, fueron primero violadas por el verdugo». Y sin embargo hay un Tiberio oculto debajo de este, y que asoma en un episodio que quizá provocara su malvado rencor: habiendo sido obligado a divorciarse de su muy amada mujer Agripina, para casarse con Julia, la hija de Augusto, «una sola vez que vio a Agripina al cruzarse en la calle la siguió con los ojos tan fijos y bañados en lágrimas, que se procuró que jamás volviera a encontrarla». Sea como fuere, Tiberio es solo el comienzo de los monstruos. Las vidas de los siguientes Césares pertenecen al género de terror. A Calígula se atribuye el asesinato del viejo Tiberio, a quien supera en violencia y desorden. Incestuoso con todas sus hermanas, desvergonzado en sus matrimonios, criminal sádico, no hay maldad que no cometa: «A muchos ciudadanos los condenó a las fieras, o los encerró en una jaula a cuatro patas, o los hizo serrar por medio. Obligaba a los padres a presenciar el suplicio de sus hijos; hizo azotar con cadenas a un intendente de juegos, pero no lo mató hasta que se sintió molesto por el hedor de su cerebro putrefacto. Repetía aquel verso de una tragedia: Que me odien, con tal de que me teman». Un indudable ramo de locura preside sus lúgubres hazañas: resaltaba a propósito los rasgos de su rostro «ya de por sí horrible y repugnante, maquillándose ante el espejo para provocar de todas las formas posibles el terror y el espanto». ¿Difícil de superar? Tras el reinado de Claudio, tenido por menguado y despreciado por su propia madre, que «si quería tachar a alguien de necio decía que era más tonto que su hijo Claudio», Nerón se encargará de culminar la serie de emperadores sanguinarios. Presa de ardor exhibicionista, cantor, actor y músico, obliga al público a presenciar sus actuaciones durante horas interminables: algunos se atreven a escapar saltando los muros del teatro o fingiéndose muertos para que los llevaran «a enterrar». Derrocha el tesoro de Roma en proyectos fabulosos (calzaba las mulas de sus carros con herraduras de plata), comete incesto con su madre, a la que termina asesinando, como asesina a su esposa Popea de una patada en el vientre hallándose encinta y enferma... Decenas de crímenes, que no perdonan a su maestro, el filósofo Séneca («no admitió límite alguno para matar a cuantos quiso»), le provocan delirios en que se ve perseguido por el fantasma de su madre y las teas ardientes de las Furias. Acosado como una alimaña por los rebeldes, se suicida exclamando «Qué gran artista muere conmigo». Con Nerón termina el linaje de los Césares. Los siguientes los biografía Suetonio con mayor brevedad. Vespasiano y Tito suponen un oasis amable en esta historia trágica, en especial Tito, que consideraba perdido el día en que no había hecho algún favor. Domiciano vuelve a la crueldad y a los vicios extravagantes: su afición principal consistía en «encerrarse durante algunas horas y dedicarse solo a cazar moscas y atravesarlas con un punzón muy agudo». No solo cazaba moscas: muchos senadores, cónsules, criados, pedagogos, y otros ciudadanos cayeron antes de que lo asesinaran unos conjurados.

Resulta prodigioso que a pesar de las corrupciones del Imperio y las locuras de los Césares, la vocación de orden resistiera al caos (dominador del universo de los bárbaros) y el empeño civilizador se mantuviera bajo la humillación, la vileza y la catástrofe, y prodigioso que más allá de esta historia amasada (como se decía de Tiberio) con lodo y sangre, atravesara los siglos, inextinguible, la poderosa luz de Roma.

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