Noticias© Comunicación Institucional, 15/08/2006

Universidad de Navarra

Un gran fracaso para la economía

Autor: Javier Gómez Biscarri
Profesor del IESE
Universidad de Navarra

Fecha: 15 de agosto de 2006

Publicado en: Expansión (Madrid)

¡Y decían que el verano era una época tranquila en noticias económicas! Lo cierto es que estos últimos días nos han dado más temas de que hablar a los economistas que muchos periodos de actividad “normal”. La única pega es que este julio está siendo especialmente decepcionante.

Creo que es interesante hacer unas reflexiones, aunque no sean novedosas, sobre el reciente fracaso de la ronda de Doha, tanto por la relevancia del hecho en sí como por lo que implica respecto a la siempre frágil relación entre economía y política nacional.

Tras cinco años de negociaciones tensas y de fracasos parciales, el G-6 (el grupo formado por la Unión Europea, Estados Unidos, Japón, Brasil, India y Australia, que era el referente principal para el desarrollo y concreción de los objetivos de Doha) ha dado por cerrado el proceso, sin que se haya logrado avance significativo alguno en lo que a integración y liberalización del comercio mundial se refiere.

Pascal Lamy, entre declaraciones muy serias sobre las implicaciones más allá de lo puramente económico de este fracaso, ha lanzado unas peticiones para el futuro: que Europa reduzca los aranceles agrícolas, que Estados Unidos elimine progresivamente los subsidios internos agrarios, que los países en desarrollo abran sus mercados de productos industriales. En el fondo, lo que ya sabíamos: los grandes bloques protegen fuertemente aquellos sectores que, en caso de liberalización, serían más sensibles a la competencia externa. Ninguno quiere ser el primero en ceder... con lo que se le ha dado un jaque mate casi definitivo a la liberalización comercial.

Y mira que los economistas llevamos tiempo intentando convencer a los políticos, y al público en general, de la sinrazón de la mayoría de estos proteccionismos.

La teoría ya es sabida: cuando se abre el comercio, los países tienden a especializarse en aquello que hacen comparativamente mejor –por usar la palabra más de moda últimamente, en aquello en lo que son competitivos- y aquello que hacen comparativamente peor dejan de producirlo y pasan a comprárselo a los otros países.

Y con este proceso todos ganamos: no sólo tenemos accesos a mercados amplios de productos baratos sino que, además, dentro del país se da una reestructuración productiva buena que normalmente va asociada al propio estadio de desarrollo y crecimiento del país.

El tema de la deslocalización no es sino un ejemplo de este último proceso de cambio estructural. Cuando España tenía todavía ventajas de coste en productos industriales básicos recibimos mucha inversión extranjera para que produjéramos ese tipo de productos (coches, por ejemplo). Todos contentos. Ahora el proceso va en la dirección contraria: España debería buscar otros tipos de productos en los que tengamos ventajas, y dejar que los viejos sectores que buscan costes bajos vayan desapareciendo paulatinamente, por deslocalización o por pura desinversión.

Con esto ganan los consumidores, que consiguen los mismos productos más baratos –no nos preocupemos: si los coches fabricados en Eslovenia van a ser más caros que los fabricados en Cataluña, no se irá la producción-, gana España, que poco a poco va recibiendo incentivos para evolucionar hacia estructuras productivas más avanzadas, y gana el resto de países porque la producción se racionaliza internacionalmente. Para esto hace falta que los mercados estén integrados y abiertos y de ahí la creciente tendencia a una mayor liberalización.

Si todo es tan bonito, ¿cuáles son los problemas que nos están llevando a impedir estos procesos de integración? Fundamentalmente, dos.

Por un lado, los beneficios del proceso se reparten entre todos, mientras que los perdedores están “localizados”: los agricultores comunitarios, los trabajadores de Braun, o las manufacturas indias. Un grupo pequeño es mucho más fácil de coordinar, y es más fácil que se manifieste por las calles, que arme ruido, o que pidan –como es natural, y aquí el problema es que no tenemos mecanismos claros para hacerlo- una compensación por el perjuicio causado.

Para las clases dirigentes es más fácil, por tanto, proteger a ese sector y que sean todos los consumidores los que sufran, en forma de precios más altos, la falta de integración. Al final, los consumidores acabamos subvencionando a esos sectores… pero es menos probable que organicemos manifestaciones masivas en contra de los aranceles agrícolas que que un grupo de agricultores lo haga en contra de su eliminación.

Por otro lado, es muy incómodo para un gobierno asumir el coste –económico, pero también de desgaste político- de este tipo de reestructuraciones. Si estas reformas se pueden retrasar lo más posible (porque lo cierto es que llega un momento en que son inevitables, y si no que se lo digan a nuestra industria pesada), mejor. Y si pueden llegar en la legislatura de otro partido, que asuma así el desgaste, óptimo.

Al final, estos dos factores están detrás no sólo del fracaso de la ronda de Doha, sino también del fracaso de la profundización en la integración europea. Seguimos sin creernos que la globalización –entendida en sentido de mayor integración y menores barreras a los movimientos de bienes, trabajadores, capital, tecnología…- beneficia a todos. Seguimos sin querer afrontar los costes de corto plazo que el proceso genera –reestructuraciones productivas, renovación de sectores, flujos intersectoriales de trabajadores, desempleo generado en los sectores perdedores. Seguimos intentando que sean otros los primeros que asuman esos costes.

Este cortoplacismo de nuestros políticos –sea por falta de coraje para afrontar la tensión del cambio, por falta de imaginación para gestionar ese cambio, o por estrategias de avestruz (“esperemos, a ver si el problema se soluciona por sí solo”)- está a punto de dinamitar tanto el proyecto económico-político más ambicioso y exitoso de la historia (la Unión Económica y Monetaria europea) como el único proceso que garantizaría un avance en la reducción de las disparidades de renta en el mundo y la posibilidad de desarrollo económico de los países más pobres (la profundización en la globalización a través de una integración comercial armónica).

No nos engañemos: la globalización de por sí no tiene la culpa de casi nada. Es, sin más, un proceso espontáneo que está siendo favorecido por la integración a todos los demás niveles (de información, transportes, etc.). Si la globalización no genera resultados positivos es porque, sobre todo los países más desarrollados, no queremos asumir sus costes sino sólo los beneficios. Y la paradoja es que todos podríamos ganar mucho más si estuviéramos dispuestos a ceder un poco.

Quizá a los economistas nos hace falta comunicar mejor y comprometernos más en este debate. Por ahora estamos fracasando patéticamente y dejando que fracasen, como dijo Lamy, proyectos que contribuirían al bienestar económico y a la estabilidad geopolítica del mundo entero. Nos queda todavía mucho trabajo y nos falta mucha valentía.

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