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El altivo penacho de don Diego Duque de Estrada

Autor:Ignacio Arellano
Catedrático de Literatura
Universidad de Navarra
Fecha: 15 de junio de 2002
Publicado en:  Diario de Navarra

Entremos en la autobiografía de Duque de Estrada (nacido en Toledo en 1589), los Comentarios del desengañado de sí mismo, libro de amenísima lectura y de extraordinario interés, por dos anécdotas de las que componen este torbellino. Un día, en Palermo, un caballero con humos de valiente, enfadado de la fama de don Diego, le solicita a solas dos palabras en la calle. Don Diego, que se está divirtiendo en un banquete, lo despide burlón: «Váyase con Dios, que tiene ganas de morirse». El rival, con media sonrisa, le responde: «Tengo muchos deseos de probar estos milagros que cuentan de vuestra merced, que si no los veo no los creo». Salen al campo desafiados, pero don Diego es el más rápido en desenfundar: «saqué tan veloz la espada (agilidad que en mí ha sido tan grande que no he hallado hombre en mi vida que en esto me gane) que cuando él la sacó le había dado una estocada». Otra muesca para la empuñadura de don Diego. Años más tarde, en una misión diplomática por tierras de Transilvania, su caravana es atacada por una tropa de turcos. Don Diego ordena inmediatamente formar los carros en forma de estrella, reforzándolos con troncos cortados de un bosque vecino. Las embestidas de los turcos son inútiles: «los carros y coches estaban tan fuertemente ligados que servían de trinchera desde donde hacíamos fuego con rociadas dañosas al enemigo». Con toda su gente formada y disparando, atacando a los turcos con salidas repentinas de caballería, se mantienen en el cerco hasta que en medio de la batalla «asomaron por un montecillo algunos caballos húngaros de los lugares convecinos, que por la noticia que tenían de los daños de esta cuadrilla hechos a su gente, salían contra ellos, con lo que se huyeron a rienda suelta». John Ford podía haber filmado las citadas y otras muchas aventuras de este soldado español que acabará su vida tomando el hábito de la orden de San Juan de Dios. Antes de la conversión religiosa ha de pasar por muchas peripecias. De padres nobles, huérfano a los tres años, gran espadachín desde muy joven, caballista consumado, guerrero y cortesano, sale pronto de la vida doméstica, al matar precipitadamente a su amada y a su mejor amigo, a quienes descubre en el mismo cuarto. La madre del muerto lo persigue por la justicia y Duque de Estrada se va a la guerra: participa en asaltos al norte de Africa, se bate en Antequera y Sevilla con valentones de fama. Capturado por los corsarios, recobra la libertad con la ayuda de un antiguo esclavo de su abuelo. Por sus homicidios y violencias lo arrestan y lo llevan a Toledo: interrogado, torturado y sentenciado a muerte le permiten la apelación por influencia del duque de Lerma, pero se escapa de la cárcel con la ayuda de una monja que se enamora de él. Consigue embarcar para Italia y recorre todos los escenarios de las guerras europeas del tiempo, y todo el teatro de los enfrentamientos mediterráneos con el turco llevando a cabo hazañas heroicas y siempre llamativas. En esa vorágine de imposible resumen desempeña múltiples papeles y encargos: llegará a privado del príncipe de Transilvania, a castellano de una fortaleza en Bohemia, miembro de la orden de San Juan de Dios en Cerdeña, maestro de lengua española, corsario, experto militar, poeta en academias... testimonia batallas, escaramuzas, maravillas y viajes...

Nada tiene de extraño que el primer editor de estas memorias, el erudito don Pascual de Gayangos, dudara de la autenticidad de este relato como tales memorias autobiográficas, pero si no es cierto está muy bien contado. Que algo se inventa don Diego parece indiscutible. Examinemos el cuento de su fuga de la cárcel de Toledo: después de sufrir grandes torturas sin que le hagan confesar los delitos que le atribuyen, se escapa haciendo prodigios de contorsionismo ¡por una gatera!, una «entrada y salida de gatos redonda, que después los jueces no creyeron el haber salido por allí hombre humano sin deshacerse del todo». Sitiado en una torre, se tira del tejado incitado por los gritos de ánimo que le dirige su enamorada desde el convento frontero. Cualquiera se rompería los huesos, ya quebrantados por la gatera, pero don Diego se coloca la capa de tal manera que «haciendo pompa como una campana, me bajó derecho, y dando por buena fortuna en un muladarcillo los pies, no me hice mal, no habiendo caído violentamente porque el vuelo me entretuvo».

Duque de Estrada es un huracán impulsado por la apetencia de fama, (que llamará, convertido en monje, la «negra honrilla»), por el orgullo de su valor, por el deseo de ser el primero en las escaramuzas, en los bailes y juegos, en los amoríos y las destrezas de jinete, en la poesía y hasta en la brillantez de sus trajes y el colorido de sus plumajes. Cuando está en el calabozo atado al potro y se le avecinan indescriptibles torturas, se encrespa porque el corregidor le ha tratado de «vos», fórmula de poco respeto, en vez de la más cortés «vuestra merced». Y se pone a insultar al corregidor, en cuya mano, por cierto, está el apretar las torturas: «respondí con extraña cólera: Vos sois el vos y hacéis contra Dios y justicia en darme este tormento». En Nápoles casi le da un síncope de la rabia de verse tratado de vos por el Duque de Osuna. No admite bromas pesadas, ni la menor falta de respeto, ni palabras despectivas, ni desafíos que pongan en duda su hombría y su destreza. Podemos sacar de sus memorias muchos fragmentos como estos: «A la segunda ida le pasé la espada por la garganta, con que cayó muerto» (su amigo don Pedro, que ha hablado mal de él); «él sacó un pistolete y yo sacando una daga, le di por la garganta tal puñalada que quedó degollado» (un vecino de mesa en un banquete que le mancha el traje con descuido); «cuando me quiso venir cambiando el pie, se halló con mi espada atravesada en su cuerpo por el corazón, saliéndole más de un palmo por las espaldas» (el hermano vengador de otra víctima anterior); «sacó una pistola y me la disparó, pasándome el pecho, pero saqué la espada y cuando llegaba a la puerta de la iglesia y sacaba la otra pistola, ya tenía la espada atravesada por el cuerpo» (un hombre que han contratado para matarlo)... En estas aventuras personales y en sus empresas al servicio del rey de España Diego Duque de Estrada es siempre el mismo, un gallo de pelea, fanfarrón, agresivo, bizarro, letal... ¿Qué le impulsa a este continuo chisporroteo de acción, esta guerra incesante para ocupar los titulares más grandes en la crónica del día? ¿Exhibicionismo barroco, vanagloria, invención literaria para asombrar al lector? Puede ser. En todo caso Duque de Estrada nos ofrece una interpretación con tonillo irónico, pero que sin duda agradará a más de un psicoanalista: era este caballero tan matón de muy pequeña estatura y, como explica al príncipe Emmanuel Filiberto: «soy tan pequeño que si no hago milagros a cada esquina, no solo no me creen, pero a la vuelta de ella me quieren dar un puntapié». De milagros, en efecto, está tejida su vida, que arrastra al lector con la misma velocidad con la que el protagonista pasea por el mundo ese altivo penacho que aumenta su estatura y avisa a toda la camarada que allí está, firme, don Diego para quien quiera algo de él.

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