Noticias© Comunicación Institucional, 15/04/2007

Universidad de Navarra

El gran salto

Autor: Ignacio Uría
Facultad de Comunicación
Universidad de Navarra

Fecha: 15 de abril de 2007

Publicado en: Diario de Burgos

Dick acaba de cumplir 60 años, pero no los aparenta. Si te fijas un poco más descubres a un tipo desgarbado y correoso, pelo blanco y nariz aguileña. Vive en una granja de Idaho, oeste americano, donde se esfuerza por esquivar plagas y predecir granizos. Lleva una vida pacífica y sin sobresaltos, aunque a veces sueña con aquel otoño mexicano que cambió su vida.

A los 21 años era un tipo inquieto y enamorado del atletismo. Sus amigos le decían que lo suyo era el baloncesto, pero Dick también era terco: a él le gustaban el salto de altura y el campo. En ese orden. Su pasión por los cultivos la saciaba estudiando ingeniería agrónoma. Con el salto de altura lo tenía peor porque era muy flaco y, en aquella época, los entrenadores buscaban saltadores robustos. Atletas lentos, pero potentes. Así que, después de muchos fracasos, Dick fue separado del equipo. “No vales para este deporte, chico. Inténtalo con el baloncesto”.

Ese revés le hizo pensar. Mucho. Tanto pensó que su disculpa fue inverosímil: cuestionar la técnica que le habían enseñado. Alguien dijo entonces que, además de mal saltador, era tonto. Él siguió baturro en su idea, secuestrado día y noche por la obsesión de encontrar un camino nuevo, empeñado en descubrir una fórmula para volar por encima del listón. Encontró la solución gracias a la Física: lo mejor era saltar de espaldas, superar la barra al revés sin abrirse la cabeza. Al principio, la idea le costó burlas ajenas, pero sirvió para convencer a su entrenador que, al final, le hizo un hueco en el equipo de atletismo.

Con su innovación ganó los campeonatos universitarios de EE.UU. y se clasificó para los Juegos Olímpicos de 1968. El 20 de octubre nadie esperaba verle en la final del salto de altura. Pero allí estuvo. Cuentan los presentes que Fosbury se paró en su último intento a unos cincuenta metros del listón, inmóvil como una estatua griega. Aquellos momentos de concentración extrema congelaron el aire y, por unos instantes, un silencio olímpico reinó en el estadio. Justo hasta que las gradas –ansiosas por verle saltar antes de la llegada del maratón– rompieron a gritar: “¡Ándale, gringo!, ¡Ándale!".

Entonces Dick empezó a abrir y cerrar los puños mientras hacía ruidos con la garganta. Mugía igual que una vaca, como si quisiera sacarse el salto de las entrañas. Comenzó a balancearse jaleado por el público y, de pronto, echó a correr. Corrió. Cada vez más rápido, más alto, más fuerte. Y ocurrió el milagro. Fue ante miles de ojos incrédulos que vieron a un hombre volar de espaldas. Un rayo en camiseta azul marino y pantalón blanco. Un atleta suspendido de la nada, dorsal 272 y el listón por debajo del cuerpo.

Era Richard Fosbury consagrando las mejores Olimpíadas de la Historia. Las de Bob Beamon y sus 8,90 legendarios, los tres oros de la asmática y adolescente nadadora Debbie Meyer y los 100 metros lisos en menos de 10 segundos. Era la máquina del tiempo, México convertido en Grecia y los Juegos de nuevo en Olimpia. Fue la gloria hecha plusmarca épica: 2 metros y 24 centímetros. Corona de olivo. Medalla de oro.

Al terminar el sueño de México 68, Dick regresó a su Escuela de Ingeniería y la vida le obligó a elegir: el atletismo o la universidad. No lo dudó. Al terminar sus estudios, Fosbury colgó las zapatillas, esquivó a la fama y se hizo granjero. Fue su último salto. El más grande.

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